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domingo, 14 de febrero de 2010

Cuando éramos honrados mercenarios (Arturo Pérez Reverte, Alfaguara 2009)

Los presos de la Cárcel Real

Hoy vamos de historieta histórica, si me permiten. Merece la pena. En los últimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla cómplice cuando proyectas, sobre la prosa fría del documento, imaginación suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente verídico, aunque parezca esperpento propio de una película de Berlanga. Y es que, a veces, también la España negra tiene su puntito.

Todo empezó con una carta escrita a media mañana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde podía, y la caballería francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la Cárcel Real de Madrid -situada junta a la plaza Mayor, hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores- por Francisco Xavier Cayón, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compañeros: "Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros". Entregada al carcelero jefe Félix Ángel, la solicitud llegó a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de órdago, se les dejó salir a la calle bajo palabra. Tal cual.

Ahora imagínense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conservó los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el talego, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo más fino de cada casa: gente del bronce y de puñalada fácil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapiés y el Barquillo, brecheros, atufadores, jaques de putas. Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que había dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estampía. Lástima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cuántas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un cañón con el que hacían fuego hacia la calle Toledo, vieron caerles encima una jábega de energúmenos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de "¡Viva el rey!" y "¡Muerte a los gabachos!" se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, dándole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorporó a la peña otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se había abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano Córdova, era natural de Arequipa, Perú, y tenía veinte años. Venía buscando gresca y se les unió con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cría.

El zafarrancho de la plaza Mayor duró un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al cañón de los malos y le arrimaron candela a un escuadrón de caballería de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munición, inutilizaron el cañón y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, buscándose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano Córdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fernández. Su compañero Domingo Palén resultó descosido de asaduras y acabó en el Hospital General, y dos presos más se dieron por desaparecidos y, según los testigos, por fiambres. Pero lo más bonito, lo pintoresco del colorín colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, sólo uno faltó al recuento final. Entre aquella noche y la mañana del día siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la Cárcel Real, solos o en pequeños grupos. Me gusta imaginar a los últimos llegando al alba -alguno visitaría antes a la parienta, supongo- exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y sólo uno declarado prófugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.

viernes, 1 de enero de 2010

Sam Peckinpah, el poeta de la violencia

(Artículo firmado por Carlos Boyero y publicado en el periódico El País el 31 de diciembre de 2009)

Ocurre en el arte y en la vida que determinados creadores y seres anónimos que están lejos de la perfección, en los que transiges con sus defectos casi tanto como admiras sus virtudes, poseen el don de enamorarte siempre, conectan con tus fibras más íntimas, te hacen sentir, se te pone un nudo en la garganta cuando desaparecen de este mundo, mantienen un lugar imborrable en tu memoria, los vas a echar de menos hasta tu último día.

Con los seres cercanos sólo te sirve el recuerdo para evocarlos. Con los libros, la música y las películas no existe esa limitación, ya que la desaparición de sus autores no es impedimento para que puedas seguir gozando de todo lo que crearon.

Esta semana hace 25 años que murió Sam Peckinpah. No poseo ningún director vivo, incluidos los extraordinarios Clint Eastwood, Woody Allen y Martin Scorsese, con la dimensión mítica y tan cercano a mis emociones (aunque nunca haya disparado un tiro ni montado un caballo) como este juglar de los espacios abiertos, épico y lírico, bronco y tierno, retratista incomparable de la violencia interna y externa y de perdedores con aura o exclusivamente cochambrosos, de desesperados con causa o sin ella, de profesionales que no van a morir en la cama, de amistades traicionadas que parecían inquebrantables, de principios morales y códigos de conducta en matadores presuntamente amorales, de gente que vive o sobrevive en el límite, cercana al ocaso.

Mi bautizo en ese cine de aroma y personalidad inconfundible ocurrió en Duelo en Alta Sierra. La muerte de Joel McCrea despidiéndose de su socio y de las montañas podría llevar la firma del mejor John Ford. Las grandes películas de Peckinpah siempre acaban con la muerte. De los malos y de los buenos. Lo segundo es inexacto, ya que cualquiera de sus personajes buenos no dudaría en meterle un balazo en la sesera a cualquier impedimento con forma humana. El legendario Pike Bishop, el jefe del grupo salvaje, advertía a los rehenes de su asalto al banco: "Si se mueven, mátalos".

El mayor Amos Dundee lograba finalmente acabar con el apache Charriba y cruzar la frontera de Río Grande a costa de perder en su obsesivo viaje a su sudista álter ego, el capitán Benjamin Tyreen, y a la única mujer que podría haber arreglado su torturada existencia. El suicidio que más me ha impresionado en la historia del cine es el de Bishop y su banda. Consecuentemente, mueren matando, gritando "¿Por qué no?" (expresión nihilista y habitual en el mundo de Peckinpah), con el pretexto de que intentan liberar a su socio mexicano.

Cable Hogue, el desamparado de Dios y de los hombres, el agonizante cuya fe encontró agua en el desierto, también acaba trágicamente sus días, pero éste tiene el consuelo de ser enterrado por la puta que ama y de que el predicador canalla que ha sido su problemático socio le dedique el más hermoso y complejo sermón fúnebre.

El reconvertido Pat Garrett rompe el espejo que le devuelve su indeseada imagen después de matar al forajido Billy The Kid, a su antiguo amigo, al tipo que se negó al pragmático cambio que le exigían los nuevos y arteros tiempos. El volcánico borracho que iba a triunfar por primera vez en su vida entregando la cabeza de Alfredo García decide montar el infierno y que éste se lo trague en nombre de una anhelada dignidad.

