viernes, 28 de septiembre de 2007

II Concurso literario de la revista Hesperya


Los alumnos de Filología Hispánica de la Universidad de Oviedo, editan una revista llamada Hesperya, además de organizar diferentes actividades culturales, entre las que está un concurso literario de relato corto y temática libre.


Las bases las podeis encontrar aquí.

jueves, 27 de septiembre de 2007

El concierto de los peces (Halldór Laxness, 1957) (I)



Sigur Ros. Staralfur

Ni que decir tiene que cuando pasaba algo en la sala no se podía oír el reloj, y era como si no existiera; pero cuando todo volvía a estar en silencio y los huéspedes se habían marchado y ya se había acabado de recoger la mesa y la puerta estaba cerrada otra vez, entonces volvía a empezar, y no permitía que nada lo distrajera; y si uno escuchaba con suficiente atención, a veces llegaba entre sus sonidos como la nota de una canción, o algo así como un eco.
¿Cómo pudo llegar a ocurrírseme que dentro del reloj vivía un bicho raro, que era nada menos que la eternidad? Fuera como fuese, un día se me vino a la cabeza la idea de que con su tictac decía una palabra, una palabra de cuatro sílabas acentuada en las pares, era “etér-nidád, etér-nidád”. ¿Conocía yo la palabra en esa época?
Era curioso que pudiera descubrir la eternidad de esa forma tan peculiar, mucho antes de saber qué era la eternidad, o incluso antes de aprender la famosa frase de que todos los hombres son mortales, sí, justo cuando vivía en la eternidad. Era como si un pez descubriera de repente el agua en la que estaba nadando. Se lo mencioné a mi abuelo en una ocasión en que estábamos los dos solos en el cuarto de estar.
- Abuelo, ¿tú comprendes al reloj? –le dije.
- Aquí, a este reloj lo conocemos sólo muy por encima –respondió-. Sólo sabemos que señala los días y las horas, y hasta los segundos. Pero el tío abuelo de tu abuela, que fue el dueño del reloj durante sesenta y cinco años, me dijo un día que, al decir de su anterior propietario, antes señalaba también las fases de la luna, hasta que le metió mano un relojero. Los viejos de la familia de tu abuela aseguraban que el reloj era capaz de predecir bodas y defunciones. Pero yo de eso no me creo nada más que un poquito, chaval.
Entonces le digo yo:
- ¿Por qué está el reloj diciendo etér-nidád, éter-nidád, etér-nidád?
- Debes de haber oído mal, chaval –dijo mi abuelo.
- ¿Entonces no existe la eternidad? –pregunté.
- Sólo como se dice en las oraciones que reza tu abuela por las noches, y en mi devocionario de los domingos, chaval.
- Oye, abuelito –dije entonces-: ¿La eternidad es un bicho?
- No me vengas con barbaridades, chaval –dijo el abuelo.
- Oye, abuelito, ¿los demás relojes tienen algo de especial, como el nuestro?
- No –dijo mi abuelo-, nuestro reloj marcha bien. Y eso es porque hace mucho que no dejamos al relojero ni mirarlo. Nunca ha habido relojero alguno que comprendiera a este reloj. Si yo mismo no soy capaz de arreglarlo, se lo encargo a algún chapucero; los chapuceros son lo mejor para estas cosas.

Es cosa demasiado conocida, como para que sea necesario recordarla otra vez que, de acuerdo con la antigua escala de valores de los islandeses, la Biblia tiene un valor de una vaca, de las que paren a principios de otoño; o bien el equivalente a seis ovejas paridas y de buena lana. Este valor figura en la página de títulos de la Biblia que fue impresa en algún lugar perdido de las montañas del norte del país el año de 1584, y como es bien sabido, los islandeses jamás han confiado en ninguna otra Biblia; esta Biblia está decorada con artísticas viñetas y grabados, tiene el peso de casi seis libras y forma de caja de uvas pasas. Siempre ha habido un ejemplar de este libro en las mejores iglesias de Islandia.

