domingo, 14 de febrero de 2010
Cuando éramos honrados mercenarios (Arturo Pérez Reverte, Alfaguara 2009)
viernes, 1 de enero de 2010
Sam Peckinpah, el poeta de la violencia
viernes, 1 de mayo de 2009
Almacén de lo fugaz (Pedro de Silva)
martes, 31 de marzo de 2009
Mal de escuela
miércoles, 20 de agosto de 2008
Frutos de agosto
lunes, 5 de mayo de 2008
Helmut Newton, fotógrafo del deseo

Aunque pudiera parecer extraño asociar erotismo a frialdad, eso es lo que está en la base del trabajo del fotógrafo de origen alemán Helmut Newton (Berlín, 1929 – Los Ángeles, 2004), frialdad que no le resta ni un ápice de sensualidad ni de sexualidad a sus fotos, sino más bien al contrario, al colocarnos ante unas mujeres distantes que nos miran desde la lejanía, desde un mundo de mujeres libres, independientes, conscientes de su feminidad y de la turbación que provocan, y orgullosas de ello desde una seguridad y una determinación totales.
Las mujeres de Newton están orgullosas de serlo, se saben poderosas y no tienen miedo de mostrar ese poder, incluso en situaciones que tienen que ver con la dominación (el dominado, aunque pueda parecer paradójico, es el que tiene el poder porque decide hasta dónde y por quién). Mujeres por lo general vestidas de forma exigua y con joyas caras, bien maquilladas y subidas sobre altos zapatos de tacón. Todo ello las dota de un fuerte aire fetichista, son seres lejanos, dotados de una gran frialdad, pero de los que, al mismo tiempo, emana una sensación de poder que las hace irresistibles, y que nos deja atrapados irremisiblemente en la telaraña que el fotógrafo ha logrado urdir después de un largo proceso de elaboración.

A eso hay que unir la doble influencia de su hermano Hans en la construcción del imaginario que luego sería clave en su trayectoria como fotógrafo. La primera fue involuntaria a través de la revista Das Magazín, de la que Hans era lector asiduo, una publicación en la que todos los meses aparecía una mujer desnuda, con zapatos de tacón y medias sin ligas ni ligeros. La segunda, recuerda Helmut, fue un día cuando éste tenía 7 años y estaba dando un paseo por Berlín con Hans y le presentó a distancia a la famosa prostituta Erna La Roja, sobrenombre que le venía de su pelo pelirrojo y que acostumbraba a vestir botas rojas de montar y una fusta. Esa fue la introducción de Newton en el lado pecaminoso de las calles del Berlín de los años 30.

Fantasías que Newton traslada a escenarios naturales, a las calles que le recuerdan a aquellas del Berlín de su adolescencia en las que veía a las prostitutas buscar clientes, calles apenas iluminadas a las que la noche despoja de miseria y las eleva a la categoría de espacios llenos de misterio, en los que cualquier cosa puede ocurrir. Calles que se han visto en el cine alemán de entreguerras, puentes, pasos subterráneos, estaciones de tren o de metro, son el escenario en el que sueños, deseos y fantasías pasan a formar parte de la realidad, se hacen corpóreas de tal forma que ya no podamos escapar de ellas, obligándonos a enfrentarnos con las fuerzas que mueven el mundo que se oculta debajo de nuestra piel, un mundo de pasiones colectivas y de deseos sublimados.




lunes, 28 de abril de 2008
El genuino Día del Libro
Definitivamente no creo en el Día del Libro, celebrado ayer, aunque admire y me conmuevan los esfuerzos de libreros, editores, escritores y algún lector para hacer de la fecha un fasto y una fiesta. La lectura es un hábito biológico, como el comer, y quien no lo tiene no lo tiene, con fasto o sin fasto. En cuanto al que tiene el apetito, echa mano a lo que encuentra en cada momento libre. Por eso el buen lector de verdad no suele comprar un libro para leerlo, sino para tenerlo a mano, y deja la compra esparcida por la casa, a la espera de que un día le entre la gana. Un vestigio del tiempo de los cazadores-recolectores, antes de la agricultura: andar por casa husmeando libros, sin buscar uno en concreto, al acecho de un rastro que nos despierte el instinto, para seguirlo y dar caza a un ejemplar. Ése es el verdadero día del libro, de ese libro, y para ese cazador-recolector.