El maltrecho jinete de rodeo Junior Bonner no muere, pero sabe que lo tiene muy crudo para seguir tirando. Tampoco el acorralado matemático que acaba cargándose a los feroces perros de paja, pero ya nunca podrá identificar el camino de su casa.

Peckinpah también hizo películas olvidables, mediocres caricaturas de sí mismo. En las últimas, los estragos de la vida le pasaron factura a su arte. Da igual. Cuando estuvo en forma su cine fue duro, complejo, emocionante, poético e inmejorable. Creó escuela, pero sus esencias no admiten el plagio. Es uno de los grandes.

viernes, 1 de mayo de 2009

Almacén de lo fugaz (Pedro de Silva)

Esa canción desconocida que está sonando cuando encendemos la radio, y no sube al cielo, pero acaba y el conductor del programa, sin decir el título, pasa a otra. O bien, antes de que empezara hemos oído el título, pero se ha perdido, y cuando nos cautiva es demasiado tarde para pillarlo, con lo cual la canción se ha ido para siempre. Pasión por la eternidad de lo sublime: núcleo de la condición humana. En realidad “sublime” y “eternidad” son contrarios. Esa misma canción, en otro momento del día, con la cabeza ya en sus menesteres, o sin los efectos del golpe del primer café o sin la luz raseante de la mañana frenando la mirada y echándola hacia dentro, no sonaría igual. Y repetida la canción durante días, a cada hora, sería un suplicio. La belleza se nos ofrece así, efímera y huidiza. Puede ser canción, frase, mirada de alguien por la calle. ¿Eternidad disponible?: la memoria.

Artículo publicado en el periódico La Nueva España 29/04/09

martes, 31 de marzo de 2009

Mal de escuela

Mientras se multiplican los medios tecnológicos de registro y archivo de la humanidad, flaquea y agoniza la memoria individual de los humanos. Pocos somos capaces ya de recordar un poema, una canción, una cita de memoria; pocos somos capaces de recordar –como un fuego vivo bajo nuestros pies- los acontecimientos más recientes: la caída del muro de Berlín es para las nuevas generaciones tan antigua, tan inexpresiva, tan irrelevante, como la caída de Roma; incluso la invasión de Iraq es tan remota y está tan desprovista de sentido como la conquista de Granada o las Cruzadas. La Historia ha desaparecido en el instantáneo y sucesivo consumo de imágenes muy intensas, muy volubles, que no dejan más rastro que el apetito de una imagen nueva, de una visualidad interrumpida: la mirada se ha convertido en una extensión del sistema digestivo.

(Santiago Alba Rico)

Y es en épocas de crisis cuando no se debería hacer mudanza en lo esencial y habría que perseguir con mayor ahínco los verdaderos fines de la educación, tan bien representados en las palabras de los viejos maestros institucionistas: “O nos educamos o nos extinguimos, o sabemos o no sabemos nada, y si nada sabemos nada somos. El que nada sabe en la ignorancia se diluye, sin libertad ni conciencia, a merced de quien ordena y manda (…) El hombre está hecho para educarse, el afán educativo se encuentra en nuestra propia naturaleza, la orientación de nuestro espíritu remite con naturalidad a nuestro perfeccionamiento (…) Sin educarnos nos extinguimos biológicamente, estamos más cerca de la muerte.”

Si para conseguir educar a un solo niño se necesita el esfuerzo de la comunidad entera, la organización social camina en la dirección contraria: en el presente está en trance de dimitir de sus responsabilidades históricas con las escuelas e institutos. En este cúmulo de inhibiciones, y como botón de muestra: en Asturias, la Consejería de Educación se ha hecho el haraquiri y ha traspasado a sus docentes a otra Consejería. Los maestros observan cómo cada día inciden menos en la mejora de la calidad del trabajo de sus alumnos y alumnas. Y, lo que es más importante: cada vez cuesta más ayudarlos a convertirse en personas conscientes, responsables y críticas que, cual Ulises, sean capaces de resistir el reclamo de unas sirenas que, en la actualidad, claman desde las mil pantallas invitando al consumo masivo de productos.

Con el actual cambio de era, la llamada Mundialización, los objetivos y las energías de la educación vigentes hasta aquí, y que justificaban la labor incesante de maestros y escuelas, se muestran impotentes. Y dejan el campo libre a quien verdaderamente educa hoy a todos: ese gigantesco escaparate audiovisual que arroja imágenes por doquier, dirigidas a impresionar emociones y sentimientos y dejar frío e inservible el razonamiento.

Quienes hegemonizan el cotarro político, insisten en que lo único que pude sacarnos del marasmo económico es el consumo indiscriminado de cosas innecesarias. A la globalización capitalista en curso le sobran las personas educadas en los principios de aquella tradición cultural occidental que comenzara a levantar Sócrates, porque tan sólo precisa en su desenvolvimiento (y para seguir haciendo caja) de individuos para los que pasado y futuro sean ineficientes.

Los poderes establecimos necesitan, hoy más que nunca, unos súbditos ávidos de gozar el momento presente en exclusiva, que se conduzcan disgregados en pulsiones momentáneas, vinculadas a apetencias de objetos siempre insaciables, y para los que el ávida sea un continuo de fragmentos que sólo tienen relevancia si están marcados por el consumo obsesivo.