Antes de dejar de hablar de los méritos de Runólfur Jónsson, no puedo menos que señalar un detalle de su fama que es el que con mayor probabilidad hará que su nombre perviva en la historia; y es que aquel magnífico compañero de mis noches, y hermano adoptivo mío, fue uno de los primeros en ser atropellados por un automóvil; tenía ya cerca de los ochenta años de edad. Y se debió a que, cuando iba con la copa encima, tenía la costumbre de caminar por el medio de la calle, haciendo al mismo tiempo una serie de cosas distintas: blandía una botella, cantaba, charlaba y reía; y siempre iba seguido por una abigarrada tropa de borrachos, vagabundos, perros callejeros, caballos sin dueño y ciclistas; éstos últimos acababan de aparecer, y eran daneses. Los automóviles le preocupaban tanto como una lata cualquiera que encontrase rodando por la calle. Así que si llegase a suceder la gran desgracia de que Runólfur, pariente del Konferensrad, no volviese a asomar por este libro un día cualquiera, y que hasta yo mismo me olvidase de señalar el momento de su desaparición, será porque mi hermano adoptivo pereció bajo las ruedas del primer automóvil llegado a Islandia.



Sigur Ros. Svenf-g-englar

martes, 25 de septiembre de 2007

El concierto de los peces (Halldór Laxness, 1957)

“Un sabio afirmó que, aparte de perder a su madre, para un niño no hay nada más sano que perder a su padre. Aunque lejos de mí suscribir en su integridad estas palabras, lo cierto es que también sería el último en rechazarlas de plano. Estaría dispuesto a defender una doctrina semejante sin rencor ninguno hacia el mundo, e incluso sin sentir el agudo dolor que parece ocultarse en el simple sonido de tales palabras.
Pero sea cual sea la opinión que pueda merecerle a la gente mi forma de ver las cosas, resulta que en mi caso a mí me tocó en suerte, por así decir, enfrentarme al mundo sin padres. No diré que eso fuera buena suerte, tal cosa sería excesiva. Pero tampoco puedo decir que fuera una ‘desgracia’, al menos por lo que a mí respecta: porque lo que sí tenía era abuelos. En realidad, para quienes pudo ser una gran desgracia fue para mis padres, aunque no porque con el tiempo yo hubiera podido llegar a ser un hijo modelo, más bien lo contrario, sino porque en realidad los hijos les hacen más falta a sus padres que los padres a sus hijos. Pero ése es otro asunto.”

Así empieza la novela del escritor islandés, Premio Nobel de Literatura en 1955, Hálldor Laxness (1902-1998), titulada El concierto de los peces publicada en 1957, y que en España está editada por Turner Publicaciones S.L. en 2005.

Por trazar un breve recorrido biográfico y literario, Laxness nació en la capital de Islandia, Reykiavik, y al terminar la Primera Guerra Mundial viajó por el continente europeo donde entró en contacto con diversos movimientos artísticos e intelectuales que dejarían su huella en su obra. Personalidad ecléctica, capaz de ser sucesivamente impresionista, católico, surrealista y socialista, pasando por el agnosticismo y el taoísmo. En 1927 viajó por los Estados Unidos, donde quedó impactado por la convivencia de la pobreza más absoluta con la más exuberante de las riquezas. Sus críticas feroces a aquel sistema capitalista le valdrían la expulsión del país.

Sus contactos con el socialismo le llevaron a militar en el Movimiento por la Paz, auspiciado por la URSS en los primeros años 50. En 1952 recibiría el Premio Stalin de Literatura y el 1955 el Nobel, entre otros galardones.
Los que conocen bien el mundo literario, no dudan en afirmar que Laxness es el mejor escritor islandés de la historia, al que parece que ahora se le está redescubriendo tanto en los Estados Unidos como en Europa, y ciertamente, una vez que se ha leído alguna de las páginas de este autor es difícil de olvidar. En El concierto de los peces, muestra una gran agudeza crítica, una mirada que pone a los personajes bajo una lente poderosísima que nos acerca hasta los detalles más pequeños. Todo aderezado con una ironía finísima, en ocasiones casi imperceptible, pero que baña a todas y cada una de las palabras y que uno, sinceramente, no esperaba encontrar en un autor nórdico.

