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lunes, 17 de septiembre de 2007

Escuela de picapedreros

¿Es preferible que los niños hablen inglés, sepan lo que llevan dentro de las palabras que usan o distingan el canto de los pájaros? El día que pongamos esas tres cosas en pie de igualdad, la gente se haga con seriedad la pregunta y haya incluso un debate al respecto en el Parlamento, podremos volver a hablar de educación. Hasta que ese día llegue, no usemos la palabra para referirnos a la fabricación de ruedas dentadas y tornillos sin fin para el gran engranaje. El objetivo de la verdadera educación no es la producción y el comercio, sino la formación de seres humanos. Algo tan elemental se ha olvidado. Hay que producir, claro, pero la producción no agota el sentido de la vida. La condena de millones de niños a hablar sin saber lo que dicen, y a no apreciar el vuelo de las aves, los tiempos de la floración o el orden íntimo de las constelaciones es una firma de genocidio cultural.

Pedro de Silva

Publicado en el periódico La Nueva España el 05/08/07

martes, 31 de julio de 2007

Ángeles Caso

El arte es un privilegio del que sólo gozamos, entre las especies animales que nos acompañan en el dominio del planeta, los seres humanos, capaces -o culpables- desde la expulsión de Paraíso, de inventarnos una manera de existir que alcanza mucho más lejos, infinitamente más lejos, que la pura acción de sobrevivir, comer, refugiarse, reproducirse… Es una rara forma de comunicación, y lo es en tres sentidos diferentes y concéntricos, como círculos de tamaño creciente: comunicación hacia el interior de nosotros mismos, hacia los otros y hacia el universo. El artista –el músico, el poeta, el plástico, hasta el geómetra arquitecto- bucea dentro de su alma, y luego dentro del al alma de los otros, y luego aun dentro del alma del mundo, iluminando lo que le rodea con una lámpara débil y vacilante, dejándose en el esfuerzo los ojos. Y después lanza todo lo que ha encontrado ante los demás, lo expone ante los demás como una vía de conocimiento supremo, lo deposita a los pies de los otros, para que ellos extiendan por un momento las manos y las manos se toquen: toda la belleza y también todo el horror que forman parte de la vida. El artista trabaja con lo invisible: el aire, la luz, la oscuridad, el reflejo del cielo y el infierno, el misterio, la palabra cargada de sentido, el sinsentido, la perfección y la perversión, los sueños, las conexiones más profundas y secretas de nuestras secretas neuronas, el delgadísimo hilo que une el macrocosmos y el microcosmos… El arte le habla a eso que llamamos espíritu, y alimenta un ansia confusa que nunca está del todo satisfecha, pero que no tiene nada que ver con el hambre, el frío y la sed y el puro malestar o bienestar de la materia.

Extracto del artículo Cocinar en Kassel, publicado por Ángeles Caso en la revista Magazine.

jueves, 26 de julio de 2007

Un lazareto

La posesión de la verdad no es menos peligrosa que la de dinamita o titadyne. La serie funciona así: posesión de la verdad-imposición de la verdad-violencia. De una vez por todas habría que dividir a la humanidad entre poseedores y no poseedores de la verdad. A los primeros podría dárseles un continente entero, rodeado de un cordón sanitario, para que allí diriman sus cuitas. El territorio estaría dividido en varios círculos concéntricos. En el núcleo irían los poseedores de verdad más radicales, como talibanes, etarras, ayatolás, dictadores marxista-leninistas, etcétera. En el último círculo irían los poseedores de verdad más benévolos, como los rectores del FMI y los de la Secretaría para la Doctrina de la Fe. Haciendo una buena criba, es posible que los poseedores de la verdad no sean tantos como parecen, y al final baste con darles una isla de mediano tamaño, a ser posible volcánica.