(Fragmento del artículo Mal de escuela, de Benigno Delmiro, Catedrático de Secundaria, publicado en el número 1 de la revista Atlántica XXII, marzo 09)

miércoles, 20 de agosto de 2008

Frutos de agosto

Mediados de agosto es tiempo raro. La amenaza del otoño y la rentrée está ahí, con su pinchazo de angustia, pero a la vez se han relajado al fin los tensores del curso pasado. En una reunión de verano un amigo pregunta, a bocajarro, qué es para mí la felicidad. Otra persona, a la que espanta el otoño en el Norte, pide que le explique las ventajas de la melancolía. No son gente banal, a la que contentar con una frase, y opto por retrasar la jugada. A la primera le digo que la felicidad, como concepto, es una horterada; a la segunda, que la melancolía es la energía que mueve el mundo, y nos mueve. Aunque, en realidad, pienso que la felicidad está en la melancolía y que en el esfuerzo de sobrenadar ésta, para no perecer en sus aguas, hay una fuente de entusiasmo, esto me lo callo. Además, como los autores de las preguntas se han ido cada uno por su lado tampoco hay caso para juntar las respuestas.

(Artículo firmado por Pedro de Silva, en el periódico La Nueva España el 20 de agosto de 2008)

lunes, 5 de mayo de 2008

Helmut Newton, fotógrafo del deseo

Artículo propio publicado en el número Vita Sexualis de la revista Hesperya, editada por los alumnos de Filología de la Universidad de Oviedo.


Aunque pudiera parecer extraño asociar erotismo a frialdad, eso es lo que está en la base del trabajo del fotógrafo de origen alemán Helmut Newton (Berlín, 1929 – Los Ángeles, 2004), frialdad que no le resta ni un ápice de sensualidad ni de sexualidad a sus fotos, sino más bien al contrario, al colocarnos ante unas mujeres distantes que nos miran desde la lejanía, desde un mundo de mujeres libres, independientes, conscientes de su feminidad y de la turbación que provocan, y orgullosas de ello desde una seguridad y una determinación totales.

Las mujeres de Newton están orgullosas de serlo, se saben poderosas y no tienen miedo de mostrar ese poder, incluso en situaciones que tienen que ver con la dominación (el dominado, aunque pueda parecer paradójico, es el que tiene el poder porque decide hasta dónde y por quién). Mujeres por lo general vestidas de forma exigua y con joyas caras, bien maquilladas y subidas sobre altos zapatos de tacón. Todo ello las dota de un fuerte aire fetichista, son seres lejanos, dotados de una gran frialdad, pero de los que, al mismo tiempo, emana una sensación de poder que las hace irresistibles, y que nos deja atrapados irremisiblemente en la telaraña que el fotógrafo ha logrado urdir después de un largo proceso de elaboración.



Imágenes perturbadoras que le vienen a Newton desde su más lejana infancia, ya que tal y como recuerda en el prólogo de su Autobiografía, tenía 3 ó 4 años cuando veía a su niñera semidesnuda mientras se maquillaba frente al espejo antes de una salida nocturna. Imagen a la que se unía la de su madre: «A veces mi madre entraba antes de ponerse el vestido; llevaba perlas, combinación y un sostén debajo. La combinación era de satén, color carne. Siempre era de color carne, nunca negra».

A eso hay que unir la doble influencia de su hermano Hans en la construcción del imaginario que luego sería clave en su trayectoria como fotógrafo. La primera fue involuntaria a través de la revista Das Magazín, de la que Hans era lector asiduo, una publicación en la que todos los meses aparecía una mujer desnuda, con zapatos de tacón y medias sin ligas ni ligeros. La segunda, recuerda Helmut, fue un día cuando éste tenía 7 años y estaba dando un paseo por Berlín con Hans y le presentó a distancia a la famosa prostituta Erna La Roja, sobrenombre que le venía de su pelo pelirrojo y que acostumbraba a vestir botas rojas de montar y una fusta. Esa fue la introducción de Newton en el lado pecaminoso de las calles del Berlín de los años 30.

Con todos estos elementos esenciales, ya está configurado el universo Newton, ese que tanto ha contribuido a configurar el jardín de las fantasías sexuales tanto de hombres como de mujeres, utilizando la moda como una disculpa para ir más allá, para transgredir los límites de la moral imperante durante la postguerra mundial.


Fantasías que Newton traslada a escenarios naturales, a las calles que le recuerdan a aquellas del Berlín de su adolescencia en las que veía a las prostitutas buscar clientes, calles apenas iluminadas a las que la noche despoja de miseria y las eleva a la categoría de espacios llenos de misterio, en los que cualquier cosa puede ocurrir. Calles que se han visto en el cine alemán de entreguerras, puentes, pasos subterráneos, estaciones de tren o de metro, son el escenario en el que sueños, deseos y fantasías pasan a formar parte de la realidad, se hacen corpóreas de tal forma que ya no podamos escapar de ellas, obligándonos a enfrentarnos con las fuerzas que mueven el mundo que se oculta debajo de nuestra piel, un mundo de pasiones colectivas y de deseos sublimados.

Botas y zapatos de tacón, fustas y espuelas, medias negras, esposas, son algunos de los elementos con los que (des)viste a sus mujeres y con los que configura un complejo sistema de símbolos visuales completado con espejos, ventanas, balcones, azoteas, piscinas, armas para generar momentos en los que el sexo y la muerte se dan la mano.

El espíritu transgresor de Newton le llevó a presentar a los lectores del Vogue francés la boutique de Hermès en París como si fuera el sex shop más caro, lujoso y exclusivo del mundo. Para ello utilizó los expositores de cristal para exhibir una gran colección de espuelas, látigos, accesorios de cuero y sillas de montar, al mismo tiempo que hizo vestir a las dependientas como estrictas institutrices, con faldas grises cruzadas de franela, blusas abrochadas hasta el cuello y un broche en forma de fusta clavado en el pecho, tal y como lo describe en su Autobiografía. Como consecuencia de aquello, según cuenta el propio Newton, el propietario sufrió una dolencia cardiaca de la que afortunadamente se recuperó. Era 1976.