Por sus páginas van circulando toda una serie de personajes curiosos, pintorescos, excéntricos, en un microespacio como debía de ser la Reykiavik de las primeras décadas del siglo XX. Una forma de contar que recuerda vivamente a las sagas medievales islandesas, como puede ser la Saga de Egill Skalagrimsson obra de Snorri Sturluson, para elevar a la categoría de literatura de primer nivel toda la “intrahistoria” de una comunidad, no exenta de desigualdades sociales que el autor critica con incisiones muy precisas, que vive pendiente de las noticias que llegan de un cantante (Gardar Hólm) que, según el periódico, triunfa en todos los teatros del mundo, pero al que nadie ha oído jamás cantar y al que muy pocas veces han visto, hasta que el protagonista, Álfgrímur, quien duda si ser pescador como su abuelo o cantante, descubra la miseria que se oculta detrás de los falsos oropeles que otros ayudan a construir.

Obra en la que los personajes desvelan la sabiduría que se oculta en las vidas de gentes corrientes, de personas acostumbradas a desenvolverse en medio de una naturaleza difícil, lo que les da una peculiar forma de entender todas las cosas.

En los próximos días iré colgando distintos fragmentos de esta novela.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Flesh, Trash, Heat (Carne -1968-, Basura -1970-, Caliente -1972-)


Tres películas producidas por el artista pop, Andy Warhol, y dirigidas por Paul Morrissey, que forman una trilogía sobre la vida cotidiana de unos personajes que deambulan por la vida con motivaciones muy primarias (drogas, sexo, éxito) a las que sublimarán todo lo demás. Como escribió Susan Sontag, el ideal de Warhol en sus películas es el de rodar hechos reales en tiempo real, como demostró en cintas como Sleep (1963) en la que podemos ver a un hombre durmiendo durante seis horas, o en Empire (1965), donde nos ofrece ocho horas de grabación desde lo alto de un edificio.

Después de un encontronazo con una guionista que intentó matarle, Warhol cedió las riendas de su factoría cinematográfica a Morrissey, quien pasó así a un primer plano que antes no tenía, con la dirección de esta trilogía, además de Blood for Dracula y Flesh for Frankenstein.
Las tres películas que nos ocupan tienen en común a Joe Dallesandro, quien empezó su carrera posando desnudo en revistas, y así se le puede ver durante muchos minutos en las películas de Warhol, consiguiendo una cierta fama en los circuitos underground. Secundario en Cotton Club y en Cry Baby, son sus dos apariciones cinematográficas de mayor relevancia en su carrera. El nivel interpretativo de este actor es totalmente plano, de tal forma que se puede decir que se da vida a sí mismo.

Flesh hace honor a su título (Carne) ya que es una película básicamente carnal, en la que se cuenta un día en la vida de un chapero casado con una chica a la que dejó embarazada, y que le anima a salir a la calle a prostituirse para sacar dinero para vivir. Película que da la impresión de que no ha sido montada, sino que lo único que se ha hecho ha sido parar la cámara de vez en cuando para volver a rodar después, ya que al pasar de un plano a otro destaca un destello blanco y se oye un "clic".


Los diálogos además, parecen improvisados, los actores se pisan las frases, tienen titubeos, mientras van apareciendo personajes de lo más pintorescos (un artista maduro que le hace posar desnudo, dos adolescentes gays que se prostituyen en un parque, un amante con una axila quemada por un lanzallamas, travestis, una bailarina de striptease…) Utiliza todo eso para mostrarnos una realidad dura, cruel, sucia, en interiores poco menos que ruinosos o en calles desoladas, dentro de un absurdo general que le da un aire especial a una película que adelanta algunas cuestiones que luego serán la carta de presentación del movimiento Dogma.

En Trash (Basura), ese elemento también será una presencia constante a lo largo de la cinta, en la que Joe (en el papel de Joe) es un heroinómano impotente, cuya motivación es conseguir dinero para meterse otro pico, y vive con Holly, una mujer esperpéntica que busca cosas en la basura, preferentemente muebles. Ambos viven en un apartamento que parece más un estercolero que otra cosa. En esa necesidad de dinero entra a robar en una casa de una mujer casada con un hombre rico, y que sólo está interesada en saber si Joe viola a las mujeres que roba, para pasar luego a pedirle que simulen una violación y cerrar el círculo de demencia proponiéndole un trío con su marido.

