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jueves, 18 de julio de 2019

Dog Soldiers (Robert Stone, 1974, Malas Tierras 2019)


Estamos ante la primera novela que traza un paralelismo entre la guerra de Vietnam y las repercusiones que la misma generó en los Estados Unidos, concretamente en el estado de California, patria de los hippies y de los movimientos contraculturales y pacifistas nacidos precisamente al calor del conflicto desarrollado en el sudeste asiático, provocando un tormentoso y doloroso despertar en la sociedad norteamericana que ya no volverá a ser la misma.

Atrás van a quedar el sol y las flores ahogados ambos en la marea de drogas que asolaron a los soldados norteamericanos desplegados en Vietnam, un infierno insoportable como muy bien nos trasladó después del cine, que terminará por llegar al otro lado del océano hasta hacer entrar en crisis el tan traído y llevado sueño americano.

El protagonista es John Converse, un periodista de tercera y un escritor de cuarta, que ejerce como corresponsal de guerra en Saigón de una publicación comunista, dirigida por su suegro, y que busca su particular evasión de la realidad a través de la funesta idea de importar a los Estados Unidos tres kilos de heroína, y lograr así un buen dinero. Para ello involucra a un amigo suyo, marine, y a su mujer, que trabaja en un sórdido cine porno y, claro está, con semejantes ingredientes uno tiene claro que nada bueno puede salir de ahí.

- ¿Qué pasará mañana? preguntó.- ¿No lo pillas? Le puso un dedo en el vientre y lo deslizó hasta que la yema de los dedos le apretó los genitales. Acercó los labios a su oído -. Estamos muertos.

Si la selva asiática está llena de peligros de todo tipo, no lo está menos la selva urbana y desértica de los Estados Unidos, y si los soldados norteamericanos no saben qué es lo que se les ha perdido tan lejos de casa, sus compatriotas están igualmente desnortados, sin encontrar sentido a sus existencia mientras deambulan por calles tristes, moteles tétricos, con un falso Hollywood poniendo un brillo apagado, policías corruptos de un lado y otro de la frontera, y un mal oculto en todos los rincones que termina llegando incluso a aquellos refugios ocultos en montañas donde habitan náufragos de todas las resacas lisérgicas.

Al final, para un hombre como es debido, para un samurái, no hay demasiadas cosas que merezca la pena desear. Pero hay algunas. Y al final, si un hombre como es debido sigue necesitando una ilusión, elige la más valiosa y se compromete con ella. Esa ilusión podía consistir en esperar el día en que una mujer estuviera en sus manos. En estar con ella y estremecerse en el mismo momento. Si dejo esto, pensó, seré viejo: no quedarán más que fantasmas, resacas y dulces recuerdos. A la mierda, pensó, haz lo que sientas. Esta es la ola. Esta es la ola que debo montar hasta que se estrelle.

Probablemente a la misma velocidad con la que el ejército camina hacia la derrota, la sociedad norteamericana está también haciendo su propio camino de autodestrucción, a lomos de las drogas, el nihilismo y los excesos de todo tipo, haciendo estallar el colorido de los años 60 y convertirlo en un oscuro gris, casi negro, de los 70. Sin embargo, la novela también deja espacio al humor, con personajes que bien nos pueden recordar al Gordo y el Flaco, y situaciones francamente divertidas para una historia de regreso, una acción que nunca es fácil, de perdedores condenados a que todo les salga mal o casi.

Nunca se me ha dado bien esto, pensó. Un enamorado, eso es lo que soy. Una pizca de algo en el vacío de todos, un punto de inflexión, algo a lo que agarrarse. Un hombre al que es fácil dejar atrás.

miércoles, 22 de enero de 2014

Luther: El Origen


Estoy casi convencido de que todos los que hemos visto las tres temporadas (comentadas aquí, aquí y aquí) de la magnífica miniserie de la BBC, Luther nos preguntábamos dónde podía estar el origen de su forma de actuar, de dónde procedía esa permanente violencia interior contra la que el personaje al que da vida Idris Elba, lucha denodadamente en un mundo intrínsicamente violento y en el que la lucha contra el mal sólo se puede hacer con dosis de otro mal.

Pues bien, el guionista de la serie, Neil Cross, nos da la respuesta en esta novela, una suerte de precuela que se cierra con las primeras imágenes de la primera temporada de la serie. Y para llegar ahí ha escrito una novela trepidante, de ritmo acelerado y en el que nada es lo que parece, ni el malo es mal a secas ni el bueno lo es integral.




Son personajes de verdad, reales, alejados de maniqueísmos y a través de los cuales se nos deslizan una serie de temas para la reflexión, para que pensemos en ellos: ¿son malas todas las adopciones ilegales?, ¿somos conscientes de las implicaciones que puede tener la cantidad de información que dejamos a la vista de todo el mundo en las redes sociales?, ¿se puede combatir el mal sólo desde la ética, desde el bien o son moralmente aceptables determinadas dosis de violencia para combatir una violencia aún mayor?