Historia de O, la famosa novela que durante muchos años estuvo prohibida en numerosos países por la descripción que hace de actos de sadismo y masoquismo, forma parte del universo de influencias que reconoce Helmut Newton, en el que también tiene cabida el fotógrafo Brassai, a quien consideraba el maestro de la luz nocturna, de las calles de París, los paisajes urbanos de noche y los interiores de burdel.

Rastreando influencias, aunque no la menciona en su Autobiografía, la de Guy Bourdain es otra que se puede reconocer. Este fotógrafo de moda que también trabajó para Vogue, construye unos escenarios «de peligro sexual y de un encanto sádico, de una emoción voyeurística y una pasión homicida», como los definía el periódico británico The Guardian en una reseña sobre una exposición de este autor en Gran Bretaña.



Quizás sea esa perfección en los cuerpos, el equilibrio al que dota a sus composiciones y la enorme carga sugestiva, además del absoluto dominio de la técnica fotográfica, lo que hace que las obras de Newton sean intemporales, tengan un valor trascendente que nos obliga a observar cada una de sus fotografías con la esperanza de penetrar en lo que se oculta allí detrás.

lunes, 28 de abril de 2008

El genuino Día del Libro

Artículo publicado por Pedro de Silva en el periódico La Nueva España el pasado día 24 de abril.

Definitivamente no creo en el Día del Libro, celebrado ayer, aunque admire y me conmuevan los esfuerzos de libreros, editores, escritores y algún lector para hacer de la fecha un fasto y una fiesta. La lectura es un hábito biológico, como el comer, y quien no lo tiene no lo tiene, con fasto o sin fasto. En cuanto al que tiene el apetito, echa mano a lo que encuentra en cada momento libre. Por eso el buen lector de verdad no suele comprar un libro para leerlo, sino para tenerlo a mano, y deja la compra esparcida por la casa, a la espera de que un día le entre la gana. Un vestigio del tiempo de los cazadores-recolectores, antes de la agricultura: andar por casa husmeando libros, sin buscar uno en concreto, al acecho de un rastro que nos despierte el instinto, para seguirlo y dar caza a un ejemplar. Ése es el verdadero día del libro, de ese libro, y para ese cazador-recolector.

miércoles, 2 de enero de 2008

La fiesta de Halloween: el retorno de las costumbres celtas a la vieja Europa

Este artículo lo firmó Manuel Cimadevilla en el periódico La Nueva España el 3/11/07

Hay quien cree que el resurgimiento de la fiesta de Halloween en muchas ciudades de España es un nuevo mimetismo festivo importado de Estados Unidos debido al imperio televisivo, pero realmente la historia no es así. En realidad, lo cierta es que se trata del retorno a Europa de las milenarias tradiciones que los irlandeses llevaron al Nuevo Mundo con sus ancestrales raíces célticas. Desde el establecimiento del calendario gregoriano en el siglo XVI –noventa años después del llamado Descubrimiento de América por Colón–, todos los festejos naturales han sido trastocados sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza. Así, por ejemplo, para nuestros antepasados el día primero de noviembre era el fin del ciclo anual, con la llegada del invierno tras la recogida de las cosechas y el principio de una nueva etapa. En el solsticio, como símbolo del tránsito, hay que festejar a todos los santos. Es el día en el que, según las creencias de nuestros antepasados, las tumbas se abrían y se mezclaban los vivos con los muertos.

Siempre hay una explicación en las tradiciones populares. Los druidas dominaban con gran sentido la existencia y sus reglas habían sido calculadas tras el estudio y conocimiento de los movimientos de la Luna. Debido a ello, el calendario establecido por los druidas era lunar de trece meses y de veintiocho días cada uno. Cada mes empezaba en cuarto creciente. El período que iba desde la Luna nueva hasta la Luna llena era el tiempo de las noches luminosas, proclives a la discusión abierta, a la búsqueda de claves para el futuro y el momento de tomar decisiones. Consecuentes con ello, desde el cuarto menguante hasta la nueva Luna se consideraba un período negativo e infecundo en el cual se imponía la reflexión y la meditación.

Los celtas eran politeístas y rendían culto a los fenómenos naturales: al Sol que daba fuerza a las cosechas en las tierras del mítico valle de Riosol y al trueno que advertía de la vivificadora lluvia en los altos del puerto de Tarna. Los árboles eran fundamentales para ellos. Mantenían la creencia ancestral de que eran los árboles los pilares que soportaban el cielo, por eso de ellos hicieron la base de su calendario: trece árboles que florecen cada uno de ellos en el período que le corresponde. Trece árboles para trece meses de 28 días.

Muchos siglos después cuando Hernán Cortés llegó al Nuevo Mundo se asombró al darse cuenta –en contra de la ortodoxia imperante en el Viejo Mundo– de que los aztecas poseían una cultura mucho más avanzada que la de los españoles de entonces. Vivían de los conocimientos de una civilización todavía más desarrollada, la de los toltecas, que descendía a su vez de otra cultura más perfecta, la de los mayas… Los mayas habían fijado la duración exacta del año solar en 365,2420 días… Adviértase que con un error de diez milésimas habían llegado al mismo cálculo que el que fue realizado por los astrónomos europeos en el siglo XVII.