Al igual que en Flesh y en Heat, el sexo será un elemento de consumo más, con personajes que hacen el amor sin pasión, de forma rutinaria, como puro ejercicio físico pero sin poner demasiada atención en ello, como una manera de romper con el aburrimiento general. Sexo desolado y desolador, utilizado como medio para conseguir un fin (dinero, recomendaciones, trato de favor…), en unas historias en las que los sentimientos no tienen cabida.

Joe sigue siendo un semental sexual en Heat, película que ya no está rodada en Nueva York, como las dos anteriores, sino en Los Ángeles, y ya es una película al uso, con sus créditos, su montaje, un guión algo más elaborado y, sobre todo, más luminosa, con exteriores en los que brilla el sol.

Joe es una ex estrella de la televisión y una más que fugaz estrella musical, que llega a Los Ángeles en busca de trabajo y sin un centavo en el bolsillo, por lo que utilizará sus encantos sexuales para que la casera le haga una rebaja en el alquiler. Luego conocerá a una ex actriz que hizo carrera gracias a su cuerpo, y que ahora vive olvidada por todos en una gran casa de uno de sus ex maridos. Joe se acuesta con ella creyendo que puede presentarle a personas importantes de la industria, para abandonarla sin ningún rubor cuando se de cuenta de que no puede ayudarle en nada. Al mismo tiempo, se habrá acostado con la hija de ella, una psicótica que tan pronto es lesbiana como deja de serlo.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Carta de una desconocida (Stefan Zweig)

“Sólo a ti quiero hablarte, decírtelo todo por primera vez; debes conocer toda mi vida, que ha sido siempre tuya y de la que nada has sabido jamás. Pero este secreto mío, deberás conocerlo sólo después de mi muerte, cuando ya no necesites contestarme, cuando esto que sacude mis miembros, este escalofrío, signifique realmente el fin. Si he de continuar viviendo haré pedazos esta carta y continuaré callando, como he callado siempre. Cuando la tengas en tus manos será una muerta la que te cuente su vida, su vida, que fue tuya desde su primera hasta su última hora. No debes temer mis palabras; una muerta no quiere ya nada: ni amor, ni compasión, ni consuelo. Sólo deseo algo de ti, y es que creas todo lo que mi dolor, que en ti se refugia, te dice. Créeme todo; sólo ése es mi ruego; no se miente a la hora de la muerte de un hijo único.”

Se trata de una novela corta pero de una gran intensidad, que ya conoce dos adaptaciones cinematográficas, la primera de la mano de Max Ophüls (1948) y la segunda de la de Xu Jinglei (2004). Una novela de sentimientos, de un amor que va más allá de todo lo imaginable, hasta el punto de aceptar las mayores humillaciones en nombre de un amor desesperado, desgarrador, íntimo, hecho de casualidades y de olvidos, capaz de cruzar el tiempo desde el amor incondicional de la juventud hasta el amor con exigencias de la mujer adulta.

Un amor que crece con al distancia, un amor que se volverá carnal en sendos instantes fugaces plagados de olvido y que se aferra desesperadamente a un recuerdo, a una pérdida y que plantea una clara dualidad en la forma de entender el amor de hombres y mujeres. El protagonista es un mujeriego impenitente que se acuesta con las mujeres para luego olvidarlas con similar rapidez, mientras que ella calla, mira de lejos, pero cuando tiene la oportunidad no dudará en dar consistencia carnal a algo que para ella es mucho más que un acto puramente físico.

Dolida por la falta de memoria de su amado, optará por recluirse en el silencio, en brazos de otros hombres a los que vende un amor mercenario, vigilante desde la distancia, y con las rosas blancas que un día fueron prueba de amor convertidas ahora en mensajeras para una memoria que se niega a recordar, y que la reduce a la condición de una más entre muchas.

Carta que llega a su destino desde los bordes de la muerte, y la tragedia traducida en palabras será la única capaz de restituir la memoria, cuando ya nada importa y las rosas se han terminado de marchitar señalando un paso inexorable del tiempo dejando a su paso la más sola de la soledades.