Esas y otras muchas, por no dejar de lado el camino que sigue Luther hacia sus propios infiernos, hacia la ruptura con lo que le rodea, un camino que sabe que no puede abandonar, que es el único que le lleva a encontrar la solución, especialmente cuando esta es urgente. Admirado y temido a partes iguales por los que le rodean, Luther transita por un mundo del que parece el único habitante, al menos el único de los posibles, mientras se codea con lo peor de la sociedad.

Y un ansia de justicia, de ayudar a los que realmente lo necesitan, a los ancianos, a los niños, a los más débiles en definitiva, obligados a vivir a expensas de la violencia de otros, mientras los mecanismos convencionales de esta sociedad que nos gusta pensar civilizada son totalmente ineficaces.





Y hay dolor, hay amistad, hay amor, hay violencia, hay daño, hay muchas cosas concentradas en esta novela y, por supuesto, en la serie. Vamos, que hay dosis de realidad, de esa realidad que la mayoría de nosotros prefiere ignorar hasta que un día llama a nuestra puerta, y entonces, en ese preciso momento, nada nos gustaría más que ver a ese hombre de pasos acelerados, de hombros ligeramente hundidos, caminar hacia nosotros.

martes, 24 de enero de 2012

Guy de Maupassant (1850-1893): La tos

El relato está extraído de la antológica que ha publicado la editorial Páginas de Espuma con todos los cuentos escritos por Maupassant. La edición ha sido preparada y traducida por Mauro Armiño.

LA TOS

A Armand Silvestre

Mi querido colega y amigo,

Tengo un pequeño cuento para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si llego a contárselo bien, tan bien como aquella que me lo contó.

La tarea no es fácil, porque mi amiga es una mujer de ingenio infinito y palabra libre. Yo no poseo los mismos recursos. No puedo, como ella, prestar esa alegría loca a las cosas que cuento; y, reducido a la necesidad de no utilizar palabras demasiado características, me declaro impotente para encontrar, como usted, los delicados sinónimos.

Mi amiga, que además es una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.

Me apresuro, por tanto, a reservar sus derechos de autor en caso de que ella quisiera, un día u otro, escribir la aventura. Lo haría mejor que yo, no lo dudo. Como tiene más experiencia en el asunto, encontraría además mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.

Pero vea en qué aprieto me hallo. Desde la primera palabra tendría que encontrar un término equivalente, y lo querría genial. La tos no es cosa mía. Para que me comprendan necesito al menos un comienzo o una perífrasis a la manera del abate Delille:

La toux dont il s'agit ne vient point de la gorge.

*
Dormía (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era durante la noche, por supuesto.

Al hombre ella lo conocía poco, o, mejor dicho, desde hacía poco. Estas cosas ocurren a veces, en el mundo del teatro principalmente. Dejo que los burgueses se asombren. En cuanto a dormir al lado de un hombre, qué importa que se lo conozca poco o mucho, eso no modifica apenas la forma de actuar en el secreto del lecho. Si yo fuera mujer, preferiría, creo, los amigos nuevos. Deben de ser más amables, desde todos los puntos de vista, que los habituales.

En lo que se llama la buena sociedad, hay una forma de ver diferente y que no es la mía. Lo lamento por las mujeres de esa sociedad; pero me pregunto si la forma de ver modifica sensiblemente la manera de actuar...

Así pues, dormía al lado de un amigo nuevo. Es esa una cosa delicada y extremadamente difícil. Con un compañero antiguo, una está tranquila, no se preocupa, puede una darse la vuelta a su antojo, lanzar patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, tirar de toda la manta y envolverse en ella, roncar, gruñir, toser (digo toser a falta de otra cosa) o estornudar (¿qué le parece estornudar como sinónimo?)

Pero, para llegar a ese punto, se necesitan por lo menos seis meses de intimidad. Y me refiero a gente que posea un temperamento familiar. Los demás siempre mantienen ciertas reservas, que por mi parte apruebo. Pero quizá no tengamos la misma forma de sentir sobre esa materia.

Cuando se trata de una nueva relación que podemos suponer sentimental, hay que tomar evidentemente algunas precauciones para no molestar al vecino de cama, y para conservar cierto prestigio, cierta poesía y cierta autoridad.

Ella dormía. Pero de repente un dolor interno, lancinante, móvil, la recorrió. Empezó en la boca del estómago y se puso a rodar descendiendo hacia... hacia... hacia las gargantas inferiores con un discreto ruido de trueno intestinal.

El hombre, el amigo nuevo, yacía tranquilo, de espaldas, con los ojos cerrados. Ella lo miró de reojo, inquieta, vacilante.