El primer día del año para los celtas era el 1 de noviembre, en el que se conmemoraba la llegada del invierno. El Cristianismo tomó esta costumbre céltica y la transformó en la fiesta de Todos los Santos y de los Difuntos. Y así también cambiaron la medida del tiempo. Hasta entonces si el calendario vigente era el de las trece lunas que establecieron los druidas y conocían los mayas, aquellos saberes eternos fueron erradicados. Desde entonces, el calendario terráqueo fue establecido con una frecuencia de doce meses al año y sesenta minutos cada hora. La Humanidad fue así privada de su organización según el tiempo cósmico con el calendario gregoriano, que fue impuesto en 1583 para quitarles la razón a aquellos "indígenas" a los que la Iglesia católica reconoció como seres humanos tras dos siglos de dudas.

Sin embargo, lo que son las cosas, el calendario de las trece lunas sigue plenamente vigente en el cuerpo de las mujeres y funciona con gran exactitud. Gracias a esa maravillosa tradición oral –superviviente de religiones y de leyes humanas–, todavía se habla de los periodos. Son las reglas, como bien se han llamado siempre. Ajena a las imposiciones matemáticas de la Iglesia católica, la mujer siempre ha llevado las trece lunas dentro de su ser, ya que el ciclo natural de menstruación femenina es de veintiocho días.

La naturaleza siempre está por encima de las leyes que imponen los gobernantes –a veces de forma caprichosa–, en un afán de agobiarnos la existencia con normas coercitivas. En al vida natural está prohibido prohibir y las leyes no están escritas. Nos han trasladado los Carnavales antes del tiempo de la Cuaresma, pero la Nochevieja céltica, la fiesta transgresora del Año Nuevo, es la del 1 de noviembre. Es ahí cuando empieza un nuevo periodo según las leyes de la naturaleza. Lo demás ha sido inventado.

martes, 23 de octubre de 2007

Un caso de mala prensa (Arturo Pérez Reverte)

Pues nada. Que estaba hace cuatro días sentado en un banco al sol, y en ésas se acerca un enano al que los reyes magos debían de haberle traído un equipo de Terminator, o de Men in Black, o de lo que sea, un artilugio a base de mochila sideral y ametralladora ultrasónica. Y sospechando sin duda que yo era un alienígena infiltrado, el pequeño cabrón va y me apunta y me larga a bocajarro una ráfaga de luces de colores y sirena, pi-po, pi-po, y luego se da a la fuga, el canalla, mientras yo intento desesperadamente recuperarme de la taquicardia. Y me digo hay que ver, colega, algunos prometen ya de criaturas. Ése, por lo menos, tiene clara su vocación. Seguro que de mayor le gustaría ser artillero serbio.

Luego me puse a meditar lo injusta que la Historia ha sido con Herodes. Naturalmente, los niños españoles de ahora, gracias a la esforzada gestión cultural de los ministros del ramo, saber perfectamente quién es el príncipe de Bel Air, pero ignoran por completo quién fue el rey de Judea, e incluso desconocen qué diablos era Judea. Además, aquellos cuatro best seller que escribieron san Mateo y sus colegas cuando el publicano decidió cambiar las finanzas por la literatura, se han caído estrepitosamente de las listas de ventas, entre otras cosas porque con agentes literarios como monseñor Setién o Farol Wojtila –cada uno en su estilo–, cualquier escritor va de cráneo. Aunque lo asistan Wordperfect 6.0 y el Espíritu Santo.

Pero volviendo a lo de la injusticia con Herodes, nunca se ha considerado, quería yo decirles, el aspecto positivo del asunto. Porque hay niños que son la leche. Además, tanto hablar de la matanza de los inocentes y que si Herodes por aquí y por allá, pero vete tú a calcular cuántos de esos inocentes iban a seguir siéndolo durante mucho tiempo. Porque Hitler, y Radovan Karadzic y Pinochet, por citar sólo a tres hijos de la gran puta, digo yo que también habrán sido inocentes algunos meses, las criaturas, hasta que un día decidieron poner manos a la obra para aliviar el censo. Y es que nunca se sabe.

Además, hay otro punto discutible en el asunto de ese fulano, Herodes. Recuerdo que en una película italiana que vi hace años, cuyo título lamento no recordar, el hombre se quejaba de que tampoco había matado a tantos niños como se decía, y de que se había exagerado mucho lo ocurrido en Belén. Y, después de darle vueltas al asunto, no puedo menos que darle la razón. Mateo (2, 16) dice que el tipo "mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo". Y es ahí donde surge la leyenda negra de Herodes, y donde el observador imparcial no puede menos que darle la razón al pobre hombre. Porque digo yo: ¿cuántos habitantes podía tener "el pequeño lugar de Belén" que citan los Evangelios? Echemos el cálculo. En tiempos de Herodes, un pequeño lugar era eso, un pueblecito, unas cuantas chozas de pastores y campesinos. Según el Espasa, en 1910 Belén tenía sólo 10.000 habitantes, de modo que, si hacemos un cálculo razonable de crecimiento de población, considerando la diáspora y lo demás pero ajustándonos a la densidad demográfica de la época, en el siglo I nos sale un Belén y alrededores habitados por no más de un millar de personas. Y eso, tirando muy a lo bestia. La cifra corresponde a un centenar corto de familias de entonces, más o menos, incluyendo abuelos y nietos con una media de diez personas por familia. Si el calculamos otra media de seis hijos a cada familia y descartamos la mitad como mujeres, nos salen dos o tres hijos varones menores de dieciocho años por cada unidad familiar. Y ahora bien: de doscientos niñatos que, tirando muy por arriba, podía haber allí, ¿cuántos eran menores de dos años? Como mucho, considerando la mortalidad infantil y las expectativas de vida de un zagal de la época, un quince o un veinte por ciento. Eso suma treinta o cuarenta, criatura más o criatura menos. Digamos que treinta y cinco. O sea: lo que se cargan Milosevic o Bill Clinton mientras desayunan, en una hora tonta de bombardeo cualquier día entre semana. Y resulta que, por sólo treinta y cinco niños de nada, Herodes I lleva veinte siglos arrastrando una mala prensa y una fama de genocida del carajo. Y encima muchos lo confunden con su hijo y le atribuyen la cabeza del Bautista, lo de Jesucristo y el –comprensible– lío de faldas aquel con la mala zorra de Salomé, que era como Salma Hayek pero en plan perverso. Y es que, como diría el pobre hombre, hay que ver. Unos cardan la lana, y otros llevan la fama.