“Toda la tarde me la pasé pensando en ti, aun sin conocerte todavía. Yo no tenía más que una decena de libros baratos, encuadernados en cartón, usados y rotos; los quería mucho y los leía muchas veces. Y entonces me preguntaba cómo sería el dueño de todos aquellos libros soberbios, que los había leído todos, que comprendía tantos idiomas y que era, al mismo tiempo que rico, tan instruido. Recordando aquel montón de libros sentía hacia su dueño una especie de respeto sobrenatural. Trataba a solas de imaginarme tu figura: tú eras un viejo de gafas y larga barba blanca, parecido a nuestro viejo profesor de geografía, sólo que más bondadoso, más hermoso y de más suave trato, pues no sé por qué ya entonces se me había metido en la cabeza que debías ser buen mozo a pesar de tomarte por un viejo. Aquella noche, sin conocerte, soñé contigo por primera vez.

“Se vuelve siempre.
“-Sí, contesté-, se vuelve; pero cuando ya se ha olvidado.

(En el blog Natalia Book se están colgando una serie de comentarios sobre esta novela. En cuanto a la versión de cine de Xu Jinglei mi comentario se puede leer aquí)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Escuela de picapedreros

¿Es preferible que los niños hablen inglés, sepan lo que llevan dentro de las palabras que usan o distingan el canto de los pájaros? El día que pongamos esas tres cosas en pie de igualdad, la gente se haga con seriedad la pregunta y haya incluso un debate al respecto en el Parlamento, podremos volver a hablar de educación. Hasta que ese día llegue, no usemos la palabra para referirnos a la fabricación de ruedas dentadas y tornillos sin fin para el gran engranaje. El objetivo de la verdadera educación no es la producción y el comercio, sino la formación de seres humanos. Algo tan elemental se ha olvidado. Hay que producir, claro, pero la producción no agota el sentido de la vida. La condena de millones de niños a hablar sin saber lo que dicen, y a no apreciar el vuelo de las aves, los tiempos de la floración o el orden íntimo de las constelaciones es una firma de genocidio cultural.

Pedro de Silva

Publicado en el periódico La Nueva España el 05/08/07

viernes, 14 de septiembre de 2007

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Jenny Holzer (1950, Gallipolis, Ohio, USA)



Truisms
"Yo trataba de mostrar que las verdades tal como son experimentadas por los individuos son válidas. Quería dar el mismo peso en sus posibilidades a cada afirmación".

Eso dijo esta artista norteamericana en una entrevista hablando de la serie Truisms (Tópicos). Y es que la obra de Jenny Holzer no nos da respuestas, plantea inquietantes interrogantes que tienen múltiples respuestas posibles, tantas como espectadores-lectores, en función de las opiniones y vivencias de cada uno de nosotros.

La brevedad de unos mensajes cortos en extensión ocultan, sin embargo significados profundos, no con la intención de poner de manifiesto una idea concreta, sino que se plantean como una suerte de interrogatorio que obliga al espectador a pararse, leer, comprender y reflexionar incluso en la propia calle, ya que Holzer utiliza edificios y otros elementos urbanos (bancos, fuentes, espacios publicitarios…), para proyectar sus mensajes, para lanzarnos una carga de profundidad directa a nuestro intelecto y a nuestra conciencia.


Los temas que toca Holzer (la primera mujer en representar a los Estados Unidos en la Bienal de Venecia en 1990), entran de lleno en temas tabúes en las sociedades occidentales como son el sexo, la violencia, el amor, la guerra y la muerte. Después de pasar una etapa como pintora abstracta influida por gente como Morris Louis y Mark Rothko, en 1977, coincidiendo con su traslado a Nueva York, inicia su fase como artista conceptual con la serie Truisms, estampando sus frases en camisetas y carteles que distribuyó por la ciudad, en unos principios en los que todavía no se consideraba como una artista sino como una activista política.

El punto de inflexión en su carrera llegaría en 1982, cuando sus frases aparecieron en Times Square utilizando como soporte una pantalla electrónica en la que aparecían frases como Protect me from I want (Protégeme de lo que quiero), Abuse of power comes as no surprise (El abuso de poder no llega de sorpresa), Absolute submission can be a form of freedom (La sumisión total puede ser una forma de libertad).