Pedro de Silva

Publicado en el periódico La Nueva España el martes 24 de junio de 2007.

jueves, 11 de enero de 2007

La escultura fantasma

Este artículo está escrito al poco tiempo de salir en los medios la noticia de la desaparición de la pieza de Richard Serra.
Parece increíble que en momentos en los que parece que, poco a poco, se va abriendo paso una mayor consideración hacia el mundo de la cultura en general y del arte en particular, ocurra que el "buque insignia" de los museos públicos españoles, no sepa dónde está una escultura de 38 toneladas de peso, de un autor de tanto prestigio como es el norteamericano Richard Serra, máxime tratándose de la única obra de este autor que formaba parte de la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Esta información tiene una doble lectura. Una por la lado de la gestión cultural, que en este caso es tirando a desastrosa y, otra, por el lado de la imagen exterior que proyecta este asunto, toda vez que ha recorrido los titulares de la prensa extranjera convirtiéndose en un atuéntico reguero de pólvora en todos los ambientes artísticos y museísticos del orbe.
Desde el punto de vista de la gestión, las informaciones aparecidas en la prensa, ponen de manifiesto, como afirma la ex directora del centro, María Corral, el "mayor caos del mundo". Desde el momento en el que una empresa contratada por el museo se disuelve por suspensión de pagos, con el consiguiente embargo de la nave por parte de la Tesorería de la Seguridad Social, sin que nadie del museo se percatara del hecho, ni, al parecer, desde la Seguridad Social se avisara a las propietarios de piezas en depósito del cambio en la situación legal de esa nave.
A partir de ahí, nadie parece haber ejercido la más mínima función de control sobre esta pieza objeto de la polémica, ya que únicamente se sabe que se depositó en 1990, y que a finales de 2005, cuando la noticia salta a la prensa, está desaparecida. Asimismo, desde 1992 no existen facturas del pago del depósito, ni, lo que es aún más extraño, constan reclamaciones de la empresa solicitando ese pago. Incluso en las informaciones periodísticas se cita una frase textual que dice: "Puede que se haya pagado pero que no aparezcan las facturas", y José Guirao apostilla: "a Macarrón [nombre de la empresa responsable del almacenamiento de la pieza] no se le podía pagar, porque no podía facturar". ¿Cómo es posible que un organismo público trabaje con una empresa con la que no se pueden justificar pagos? Ante eso, la palabra caos parece que se queda pequeña y la sombra de la duda se alarga. Aunque también es cierto, al menos eso es lo que se afirma en una de las informaciones de prensa, que parte, no sabemos en qué porcentaje, de los problemas económicos de la empresa se derivaban de la propia morosidad del Ministerio de Cultura, y la propia María Corral afirma que este ministerio "debía muchísimo dinero a Macarrón".
En otro momento, María Corral dice que el museo no tenía ni siquiera un inventario de las obras del centro expositivo, algo que parece de elemental cumplimiento. Todo lo señalado hasta aquí causa verdadera estupefacción y no habla precisamente bien ni de los profesionales encargados de diseñar la política expositiva del centro, ni de su personal de administración.
"No hay que entrar en conjeturas que contribuyan al deterioro de la imagen del museo". Con esa frase cierra Natividad Pulido una de las informaciones relacionadas con este asunto, y que atribuye al director del Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte.
No por ser la última de las frases es la menos significativa, ya que pone de manifiesto, siquiera de refilón, las repercusiones internacionales que puede tener para este museo nacional el hecho de que estas informaciones hayan trascendido ya que, tanto los artistas como las instituciones museísticas, a los que se les solicite obra para exponer en Madrid, una de dos, o directamente la negarán aludiendo a la falta de cuidado o seguridad, o impondrán condiciones duras y, por tanto, mas costosas con la consiguiente repercusión en el balance económico del Reina Sofía.
En definitiva, noticias como esta no son la mejor publicidad para nuestros centros de arte, además de poner sobre el tapete la urgente necesidad de dotarlos de una estructura profesional con personal cualificado, y órganos de control que impidan que casos como este puedan volver a repetirse.