miércoles, 2 de enero de 2008
La fiesta de Halloween: el retorno de las costumbres celtas a la vieja Europa
Hay quien cree que el resurgimiento de la fiesta de Halloween en muchas ciudades de España es un nuevo mimetismo festivo importado de Estados Unidos debido al imperio televisivo, pero realmente la historia no es así. En realidad, lo cierta es que se trata del retorno a Europa de las milenarias tradiciones que los irlandeses llevaron al Nuevo Mundo con sus ancestrales raíces célticas. Desde el establecimiento del calendario gregoriano en el siglo XVI –noventa años después del llamado Descubrimiento de América por Colón–, todos los festejos naturales han sido trastocados sin tener en cuenta las leyes de la naturaleza. Así, por ejemplo, para nuestros antepasados el día primero de noviembre era el fin del ciclo anual, con la llegada del invierno tras la recogida de las cosechas y el principio de una nueva etapa. En el solsticio, como símbolo del tránsito, hay que festejar a todos los santos. Es el día en el que, según las creencias de nuestros antepasados, las tumbas se abrían y se mezclaban los vivos con los muertos.
Siempre hay una explicación en las tradiciones populares. Los druidas dominaban con gran sentido la existencia y sus reglas habían sido calculadas tras el estudio y conocimiento de los movimientos de la Luna. Debido a ello, el calendario establecido por los druidas era lunar de trece meses y de veintiocho días cada uno. Cada mes empezaba en cuarto creciente. El período que iba desde la Luna nueva hasta la Luna llena era el tiempo de las noches luminosas, proclives a la discusión abierta, a la búsqueda de claves para el futuro y el momento de tomar decisiones. Consecuentes con ello, desde el cuarto menguante hasta la nueva Luna se consideraba un período negativo e infecundo en el cual se imponía la reflexión y la meditación.
Los celtas eran politeístas y rendían culto a los fenómenos naturales: al Sol que daba fuerza a las cosechas en las tierras del mítico valle de Riosol y al trueno que advertía de la vivificadora lluvia en los altos del puerto de Tarna. Los árboles eran fundamentales para ellos. Mantenían la creencia ancestral de que eran los árboles los pilares que soportaban el cielo, por eso de ellos hicieron la base de su calendario: trece árboles que florecen cada uno de ellos en el período que le corresponde. Trece árboles para trece meses de 28 días.
Muchos siglos después cuando Hernán Cortés llegó al Nuevo Mundo se asombró al darse cuenta –en contra de la ortodoxia imperante en el Viejo Mundo– de que los aztecas poseían una cultura mucho más avanzada que la de los españoles de entonces. Vivían de los conocimientos de una civilización todavía más desarrollada, la de los toltecas, que descendía a su vez de otra cultura más perfecta, la de los mayas… Los mayas habían fijado la duración exacta del año solar en 365,2420 días… Adviértase que con un error de diez milésimas habían llegado al mismo cálculo que el que fue realizado por los astrónomos europeos en el siglo XVII.
El primer día del año para los celtas era el 1 de noviembre, en el que se conmemoraba la llegada del invierno. El Cristianismo tomó esta costumbre céltica y la transformó en la fiesta de Todos los Santos y de los Difuntos. Y así también cambiaron la medida del tiempo. Hasta entonces si el calendario vigente era el de las trece lunas que establecieron los druidas y conocían los mayas, aquellos saberes eternos fueron erradicados. Desde entonces, el calendario terráqueo fue establecido con una frecuencia de doce meses al año y sesenta minutos cada hora. La Humanidad fue así privada de su organización según el tiempo cósmico con el calendario gregoriano, que fue impuesto en 1583 para quitarles la razón a aquellos "indígenas" a los que la Iglesia católica reconoció como seres humanos tras dos siglos de dudas.