En 1993, con la guerra de Bosnia en pleno apogeo, la portada de la revista del periódico alemán Süddeutsche Zeitung publicó un mensaje de Holzer en el que se mezclaba la tinta con la sangre de mujeres bosnias que decía: Donde mueren mujeres, estoy totalmente alerta. La consecuencia fue un escándalo de grandes dimensiones. Con este trabajo y con la serie de fotografías recogidas bajo el título Sex Murder (1993-1994), con frases escritas directamente sobre la piel de mujeres, la artista quiso llamar la atención sobre las violaciones y vejaciones de todo tipo que estaban sufriendo las mujeres en Bosnia.



Mensajes de una gran potencia emocional, que han evolucionado desde una voz anónima hacia un contenido absolutamente personal, de autor reconocido, que pone en solfa y critica con enorme dureza las ideas preconcebidas que se manejan en un entorno acrítico, lanzando llamadas casi desesperadas, sinceras y sobrecogedoras a una adormecida conciencia social necesitada de mazazos de estas características para salir del letargo.

De su obra se ha dicho, y me parece una definición más que acertada, que la “palabra adquiere nuevos significados, el texto es revalorizado y replanteado como un elemento estético más: la literatura se vuelve visual y el arte plástico se vuelve discurso.”

“Han sido las mujeres quienes han hecho el arte más desafiante en la última década. Desde el punto de vista psicológico, su trabajo es mucho más extremo que el de los hombres” (Jenny Holzer)



Protect me from I want (Río de Janeiro)

martes, 11 de septiembre de 2007

Perros de paja (Strawdogs, Sam Peckinpah, 1971)

Una excelente reflexión acerca de la violencia que deja inquietantes preguntas en el aire. Eso es lo contiene la que fue probablemente la película más polémica de un director abonado a la controversia. Cinta que produjo en Europa intentando escapar de la industria de Hollywood y sus esquemas, lo que no impidió que el metraje final sufriera censura en muchos países, debido a la extrema violencia que se muestra. Incluso las feministas de la época la atacaron de forma virulenta, especialmente, por el hecho de que el protagonista se decanta al final por el asesino de una joven antes que por su esposa.

Un brillante matemático norteamericano y su esposa británica, se trasladan al pueblo de ella para aprovechar la tranquilidad para finalizar un importante trabajo aprovechando la tranquilidad de la zona. Allí se producirá un choque de consecuencias totalmente inesperadas entre violencia irracional e inteligencia.


Con una estructura de western, en la que recordamos a esas escenas en las que un grupo de indios salvajes ataca una solitaria granja en medio de la nada mientras los colonos se defienden desesperadamente. Tampoco falta el solitario defensor de la ley, la banda de villanos, un forastero, y con todo girando en torno a una taberna.

Con todos esos ingredientes, Peckinpah cocina una historia en la que desde el minuto 1 tenemos la sensación incómoda de que algo grave va a ocurrir en cualquier momento, graduando los estallidos de violencia de tal forma que sigue una progresión creciente hasta el gran crescendo final, cuando todo eclosiona de una forma brutal.

David Sumner (Dustin Hoffman) y Amy (Susan George) son los encargados de dar vida a los dos personajes principales. Él empieza siendo un tranquilo matemático al que las circunstancias le arrastraran a un viaje psicológico posiblemente sin billete de vuelta, mientras que Amy es una mujer de enorme sensualidad, provocativa y aburrida de su matrimonio con un timorato David.

Ellos, como el resto de los personajes, entrarán en un juego macabro regido por la misma ley dicotómica por la que se regía el Oeste: vivo o muerto. Todo mezclado en una macabra coctelera en la que caben gatos muertos, ratas vivas, alcohol sin tino, miembros mutilados y cuerpos destrozados. El director, por medio de fugaces flash-backs que nos recuerdan los motivos que tienen los protagonistas para comportarse como lo hacen, en una atmósfera en la que el miedo es más espeso que la niebla que recorre los páramos y se convierte en un protagonista más.

Una película en la que los asesinatos son fruto de instintos larvados, en estado latente, largamente reprimidos en un mundo intrínsicamente violento, en el que no existe escondite posible ya que tarde o temprano vamos a tener que enfrentarnos con la violencia, y en ese momento ninguno sabemos cual va a ser nuestra reacción. Eso lo demuestra David Sumner en la larga, violenta e hipnótica escena final, que consigue perturbarnos hasta lo más profundo pero, al mismo tiempo, generarnos una fascinación que nos impide despegar los ojos de lo que está ocurriendo en la pantalla.