Usted, colega, se habrá encontrado en un estreno de teatro, con un catarro en el pecho. Toda la sala está ansiosa, palpita en medio de un silencio absoluto; pero usted ya no escucha nada, aguarda, enloquecido, un momento de ruidos para toser. A lo largo de su garganta se producen unos cosquilleos, unos picores espantosos. Finalmente ya no aguanta más. Peor para los vecinos. Y usted tose. Todo el teatro grita: «A la calle».

Ella se hallaba en el mismo caso, atormentada, torturada por unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, entiendo que usted hace la transposición).

Él parecía dormir; respiraba con calma. Desde luego, dormía.

Ella se dijo: «Tomaré mis precauciones. Trataré de soplar únicamente, muy despacio, para no despertarlo». E hizo como los que esconden la boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar sin ruido su garganta, expectorando el aire con habilidad.

Sea que lo hiciese mal, sea que la comezón fuera demasiado fuerte, tosió.

Al punto perdió la cabeza. Si él la había oído, ¡qué vergüenza! ¡Y qué peligro! Oh, ¿y si por casualidad no dormía? ¿Cómo saberlo? Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparilla de noche le pareció ver una sonrisa en su rostro de ojos cerrados. Y si se reía... entonces no dormía... ¿y si no dormía?...

Con su boca, la verdadera, trató de producir un ruido parecido para... confundir a su compañero.

No se parecía nada.

Pero ¿dormía él?

Ella se volvió, se agitó, lo empujó para saberlo con seguridad.

Él no se movió.

Entonces ella se puso a canturrear.

El señor no se movía.

Fuera de sí, lo llamó: «Ernest».

Él no hizo ningún movimiento, pero respondió al punto:

«¿Qué quieres?»

A ella le palpitó el corazón. Él no dormía; ¡no había estado dormido nunca!...

Le preguntó:

«¿No duermes entonces?»

Él murmuró con resignación:

«Ya lo ves».

Enloquecida, ya no sabía qué decir. Por fin continuó:

«¿No has oído nada?»

Él respondió, siempre inmóvil:

«No».

Ella sentía que le venían unas ganas locas de abofetearlo, y, sentándose en la cama:

«Pues me ha parecido...

-¿Qué?

-Que alguien andaba por la casa».

Él sonrió. Sí, esta vez le había visto sonreír, y él dijo:

«Déjame en paz, hace media hora que estás dándome la lata».

Ella se estremeció.

«¿Yo?... Me parece algo exagerado. Acabo de despertarme. Entonces ¿no has oído nada?

-Sí.

-¡Ah!, por fin, has oído algo. ¿Qué?

-¡Han... tosido!»

Ella dio un brinco y exclamó irritada:

«¡Que han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero ¿estás loco? Responde».

Él empezaba a perder la paciencia.

«¿Quieres acabar con esa murga? Sabes de sobra que has sido tú».

Esta vez ella se indignó, chillando: «¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Qué yo he tosido? ¿Yo? ¡Que yo he tosido! Ah, está usted insultándome, ultrajándome, despreciándome. Pues bien, ¡adiós! No voy a quedarme al lado de un hombre que me trata así».

E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.

Él continuó con una voz fatigada, queriendo la paz a cualquier precio:

«Venga, tranquilízate. He sido yo el que ha tosido».

Pero en ella se produjo un nuevo sobresalto de ira.

«¿Cómo? ¿Que usted ha... tosido en mi cama... a mi lado,... mientras yo dormía? Y lo confi esa. Es usted innoble. Y cree que voy a permanecer junto a hombres que... tosen a mi lado... Pero ¿por quién me toma?

Y se puso de pie en la cama, tratando de pasar por encima para irse.

Él la cogió tranquilamente de los pies y la hizo tenderse a su lado, y se reía, burlón y alegre:

«Venga, Rose, tranquilízate de una vez. Has tosido. Porque has sido tú. Yo no me quejo, no me des la lata; estoy contento incluso. Pero vuelve a la cama, caray».

Esta vez ella escapó de un brinco y saltó al cuarto; y buscaba fuera de sí sus ropas, repitiendo: «Que se cree usted que voy a quedarme junto a un hombre que permite a una mujer... toser en su cama. Es usted innoble, querido».

Entonces él se levantó y, para empezar, la abofeteó. Luego, como ella se debatía, la acribilló a capones y, cogiéndola en volandas, la lanzó hasta la cama.

Y cuando ella estaba echada, inerte y llorando de cara a la pared, él se acostó de nuevo a su lado; luego, volviéndole la espalda también, tosió..., tosió con accesos... con silencios y repeticiones. A veces preguntaba: «¿Tienes bastante?», y como ella no respondía, él volvía a empezar.

De repente ella se echó a reír, pero se echó a reír como una loca, gritando: «¡Qué divertido! ¡Ay, qué divertido!»