Extraído del libro Con ánimo de ofender. Recopilación de artículos entre 1998 y 2001. Alfaguara 2001.

martes, 28 de agosto de 2007

Teresa Mendoza (Arturo Pérez Reverte)

Acabo de separarme de una mujer con la que conviví durante dos años y medio. Las últimas semanas han sido grises y tristes, porque ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros de forma anunciada e irremediable. El final llegaba sin estridencias, sin señales espectaculares, callado como una enfermedad o una sentencia sin apelación. Todo moría poquito a poco, en la rutina final de cada día. Despacio. Y me parece mentira. Al principio, cuando esa mujer entró en mi vida, todo era deslumbramiento, expectación. Ansiaba conocerlo todo de ella, tocar su piel y oler su cabello, vivir como propios su infancia, sus sueños, su memoria. Oír su voz y el rumor de sus pensamientos. Y así lo hice. Durante todo este tiempo anduve sumergido en ella. Y ahora, justo cuando se va, la conozco mejor que a mí mismo. Sé cómo pelea, cómo sufre, cómo ama. Identifico sus heridas, porque fui yo quien se las infligió deliberadamente, una por una. Sé cómo ve el mundo, la vida y la muerte. Cómo ve a los hombres. Cómo me ve a mí. No podía ser de otro modo porque, aunque ella siempre estuvo ahí, en alguna parte esperando que se cruzaran nuestras vidas, fui yo quien en cierto modo la convirtió en lo que ahora es. Nadie pone lo que no tiene. Y de ese modo llegué a reconocerme en sus gestos, palabras y silencios como si contemplara mi imagen en un espejo.

Ahora todo terminó. Hemos estado por última vez frente a frente, mirándonos a los ojos, y al fin la he visto fuera, lejos. Completamente extraña, como si su vida y la mía discurrieran por caminos distintos. Y lo singular es que al advertir eso no experimenté dolor, ni melancolía. Sólo una precisa sensación de alivio infinito, e indiferencia. Eso es tal vez lo más singular de todo: la indiferencia. Después de haber ocupado durante veintinueve meses la totalidad de mis días y noches, la miro y no siento absolutamente nada. Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de ella, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud la conozco mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, resulta que ya no me importa. Es como si se quedara de pronto atrás, a la deriva, o se alejase por caminos que me son ajenos, y me diese igual lo que sufra, a quién ame, con quién viva, cómo sienta o como muera. Esa mujer ya no es asunto mío, y eso me hace sentir egoístamente limpio y libre. Es bueno, decido, poder desprenderse de esa forma de pedazos de tu vida, dejándolos atrás como quien se desembaraza de algo viejo e inútil. Una automutilación práctica. Higiénica.

Sé que el mundo es un pañuelo, y que voy a tropezarme muchas veces con su fantasma en las próximas semanas. Amigos y desconocidos me hablarán de ella y tendré, a mi vez, que dar explicaciones al respecto. Esto y aquello. La quise. Me quiso. Etcétera. Nuestros caminos se cruzarán sin duda en librerías, aeropuertos, páginas de diarios. Intentaré dejarla lo mejor posible, claro. Hablaré de nosotros como si todavía me importara, o como si mi vida girase todavía en torno a sus palabras, sus pensamientos, sus odios y sus amores. Lo haré echándole buena voluntad, lo mejor que sepa. Y casi todos pensarán: hay que ver cómo la quería. Cómo la quiere. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir. Cuando cada momento era una hoja en blanco, y ella un enigma que parecía indescifrable. Callaré el resto: la soledad, el hastío, la indiferencia del final, cuando ya nada quedaba por descubrir, por vivir, por imaginar. Cuando todo estaba consumado, y nos situábamos cada día y cada noche uno frente a otro con la intención, el deseo, de terminar de una vez. De agotarnos y olvidarnos.

Ahora, al fin, esa mujer me ha dejado para siempre. Hizo la maleta en su último amanecer gris y acaba de irse sin mirar atrás, el pelo recogido en la nuca, muy tirante y con la raya en medio, su semanario de plata mejicana tintineándole en la muñeca derecha. No la echo de menos, y tampoco creo que ella lamente perderme de vista. Es hora de que viva su propia vida, y lo sabe. Durante todo ese tiempo me esmeré en prepararla para eso. Y en el fondo tiene gracia: me rifé en ella el talento, la piel y la vida, y ahora la veo irse y no siento emoción ninguna. Sin duda pronto la encontraré en manos de otros, y la verdad es que no me importa. Antes de marcharse entornando despacio la puerta para no hacer ruido –yo estaba inmóvil, fingiendo que dormía-, dejó sobre la mesa una raya de coca, una botella de tequila y una copa a medio vaciar, y en el estéreo una canción de José Alfredo Jiménez. Cuando estaba en las cantinas, dice la letra, no sentía ningún dolor. Ahora termino de teclear estas líneas, me levanto y apago la música. Qué cosas. Por qué diablos tendré un nudo en la garganta. A fin de cuentas, sólo se trataba de una novela más.