Sin embargo, lo que son las cosas, el calendario de las trece lunas sigue plenamente vigente en el cuerpo de las mujeres y funciona con gran exactitud. Gracias a esa maravillosa tradición oral –superviviente de religiones y de leyes humanas–, todavía se habla de los periodos. Son las reglas, como bien se han llamado siempre. Ajena a las imposiciones matemáticas de la Iglesia católica, la mujer siempre ha llevado las trece lunas dentro de su ser, ya que el ciclo natural de menstruación femenina es de veintiocho días.
La naturaleza siempre está por encima de las leyes que imponen los gobernantes –a veces de forma caprichosa–, en un afán de agobiarnos la existencia con normas coercitivas. En al vida natural está prohibido prohibir y las leyes no están escritas. Nos han trasladado los Carnavales antes del tiempo de la Cuaresma, pero la Nochevieja céltica, la fiesta transgresora del Año Nuevo, es la del 1 de noviembre. Es ahí cuando empieza un nuevo periodo según las leyes de la naturaleza. Lo demás ha sido inventado.
martes, 23 de octubre de 2007
Un caso de mala prensa (Arturo Pérez Reverte)
Luego me puse a meditar lo injusta que la Historia ha sido con Herodes. Naturalmente, los niños españoles de ahora, gracias a la esforzada gestión cultural de los ministros del ramo, saber perfectamente quién es el príncipe de Bel Air, pero ignoran por completo quién fue el rey de Judea, e incluso desconocen qué diablos era Judea. Además, aquellos cuatro best seller que escribieron san Mateo y sus colegas cuando el publicano decidió cambiar las finanzas por la literatura, se han caído estrepitosamente de las listas de ventas, entre otras cosas porque con agentes literarios como monseñor Setién o Farol Wojtila –cada uno en su estilo–, cualquier escritor va de cráneo. Aunque lo asistan Wordperfect 6.0 y el Espíritu Santo.
Pero volviendo a lo de la injusticia con Herodes, nunca se ha considerado, quería yo decirles, el aspecto positivo del asunto. Porque hay niños que son la leche. Además, tanto hablar de la matanza de los inocentes y que si Herodes por aquí y por allá, pero vete tú a calcular cuántos de esos inocentes iban a seguir siéndolo durante mucho tiempo. Porque Hitler, y Radovan Karadzic y Pinochet, por citar sólo a tres hijos de la gran puta, digo yo que también habrán sido inocentes algunos meses, las criaturas, hasta que un día decidieron poner manos a la obra para aliviar el censo. Y es que nunca se sabe.
Además, hay otro punto discutible en el asunto de ese fulano, Herodes. Recuerdo que en una película italiana que vi hace años, cuyo título lamento no recordar, el hombre se quejaba de que tampoco había matado a tantos niños como se decía, y de que se había exagerado mucho lo ocurrido en Belén. Y, después de darle vueltas al asunto, no puedo menos que darle la razón. Mateo (2, 16) dice que el tipo "mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo". Y es ahí donde surge la leyenda negra de Herodes, y donde el observador imparcial no puede menos que darle la razón al pobre hombre. Porque digo yo: ¿cuántos habitantes podía tener "el pequeño lugar de Belén" que citan los Evangelios? Echemos el cálculo. En tiempos de Herodes, un pequeño lugar era eso, un pueblecito, unas cuantas chozas de pastores y campesinos. Según el Espasa, en 1910 Belén tenía sólo 10.000 habitantes, de modo que, si hacemos un cálculo razonable de crecimiento de población, considerando la diáspora y lo demás pero ajustándonos a la densidad demográfica de la época, en el siglo I nos sale un Belén y alrededores habitados por no más de un millar de personas. Y eso, tirando muy a lo bestia. La cifra corresponde a un centenar corto de familias de entonces, más o menos, incluyendo abuelos y nietos con una media de diez personas por familia. Si el calculamos otra media de seis hijos a cada familia y descartamos la mitad como mujeres, nos salen dos o tres hijos varones menores de dieciocho años por cada unidad familiar. Y ahora bien: de doscientos niñatos que, tirando muy por arriba, podía haber allí, ¿cuántos eran menores de dos años? Como mucho, considerando la mortalidad infantil y las expectativas de vida de un zagal de la época, un quince o un veinte por ciento. Eso suma treinta o cuarenta, criatura más o criatura menos. Digamos que treinta y cinco. O sea: lo que se cargan Milosevic o Bill Clinton mientras desayunan, en una hora tonta de bombardeo cualquier día entre semana. Y resulta que, por sólo treinta y cinco niños de nada, Herodes I lleva veinte siglos arrastrando una mala prensa y una fama de genocida del carajo. Y encima muchos lo confunden con su hijo y le atribuyen la cabeza del Bautista, lo de Jesucristo y el –comprensible– lío de faldas aquel con la mala zorra de Salomé, que era como Salma Hayek pero en plan perverso. Y es que, como diría el pobre hombre, hay que ver. Unos cardan la lana, y otros llevan la fama.