Y lo cogió bruscamente en sus brazos, uniendo su boca a la de él, murmurándole entre los labios: «Te quiero, gatito mío».

Y no volvieron a dormirse... hasta el amanecer.

*

Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta incursión en su dominio. También esta es una palabra impropia. No es «dominio» lo que habría que decir. Me divierte usted tan a menudo que no he podido resistir al deseo de arriesgarme un poco tras sus pasos.

Pero seguirá siendo suya la gloria de habernos abierto, ampliamente, esa vía.

lunes, 27 de junio de 2011

Paracaidistas (Chus Fernández, Ediciones Trea, 2011)

Además, los que lloran en el fondo esperan que hagas algo por ellos, aunque no haya nada que puedas hacer, y sé que es así porque si no lo esperasen, en vez de ponerse a llorar delante de ti, se limitarían a sentirse igual que lo harían si sus tripas fueran un montón de rosas a punto de pudrirse y ellos las ataran con una cuerda para poder decir de esas flores que son un ramo y ofrecérselo a alguien antes de que fuera ya demasiado tarde, si no esperasen que hicieras algo por ellos se limitarían a sentirse así, que es como yo me siento cuando tengo ganas de llorar, en vez de ir por ahí hinchándose y poniéndose rojos por todas partes.

Yo hay cosas que prefiero no saber, pero más de una vez quieto y en medio del pasillo me he preguntado si cuando aparece la luz la oscuridad se va, o si en realidad la oscuridad está siempre ahí y lo único que hace la luz es permitirnos dejar de verla por unos instantes.

Mi hermano decía una vez hicimos esto, o una vez hicimos lo otro, y se me ocurre ahora que a lo mejor ese fue su problema, haber hecho solo una vez aquello que por lo visto era importante para ellos, a lo mejor eso es lo malo de que algo se acabe, que todo lo bueno es una vez fue y ya nunca será dos veces. Yo de mayor no voy a jugar con una cometa, porque cuando te paras, se cae. Y alguien se muere cuando se cae una cometa.

Cada vez me gusta menos leer, algo mío se me cae dentro del libro, y ahí se queda cuando lo cierro. Para siempre. Y ya no lo recupero nunca porque cuando abro otra vez el libro siempre lo hago por una página nueva. Volver a la página no sirve de nada, eso que busco ya no está, o soy yo el que yo no está allí, leyendo, no estoy seguro. Yo creo que uno cuando lee o escucha una canción todo lo que quiere es que algo que tiene dentro, con bordes, encaje perfectamente con lo que otros puedan tener, con bordes también; o lo que es lo mismo, que la voz que a todas horas oye en su cabeza se calle para oír la voz de ese otro que ahora cuenta las mismas cosas que su propia voz le decía.

A lo mejor todos los amigos son siempre imaginarios menos cuando estás entre amigos porque muchas veces cuando estás entre amigos el imaginario eres tú.

Lo que sí que sé es que si algo me gusta en esta vida son los paracaídas. Quien se pone un paracaídas mantiene lejos el suelo y cuando un paracaídas se abre el miedo se vuelve un poco más lento, más torpe, como si le costase unir lo que va al final con lo que va al principio y mientras tanto, mientras lo uno y lo otro se encuentran y se unen, para cualquiera que mire desde lo alto la tela del paracaídas se parecerá a la carpa de un circo, a la cera que dejan en la tarta las velas del cumpleaños, a la sangre que cae del cuerpo de una paloma cuando la recoges de un jardín nevado, el rastro de una vida que ahí se queda. Un paracaídas cerrado no es nada, no se parece a nada, no me hace pensar en nada, a una mochila como mucho, y aunque se parezca a una mochila sigue sin parecerse a nada porque a mí lo que me importa de una mochila es lo que tiene dentro.

domingo, 6 de marzo de 2011

El cementerio de Praga (Umberto Eco, Editorial Lumen, 2010)

24 de marzo de 1897

Siento cierto apuro, como si estuviera desnudando mi alma, en ponerme a escribir por orden -¡no, válgame Dios!, digamos por sugerencia- de un judío alemán (o austriaco, lo mismo da). ¿Quién soy? Quizá resulte más útil interrogarme sobre mis pasiones, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida. ¿A quién amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d’Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor?

¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos.

Así empieza el segundo capítulo de la última novela escrita por el italiano Umberto Eco y que ha sido definida por el periódico oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, como “una sinfonía maligna”, y sin que tampoco haya terminado de agradar a la comunidad judía el menos en Italia. Y es que el personaje principal de la novela, y el único que es inventado, Simonini es un personaje de esos que no nos termina de caer simpático pero al que, sin duda, vamos a recordar.