Incluido en No me cogeréis vivo. Recopilación de artículos de Arturo Pérez Reverte publicados entre 2001 y 2005. Alfaguara 2005.

lunes, 27 de agosto de 2007

El pianista del Sheraton (Arturo Pérez Reverte)



El hombre del piano. Ana Belén.

Se llamaba Emilio Attilli, era bajito, educado y pulcro, y parecía recién salido del viejo celuloide: cincuentón, bigote fino y recortado, pelo teñido peinado hacia atrás con esmero, chaqueta blanca con pajarita y zapatos de dos colores. Tocaba el piano en el bar del Sheraton de Buenos Aires en unos tiempos agitados en que por allí circulaban individuos de variopinto y siniestro pelaje: torturadores profesionales, traficantes diversos, periodistas, montoneros supervivientes, chivatos de la policía, prostitutas de lujo y turistas gringos. Ajeno a todo ello, cruzando entre as mesas como si su impoluta chaqueta blanca lo preservara del ambiente, Emilio Attilli llegaba cada noche ante su piano, y durante cuatro o cinco horas interpretaba melodías lentas y tiernas, de esas que sirven para acompañar el tercer martín de la noche porque hablan de amores perdidos, tristezas infinitas y nostalgias.

En realidad tocaba sobre su propia vida. A esa hora en que los camareros barren el suelo y colocan las sillas sobre las mesas, Emilio Attilli se soltaba la pajarita del cuello y sonreía, melancólico, recodando su juventud en la orquesta de Xavier Cugat, Hollywood, Las Vegas, los casinos de La Habana precastrista. Sus recuerdos eran dilatados y brillantes: había conocido a las estrellas del cine, a los astros de la canción. Había amado –aquí la sonrisa se acentuaba, a un tiempo vanidosa y discreta– a una conocida y bellísima actriz cuyo nombre, Rita, sólo pronunciaba en voz baja cuando al filo de la madrugada, el alcohol, el humo de los cigarrillos y la compañía le arrancaban jirones agridulces de la memoria.

Las chicas, las prostitutas de lujo que andaban a la caza en el bar del hotel, lo adoraban. Las trataba con exquisita cortesía, igual que a las otras, las presuntamente respetables. Durante las horas de espera, sentadas a una mesa al acecho de un hombre de negocios o de un traficante de misiles Exocet que les arreglara la noche en dólares, las mujeres, algunas de ellas maduras bellezas, bebían sus refrescos escuchando El tiempo pasará, o Fascinación con la mirada fija en la inmaculada espalda blanca o el perfil latino del viejo pianista. Creo que las hacía soñar, que les devolvía parte de su propia estimación. En ocasiones, cuando una de ellas bajaba tras un intercambio comercial satisfactorio, le mostraba su simpatía en forma de copa de champaña que un camarero depositaba junto al teclado y Emilio Attilli, sin dejar de tocar, agradecía con una leve inclinación de cabeza y una levísima, casi imperceptible sonrisa que le torcía un poquito aquel bigote suyo que, según afirmaba, le había copiado descaradamente, décadas atrás, su amigo Clark Gable.

Tocaba por cuatro pesos y vivía en una oscura pensión de la calle Corrientes. Era tímido y pacífico, pero una vez le vi negarse a interpretar el himno patriótico que le exigía un comandante de paisano ostentoso y borracho, e invariablemente rechazaba las copas ofrecidas por los clientes que no le caían bien, incluidos millonarios y policías. Durante los tres meses que lo traté, jamás escuché de sus labios una opinión a favor o en contra de nada, hacia los demás o hacia sí mismo. Tan sólo, tras cerrar la tapa del piano, entornaba los ojos, encendía un cigarrillo americano, y recordaba. “La dignidad de cada uno –dijo en una ocasión– son sus recuerdos”. Y bebía en silencio, sosteniendo entre los dedos el tallo de su copa de champaña o martín, mientras los camareros barrían el suelo entre bostezos y alguna furcia solitaria lo observaba desde la última mesa, diciéndose quizá que, en otro tiempo y en otro lugar, tal vez en otra vida, aquel pianista cincuentón, menudo y amable la hubiera hecho feliz.

Volví, años después, al bar del Sheraton, para encontrar un nuevo pianista. Nadie supo decirme qué había sido del otro, y nunca supe el nombre de la pensión de la calle Corrientes donde tal vez quedase noticia de su paradero. Como tantas cosas, la imagen de Emilio Attilli está ahora suspendida en mi pasado, uno más de esos fantasmas que llevas contigo y que a veces acuden de forma imprevista a su cita con la ternura y la memoria.

No sé si mi amigo el pianista del Sheraton tenía importancia suficiente para justificar este artículo. Tal vez –sospeché siempre– su Hollywood fue imaginario y su nombre sólo apareció impreso en pequeños programas de cabarets y hoteles a tanto la hora. Pero si, como él decía, la dignidad son los recuerdos, sus recuerdos eran hermosos y bien merecen estas líneas. Eso es más de lo que puede decirse de muchos hombres y mujeres que conozco.