Extraído del libro Con ánimo de ofender. Recopilación de artículos entre 1998 y 2001. Alfaguara 2001.
martes, 28 de agosto de 2007
Teresa Mendoza (Arturo Pérez Reverte)
Ahora todo terminó. Hemos estado por última vez frente a frente, mirándonos a los ojos, y al fin la he visto fuera, lejos. Completamente extraña, como si su vida y la mía discurrieran por caminos distintos. Y lo singular es que al advertir eso no experimenté dolor, ni melancolía. Sólo una precisa sensación de alivio infinito, e indiferencia. Eso es tal vez lo más singular de todo: la indiferencia. Después de haber ocupado durante veintinueve meses la totalidad de mis días y noches, la miro y no siento absolutamente nada. Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de ella, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud la conozco mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, resulta que ya no me importa. Es como si se quedara de pronto atrás, a la deriva, o se alejase por caminos que me son ajenos, y me diese igual lo que sufra, a quién ame, con quién viva, cómo sienta o como muera. Esa mujer ya no es asunto mío, y eso me hace sentir egoístamente limpio y libre. Es bueno, decido, poder desprenderse de esa forma de pedazos de tu vida, dejándolos atrás como quien se desembaraza de algo viejo e inútil. Una automutilación práctica. Higiénica.
Sé que el mundo es un pañuelo, y que voy a tropezarme muchas veces con su fantasma en las próximas semanas. Amigos y desconocidos me hablarán de ella y tendré, a mi vez, que dar explicaciones al respecto. Esto y aquello. La quise. Me quiso. Etcétera. Nuestros caminos se cruzarán sin duda en librerías, aeropuertos, páginas de diarios. Intentaré dejarla lo mejor posible, claro. Hablaré de nosotros como si todavía me importara, o como si mi vida girase todavía en torno a sus palabras, sus pensamientos, sus odios y sus amores. Lo haré echándole buena voluntad, lo mejor que sepa. Y casi todos pensarán: hay que ver cómo la quería. Cómo la quiere. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir. Cuando cada momento era una hoja en blanco, y ella un enigma que parecía indescifrable. Callaré el resto: la soledad, el hastío, la indiferencia del final, cuando ya nada quedaba por descubrir, por vivir, por imaginar. Cuando todo estaba consumado, y nos situábamos cada día y cada noche uno frente a otro con la intención, el deseo, de terminar de una vez. De agotarnos y olvidarnos.