Amante de la buena cocina, misógino, antisemita, conspirador, asesino, falsificador y muchas otras cosas más, para intentar recuperar su auténtica personalidad iniciará una suerte de diario, que tendrá que ir completando una tercera persona, para adentrarse por los intrincados caminos de una personalidad que corre en el abad Dalla Piccola y la que da forma al capitán Simone Simonini.

Hábil falsificador se introducirá en el mundo de los servicios de espionaje y para justificar la existencia de una conspiración judía para hacerse con el dominio del mundo, utilizará Los protocolos de los sabios de Sión como fuente para redactar documentos que apoyen esa tesis. Lo inquietante del caso es que esos Protocolos existieron realmente ya que vieron la luz en la Rusia zarista de principios del siglo XX, y a pesar de haberse probado su falsedad, serán uno de los pilares en el que los nazis construirán su teoría antisemita y todavía hoy hay países árabes musulmanes en los que se les da credibilidad.

A través de los recuerdos de tan singular villano, Eco nos lleva a recorrer los caminos de la historia de un atormentado siglo XIX en Europa, desde la unificación italiana hasta la guerra franco prusiana, y los levantamientos sociales en el París decimonónico. Una novela que dispara contra todo y contra todos (la iglesia católica, los jesuitas, la política, los servicios secretos, los masones, las sectas esotéricas…) y, sobre todo, pone de manifiesto como se fue desarrollando a través de todo el siglo el antisemitismo que tan trágicas consecuencias tendría en el siglo XX.


Un texto en el que se ponen negro sobre blanco todos los tópicos del momento relacionados con los judíos, pero también con otros países europeos o estamentos sociales. Así, por ejemplo, dirá que los alemanes son “el más bajo nivel de humanidad concebible”, de los franceses que son “orgullosos más allá de todo límite”, que los curas afirman que “su reino no es de este mundo, pero ponen las manos encima de todo lo que pueden mangonear”, entre otros muchos.

En definitiva, una novela que hace transcurrir su acción por el delgado borde que separa realidad y ficción, lo que parece ser verdad de lo que es manifiestamente falso. Una novela irreverente que, sin duda ninguna, hay que leer.

martes, 1 de marzo de 2011

Cada siete olas (Daniel Glattauer, Alfaguara, 2010)

A pesar de que sueles tocarle a uno la fibra sensible. ¡¡POR FAVOR, EMMI!! Ahora terminaremos esto. Fue tu explícito deseo, y fue un deseo justo. Prometiste que no destruiríamos lo “nuestro”. Yo me fío de ti, de tu “nuestro”, de mi “nuestro” y de nuestro “nuestro”. ¡Nos veremos cara a cara en un café durante una hora! ¿Cuándo tienes tiempo? ¿El sábado? ¿El domingo? ¿Al mediodía? ¿Por la tarde?

Los que habíamos conocido el primer encuentro entre Emmi Rothner y Leo Leike, correo electrónico mediante, y su peculiar historia de amor epistolar con varias idas y venidas y ningún conocimiento real, esperábamos con cierta expectación la continuación de Contra el viento del norte en Cada siete olas.

Un libro que, igual que su antecesor, nos ofrece una prosa ágil, entretenida, sin mayores pretensiones, de lectura rápida, para seguir la peripecias sentimentales de estos dos austriacos, casada ella y en vías de iniciar una relación él, que le dan vueltas y más vueltas a sus sentimientos y a la duda sobre si estarán realmente enamorados o no.

Siendo un libro que cumple con las expectativas, no puedo evitar tener la sensación de que no era del todo necesario, que si la historia hubiera terminado en la primera novela no hubiera pasado nada. En Cada siete olas (un libro que el propio autor ha reconocido que no tenía intención de escribir y solo el éxito del primero le llevó a seguir con la historia), se le dan, en mi opinión, más vueltas de las que serían necesarias para llegar a un final que me resulta decepcionante.

Por la parte positiva, los dos personajes son reconocibles porque todos conocemos a alguien o incluso puede que nosotros mismos, que haya pasado por situaciones similares porque el amor también tiene mucho de duda, de idas y venidas hasta que se llega a un momento en el que es necesario tomar una decisión que sea definitiva o, al menos, sirva de punto de inflexión.

Porque, porque, porque… Porque no quiero que creas que quiero tener una aventura contigo. Y lo que es casi más importante aún: ¡porque no quiero tener una aventura contigo! Para tener una aventura podríamos habernos ahorrado dos años y medio y treinta y siete metros cúbicos de letras.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La luz es más antigua que el amor (Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral 2010)

“La luz es más antigua que el amor. El factor tiempo es por lo tanto clave para comprender los mecanismos de la luz. Porque si el amor es propiedad exclusiva de nuestra especie –perros, gorilas o caballos no aman-, cabe pensar en un tiempo, antes del amor, en el que la luz ya existía, y cabe así mismo pensar (desconozco qué pensamiento resulta más desalentador, si aquél o éste) en un tiempo, después del amor, es decir, después de los seres humanos, en el que la luz seguirá existiendo. Los científicos, han ocupado durante el siglo XX el lugar de los filósofos y de los artistas, pues no sólo han interpretado el mundo, sino que también lo han explicado poéticamente, disponen de un gran número de imágenes para hacernos sentir nuestra pequeñez. Una es ésta: la luz existe con independencia de que exista un sujeto que la contemple.”