As time goes by. Casablanca.

martes, 29 de mayo de 2007

Pepe Carvalho, un detective proteico

“Todo lo que hace referencia al placer es gozosamente calificado de inmoral. Para los moralistas, sólo el sufrimiento es moral. En las religiones hay ayunos, cuaresmas y ramadanes. Estoy en contra de todas ellas -la católica, la islámica y la neoliberal- porque, al defender valores absolutos, acaban siendo totalitarias.” (La gula: reflexiones de un robinsón ante un bacalao. Manuel Vázquez Montalbán)

José Carvalho Tourón. Ese es el nombre completo de Pepe Carvalho, un detective nacido de la fértil imaginación de Manuel Vázquez Montalbán y uno de los personajes más poliédricos que uno se pueda echar a la cara. Gallego, ex agente de la CIA, ex comunista, gastrónomo, quemalibros, escéptico, sentimental, para quien la gastronomía y el sexo son las dos cosas más serias que existen en la vida, son algunos de los parámetros que nos sirven para acercarnos hasta este personaje de ficción que ha terminado por convertirse en alguien casi real, ya que, como afirmaba su autor, “mucha gente me habla de él y no han leído ninguna novela de la serie”.

Desde el punto de vista gastronómico, Pepe Carvalho es un personaje de plato hondo, de gusto ecléctico, siempre con el subconsciente de la memoria de su infancia rural como guía, especialmente encarnada en su abuela, doña Francisca Pérez Larios. Una memoria anclada en el paladar y en las experiencias sensoriales de una infancia gallega, cóctel de donde saca una actitud hedonista ante la comida, con base fundamental en los saberes milenarios y en los sabores contundentes de la cocina popular. De ahí que algunos de sus platos favoritos sean: chorizo a la sidra, arroz a banda, patatas a la riojana, fabada, bacalao al pil-pil, entre otros. A pesar de ser un devorador compulsivo o, precisamente por ello, son muy escasas las referencias que hace a los postres, porque es un hombre de platos hondos, de paladar con un cierto primitivismo, refinado en parte con el paso de las novelas, alejado de las sutilezas que se dan cita en un buen postre.

“Hay que beber para recordar y comer para olvidar”, es la cita que utiliza Carvalho, alter ego culinario de su creador, para referirse a su afición gastronómica, en la que no cabe en absoluto la sentencia de su ayudante Biscuter para quien “comer fuera de casa estropea el estómago”.

Una afición la que siente Carvalho, absolutamente personal e intransferible para todos aquellos que no comulgan de esta religión, capaz de llevarle al altar de su cocina en Vallvidrera a altas horas de la madrugada, para llevar adelante el misterio sólo apreciable por espíritus alejados del todo de la obsesión por los cuerpos desnatados y descafeinados, miembros de la secta de la nueva dietética, los cuerpos Danone y modelos anoréxicas.

Acto de cocinar que también tiene mucho que ver con la terapia, con poner freno a las neurosis y las obsesiones que todos llevamos dentro y que intentamos demonizar como buenamente podemos. Eso se lo reconoce el gestor, abogado y amigo de nuestro detective, Enric Fuster cuando le dice: “Cada vez que me invitas a cenar, en realidad te estás desafiando a cocinar, y cuando tú cocinas es que estás neurótico, obsesionado por algo que no digieres bien” (El laberinto griego). Algo a lo que muy podría responder el detective con aquello de que: “El gastronómico es el único saber inocente, la única forma de cultura que merece la pena respetar”, frase que le sirve de motivación para sacralizar el arte de los fogones, de elevar la cocina al nivel de metáfora cultural, ya que mediante ese proceso se convierte un acto de brutal asesinato, tanto de animales como de plantas, en acto de cultura, en acto socialmente admitido, que Carvalho siempre busca compartir para transformar lo que podría ser un acto onanista de simple alimentación en un acto de comunicación y de reconocimiento mutuo ya que “ningún ser humano indiferente ante la comida es digno de confianza.” (Tatuaje) Cocina como forma de conocimiento.

Pero comer también es un acto de memoria, de recuerdo de pasados festines y de vivencias biográficas de esas que dejan regustos amargos en el paladar de la memoria. Eso último le ocurre con la tortilla de patata, plato de hondas raíces populares que le retrotrae a sus tiempos en la prisión de Lérida y a aquellas patatas carcelarias fritas en un aceite de procedencia más que desconocida, tortilla hecha vuelta y vuelta y cruda por dentro. Cada vez que Pepe Carvalho se come una tortilla vuelve a la cárcel.

Ejercicio y dieta a base de caldo vegetal con alguna hierba para el almuerzo, que se convierte a la hora de la cena en un vaso de jugo de fruta o zanahoria, todo regado con dos o tres litros de agua, eso sí, la más pura y mineral, todo ello amenizado con momentos de solaz ante el televisor para ver algún programa de gastronomía vegetariana para ver recetas como las de las berenjenas al estragón: Se ponen las berenjenas y los tomates cortados a trozos en una cacerola. Se les añade el zumo de limón, dos aceitunas picadas, una cucharadita de estragón. Se cuece tapado una hora. Listo para degustar.

Así las cosas no es extraño que Pepe salga del establecimiento (El Balneario) con la mirada puesta en las sepias con habas tiernas, ensalada de angulas, crépes de pie de cerdo con alioli y salsa rubia, dorada horneada entre hierbas mediterráneas, ciervo, bacalao, arroces negros y buen vino, porque había conseguido dejar inmaculado a su hígado, pero su cerebro estaba poco menos que arruinado y recuperar así todo su instinto sensorial. La situación había llegado a estar tan al límite que el detective se emociona hasta las lágrimas durante su estancia en Faber & Faber, que así se llamaba el establecimiento, cuando consigue romper la dieta gracias a una cucharada de papilla de manzana y a la que compara con la conmoción que sintió el primate al descubrir la cocina y abandonar los cocos.

Extracto de un artículo propio publicado en el número 3 de Hesperya, revista de los alumnos de Filología de la Universidad de Oviedo, páginas 22-23.