Ahora, al fin, esa mujer me ha dejado para siempre. Hizo la maleta en su último amanecer gris y acaba de irse sin mirar atrás, el pelo recogido en la nuca, muy tirante y con la raya en medio, su semanario de plata mejicana tintineándole en la muñeca derecha. No la echo de menos, y tampoco creo que ella lamente perderme de vista. Es hora de que viva su propia vida, y lo sabe. Durante todo ese tiempo me esmeré en prepararla para eso. Y en el fondo tiene gracia: me rifé en ella el talento, la piel y la vida, y ahora la veo irse y no siento emoción ninguna. Sin duda pronto la encontraré en manos de otros, y la verdad es que no me importa. Antes de marcharse entornando despacio la puerta para no hacer ruido –yo estaba inmóvil, fingiendo que dormía-, dejó sobre la mesa una raya de coca, una botella de tequila y una copa a medio vaciar, y en el estéreo una canción de José Alfredo Jiménez. Cuando estaba en las cantinas, dice la letra, no sentía ningún dolor. Ahora termino de teclear estas líneas, me levanto y apago la música. Qué cosas. Por qué diablos tendré un nudo en la garganta. A fin de cuentas, sólo se trataba de una novela más.
Incluido en No me cogeréis vivo. Recopilación de artículos de Arturo Pérez Reverte publicados entre 2001 y 2005. Alfaguara 2005.
lunes, 27 de agosto de 2007
El pianista del Sheraton (Arturo Pérez Reverte)
El hombre del piano. Ana Belén.
En realidad tocaba sobre su propia vida. A esa hora en que los camareros barren el suelo y colocan las sillas sobre las mesas, Emilio Attilli se soltaba la pajarita del cuello y sonreía, melancólico, recodando su juventud en la orquesta de Xavier Cugat, Hollywood, Las Vegas, los casinos de La Habana precastrista. Sus recuerdos eran dilatados y brillantes: había conocido a las estrellas del cine, a los astros de la canción. Había amado –aquí la sonrisa se acentuaba, a un tiempo vanidosa y discreta– a una conocida y bellísima actriz cuyo nombre, Rita, sólo pronunciaba en voz baja cuando al filo de la madrugada, el alcohol, el humo de los cigarrillos y la compañía le arrancaban jirones agridulces de la memoria.
Las chicas, las prostitutas de lujo que andaban a la caza en el bar del hotel, lo adoraban. Las trataba con exquisita cortesía, igual que a las otras, las presuntamente respetables. Durante las horas de espera, sentadas a una mesa al acecho de un hombre de negocios o de un traficante de misiles Exocet que les arreglara la noche en dólares, las mujeres, algunas de ellas maduras bellezas, bebían sus refrescos escuchando El tiempo pasará, o Fascinación con la mirada fija en la inmaculada espalda blanca o el perfil latino del viejo pianista. Creo que las hacía soñar, que les devolvía parte de su propia estimación. En ocasiones, cuando una de ellas bajaba tras un intercambio comercial satisfactorio, le mostraba su simpatía en forma de copa de champaña que un camarero depositaba junto al teclado y Emilio Attilli, sin dejar de tocar, agradecía con una leve inclinación de cabeza y una levísima, casi imperceptible sonrisa que le torcía un poquito aquel bigote suyo que, según afirmaba, le había copiado descaradamente, décadas atrás, su amigo Clark Gable.
Tocaba por cuatro pesos y vivía en una oscura pensión de la calle Corrientes. Era tímido y pacífico, pero una vez le vi negarse a interpretar el himno patriótico que le exigía un comandante de paisano ostentoso y borracho, e invariablemente rechazaba las copas ofrecidas por los clientes que no le caían bien, incluidos millonarios y policías. Durante los tres meses que lo traté, jamás escuché de sus labios una opinión a favor o en contra de nada, hacia los demás o hacia sí mismo. Tan sólo, tras cerrar la tapa del piano, entornaba los ojos, encendía un cigarrillo americano, y recordaba. “La dignidad de cada uno –dijo en una ocasión– son sus recuerdos”. Y bebía en silencio, sosteniendo entre los dedos el tallo de su copa de champaña o martín, mientras los camareros barrían el suelo entre bostezos y alguna furcia solitaria lo observaba desde la última mesa, diciéndose quizá que, en otro tiempo y en otro lugar, tal vez en otra vida, aquel pianista cincuentón, menudo y amable la hubiera hecho feliz.