La última novela del gijonés Ricardo Menéndez Salmón supone una piedra más en la consolidación del autor como una de las plumas más interesantes de nuestro país. La luz es más antigua que el amor es mucho más que una novela, es una confluencia de sensaciones, de filosofía, de arte, de literatura, todo ello a través del escritor Simón Bocanegra.

El alter ego del novelista nos habla de tres artistas, dos inventados como son Adriano De Robertis y Vsévolod Semiasin, y otro real como es Mark Rothko, el artista letón que terminó suicidándose. Los tres defienden su arte hasta las últimas y dramáticas consecuencias, y se oponen a fuerzas tremendamente poderosas como son la Iglesia, el mercado, y el Estado totalitario. Y es que la libertad del artista se entiende como una amenaza para el orden establecido sea del orden que sea.

Una novela que en 173 páginas, todas ellas imprescindibles, nos regala con una prosa ágil una profundidad intelectual que va dejando destilar preguntas, dudas, inquietudes y algunas realidades que hacen que haya que leerla con atención para desentrañar todo lo que lleva dentro que es mucho en muy poco.

“Tal vez esa sea la gran virtud de este libro que, siendo una novela con trama reconocible, inicio y fin determinantes y determinados, rebosa su propia escritura a borbotones, sentimientos, latidos, ideas que caen sobre las manos y los ojos del lector y que construyen un magnífico ensayo sobre el poder -y la impotencia- de la capacidad humana para crear, para imaginar; sobre las razones y motivos por los que el amor se trenza como un talento al corazón hasta incendiarlo.” Eso lo escribe Jesús García Calero en su crítica publicada en el diario ABC.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Contra el viento del norte (Gut gegen Nordwin, Daniel Glattauer, Alfaguara 2010)

La primera novela de este autor austriaco que se publica en España, nos ofrece una visión del siglo XXI sobre el género epistolar que tanto gustaba en el siglo XVIII, y que tiene tras de sí un importante bagaje literario.

Y lo transporta hasta nuestro siglo de la mano de las nuevas tecnologías, del correo electrónico y de Internet. Emmi envía una serie de correos electrónicos a la revista Like para que le den de baja como suscriptora habida cuenta de la pérdida de calidad de la revista. Esos correos va a parar por error a la bandeja de entrada de Leo Leike, que en Navidad volverá a recibir un correo equivocado enviado por Emmi.

A partir de ahí se inicia un cruce de correos electrónicos que terminará por convertirse en adictivo para ambos personajes, que empiezan así un recorrido por sus inseguridades, por la fantasía, por la necesidad de transformar ese contacto electrónico en un contacto físico real, al que ambos son reacios por miedo. ¿Puede sobrevivir en el mundo “real” una relación que se inicia en un mundo “virtual?

Ella es una mujer casada con un hombre que aporta dos hijos al matrimonio, mientras que él está saliendo, con alguna recaída, de una relación difícil. La novela, de lectura muy ágil y rápida, va transitando por esos caminos de la inseguridad con dosis de humor, pero también de tensión y nos termina atrapando en ese ritmo trepidante sin que podamos evitar querer saber qué es lo que va a ocurrir con el siguiente mensaje, si éste tardará algunos días o sólo algunos segundos.

Amistad, celos, fantasía, imaginación, para una historia de amor reducida a lo esencial y que tiene un desenlace rotundo, después de que los dos protagonistas hayan protagonizado un ejercicio de esgrima verbal descarado, y que ya anuncia segunda parte que llevará el título de Cada siete olas.

“Querida Emmi:

¿Has notado que no sabemos absolutamente nada el uno del otro? Creamos personajes virtuales, confeccionamos irreales retratos robot el uno del otro. Formulamos preguntas cuyo atractivo reside en que quedan sin respuesta. Pues sí, nos dedicamos a despertar la curiosidad del otro y a seguir alimentándola al no satisfacerla de manera definitiva. Intentamos leer entre líneas, entre palabras, y pronto entre letras tal vez. Hacemos grandes esfuerzos por juzgar bien al otro. Y al mismo tiempo nos preocupamos de no desvelar nada importante de nosotros mismos. ¿Qué quiere decir “nada importante”? Nada de nada, aún no hemos contado nada de nuestras vidas, nada de lo que constituye la vida cotidiana, de lo que podría ser importante para alguno de los dos”.

domingo, 16 de mayo de 2010

El asedio (Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, 2010)

En algún lado escuché al escritor cartagenero decir que El asedio es un compendio de todas sus novelas anteriores, y una vez leída es imposible no coincidir con esa afirmación. En esta historia encontramos ecos que nos remiten a El Húsar, La carta esférica, La tabla de Flandes o Un día de cólera, por ejemplo.

Una novela en la que se entrecruzan hasta seis historias diferentes, pero con un único personaje principal: la ciudad de Cádiz. Un Cádiz sitiado por los franceses en 1811, en la que conviven prostitutas, comerciantes, soldados, marineros, contrabandistas, policías, políticos, refugiados y todos los elementos de una fauna de ciudad portuaria que, sin saberlo, está viviendo el crepúsculo de su gloria. Una ciudad con mar sobre la que se desarrollan varias partidas de ajedrez simultáneas, viviendo a medio camino entre la angustia y la frivolidad.

Una ciudad en la que se discute el futuro de España, de la que saldrá una constitución de corte liberal que, sin embargo, no servirá para parar el absolutismo real en lo que fue la oportunidad perdida (una más) para convertir a España en un país homologable a sus vecinos continentales. Una Cádiz a la que llegan inquietantes noticias de independencia desde el continente hermano, sobre el que ya sobrevuelan los buitres francés e inglés para hacerse con los despojos.

Para cualquier lector avezado en el universo revertiano, tanto la historia como los personajes tienen un inconfundible aire de familia, con esos personajes enfrentados a la fatalidad desde un heroísmo callado teñido de fatalismo, esas mujeres que saben mucho más de lo que dicen mientras afuera llueve y un siniestro asesino mata con extrema crueldad a mujeres jóvenes.

Asesinatos que cruzan la ciudad, que dejan un rastro de sangre despiadado, mientras un policía busca motivos, causas, porqués, como si la crueldad humana tuviera que responder a algún tipo de lógica. Los hechos se van incardinando en una geografía de la obsesión, en la que cada personaje tiene la suya propia (encontrar a un asesino, la próxima víctima, sobrevivir…).

Patrias personales hechas de jirones de la propia vida y de las ajenas que transcurren por calles en penumbra, donde la luz diurna es tan fuerte que difumina los contornos casi tanto como las sombras de la noche y el mapa se teje a medio camino entre lo folletinesco, la novela policiaca, la romántica y la de aventuras. Un cóctel de 700 páginas para servir agitado pero no revuelto.

lunes, 26 de octubre de 2009

Saber perder (David Trueba, Editorial Anagrama, 2008)

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.

Así empieza el todopoderoso narrador de la última novela del también director de cine, David Trueba, Saber perder. Una historia en la que viven cuatro personajes, Sylvia (chica de 16 años a la que un accidente la hará entrar en otra fase de su evolución vital), Lorenzo (su padre, al que un amigo engaña en los negocios y al que su mujer deja por otro hombre), Leandro (su abuelo, que encuentra en el sexo mercenario la forma de escapar al derrumbe del andamio de su existencia), y Ariel Burano (un prometedor jugador de fútbol argentino que llega a un equipo de la capital)

Todos ellos forman una galería de supervivientes, de personas que son más que personajes literarios, son personas de carne y hueso, con vidas cotidianas atravesadas de rutina y que, al mismo tiempo, van transitando por los lugares escabrosos de la existencia, sobre esa línea tan fina que separa lo que se considera el éxito de lo que se considera como fracaso. Los cuatro se encuentran en momentos determinados en encrucijadas en las que sólo el amor, adopte esta palabra la forma que adopte, parece ser lo que les puede sacar del fracaso o hundirlos un poco más en él.

Casi podríamos decir que son personajes, como todos nosotros, condenados a volver a levantarse después de un golpe o de una auténtica paliza, para recuperar una cierta noción de normalidad, de volver a encajar las complejas piezas del puzzle de la existencia. Por esos caminos nos lleva esa voz omnipotente del narrador que sabe todo lo que les ha ocurrido, cómo han llegado hasta donde están y hacia donde se dirigen, y que, de vez en cuando, les cede la voz para que sepamos de qué hablan, qué es lo que sienten.

Diálogos que aparecen imbricados de forma directa en la narración, sin ningún signo de puntuación que los señale, formando un todo único que funciona a la perfección, como un mecanismo de la más alta precisión, para formar 500 páginas de buena literatura.

“Sobrevivir sigue siendo la gran aventura, no tiene nada que ver con el mundo ficticio de las encuestas, los medios de comunicación, el ocio o la cultura” dice el propio autor en una entrevista, y precisamente por eso nos deja unos personajes que “me gusta que hagan cosas feas y que aún así te obliguen a acompañarlos en el viaje.” ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos? ¿Quién es nadie para juzgar a nadie?

martes, 15 de septiembre de 2009

Génesis (Bernard Beckett, Ediciones Salamandra, 2009)

No conviene contar demasiadas cosas de esta novela, y no porque no se pueda hacer, sino porque nos encontramos ante un mecanismo de relojería en el que todo va tan engranado que uno corre el riesgo de desvelar algo que estropee la sorpresa final que nos reserva un libro que en 159 páginas condensa ideas de enorme calado.