Volví, años después, al bar del Sheraton, para encontrar un nuevo pianista. Nadie supo decirme qué había sido del otro, y nunca supe el nombre de la pensión de la calle Corrientes donde tal vez quedase noticia de su paradero. Como tantas cosas, la imagen de Emilio Attilli está ahora suspendida en mi pasado, uno más de esos fantasmas que llevas contigo y que a veces acuden de forma imprevista a su cita con la ternura y la memoria.
No sé si mi amigo el pianista del Sheraton tenía importancia suficiente para justificar este artículo. Tal vez –sospeché siempre– su Hollywood fue imaginario y su nombre sólo apareció impreso en pequeños programas de cabarets y hoteles a tanto la hora. Pero si, como él decía, la dignidad son los recuerdos, sus recuerdos eran hermosos y bien merecen estas líneas. Eso es más de lo que puede decirse de muchos hombres y mujeres que conozco.
As time goes by. Casablanca.
martes, 29 de mayo de 2007
Pepe Carvalho, un detective proteico

Desde el punto de vista gastronómico, Pepe Carvalho es un personaje de plato hondo, de gusto ecléctico, siempre con el subconsciente de la memoria de su infancia rural como guía, especialmente encarnada en su abuela, doña Francisca Pérez Larios. Una memoria anclada en el paladar y en las experiencias sensoriales de una infancia gallega, cóctel de donde saca una actitud hedonista ante la comida, con base fundamental en los saberes milenarios y en los sabores contundentes de la cocina popular. De ahí que algunos de sus platos favoritos sean: chorizo a la sidra, arroz a banda, patatas a la riojana, fabada, bacalao al pil-pil, entre otros. A pesar de ser un devorador compulsivo o, precisamente por ello, son muy escasas las referencias que hace a los postres, porque es un hombre de platos hondos, de paladar con un cierto primitivismo, refinado en parte con el paso de las novelas, alejado de las sutilezas que se dan cita en un buen postre.

Una afición la que siente Carvalho, absolutamente personal e intransferible para todos aquellos que no comulgan de esta religión, capaz de llevarle al altar de su cocina en Vallvidrera a altas horas de la madrugada, para llevar adelante el misterio sólo apreciable por espíritus alejados del todo de la obsesión por los cuerpos desnatados y descafeinados, miembros de la secta de la nueva dietética, los cuerpos Danone y modelos anoréxicas.


Ejercicio y dieta a base de caldo vegetal con alguna hierba para el almuerzo, que se convierte a la hora de la cena en un vaso de jugo de fruta o zanahoria, todo regado con dos o tres litros de agua, eso sí, la más pura y mineral, todo ello amenizado con momentos de solaz ante el televisor para ver algún programa de gastronomía vegetariana para ver recetas como las de las berenjenas al estragón: Se ponen las berenjenas y los tomates cortados a trozos en una cacerola. Se les añade el zumo de limón, dos aceitunas picadas, una cucharadita de estragón. Se cuece tapado una hora. Listo para degustar.
Así las cosas no es extraño que Pepe salga del establecimiento (El Balneario) con la mirada puesta en las sepias con habas tiernas, ensalada de angulas, crépes de pie de cerdo con alioli y salsa rubia, dorada horneada entre hierbas mediterráneas, ciervo, bacalao, arroces negros y buen vino, porque había conseguido dejar inmaculado a su hígado, pero su cerebro estaba poco menos que arruinado y recuperar así todo su instinto sensorial. La situación había llegado a estar tan al límite que el detective se emociona hasta las lágrimas durante su estancia en Faber & Faber, que así se llamaba el establecimiento, cuando consigue romper la dieta gracias a una cucharada de papilla de manzana y a la que compara con la conmoción que sintió el primate al descubrir la cocina y abandonar los cocos.
Extracto de un artículo propio publicado en el número 3 de Hesperya, revista de los alumnos de Filología de la Universidad de Oviedo, páginas 22-23.