Este novelista neozelandés ubica en un lejano año 2075 a su personaje principal, una joven llamada Anaximandro ante un hecho decisivo para su vida. Y es su mayor deseo es el de ser admitida en la Academia, la principal institución en la toma de decisiones del país. Para llegar hasta ahí, ha contado con la ayuda de su mentor, Pericles, y ha decidido defender su versión acerca de un acontecimiento decisivo en el devenir histórico de su sociedad y que se enseña a todos los niños desde su entrada en el colegio.

A partir de ahí se va construyendo un engranaje de fácil lectura pero no por ello menos complejo, hasta el punto de que podríamos calificar a esta novela como un thriller filosófico, en el que siguiendo el estilo de los diálogos platónicos se nos van planteando una serie de preguntas acerca de temas como la identidad humana, las barreras que levantamos para proteger nuestras sociedades, si conseguimos que las máquinas piensen como humanos ¿dónde está la diferencia?, cuál es la medida del ser humano, la muerte, la vida…

Una sociedad que antepone a cualquier otra consideración, incluso las relaciones personales, el bienestar colectivo y en el que los comportamientos individualistas, las decisiones personales están rigurosamente controladas. Una sociedad hasta cierto punto, deshumanizada, en la que todo está subordinado a decisiones superiores, blindada ante cualquier presencia extranjera para evitar la entrada de un virus que está asolando a islas cercanas.

Con todo eso, y muchas más cosas, Beckett construye un relato que se va desarrollando como una tela de araña en la que quedamos atrapados de forma irremisible, para llegar a un final que nos deja con la boca abierta cuando nos damos cuenta que casi nada era como nos habíamos imaginado. Y suscribo totalmente las palabras de Cristina Monteoliva cuando escribe que se trata de una “novela inteligente, inquietante e interesante que no deberías dejar pasar de largo.”

Fragmentos

Yo no soy una máquina. ¿Qué puede saber una máquina del olor a hierba mojada por la mañana, o del llanto de un recién nacido? Yo soy la sensación del calor del sol en mi piel; soy la sensación de una ola fría rompiendo sobre mí. Soy los lugares que nunca he visto, y que sin embargo imagino cuando cierro los ojos. Soy el sabor del aliento de otro, el color de su pelo.
Te burlas de mí por la brevedad de mi vida, pero es precisamente ese miedo a morir lo que me infunde vida. Soy el pensador que piensa en el pensamiento. Soy curiosidad, soy razón, soy amor y soy odio. Soy indiferencia. Soy hijo de un padre, quien a su vez era hijo de otro padre. Soy la razón por la que mi madre reía y la razón por la que lloraba. Soy asombro y soy asombroso. Sí, el mundo puede pulsar tus botones cuando pasa por tu sistema de circuitos. Pero el mundo no pasa a través de mí. Yo soy el medio a través del cual el universo se ha conocido a sí mismo. Soy eso que ninguna máquina podrá fabricar nunca. Soy el significado. –De pronto se interrumpió, temblando. Era imposible distinguir si se había quedado sin aliento o sin palabras.

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Arte tenía razón. Al fin y al cabo, la vida viene definida por la muerte. Limitados por el olvido, estamos atrapados en el torno del terror, constreñidos hasta estallar a causa del fin que se acerca. El miedo está siempre presente, esperando a que lo llamen para emerger a la superficie.

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Es posible saber sin entender –le había dicho una vez Pericles-. El conocimiento empieza como una sensación. La comprensión es el proceso de excavación, de despejar un camino desde la sensación hasta la luz del día.

domingo, 17 de mayo de 2009

El corrector (Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, 2009)

Los hombres, sin excepción, negros y blancos, felices y tristes, inteligentes y necios, somos así: enarbolamos banderas que otros odian, adoramos dioses que ofenden a nuestros vecinos, nos rodeamos de leyes que insultan a quienes nos rodean. La consecuencia es fácil de deducir: de vez en cuando, haga sol o nieve, en democracia o bajo la égida de algún fascista disfrazado de inspector de Finanzas, estrellamos aviones contra rascacielos, bombardeamos países pobres de solemnidad y nos embarcamos en cruzadas tan atroces como injustas.

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Nunca he comprendido a quienes afirman que la infancia es el paraíso del hombre. Mi infancia fue triste. La abundancia material que me rodeó, incluso el afecto de las personas que cuidaban de mí, jamás consiguió librarme del aburrimiento, pues desde muy pronto comprendí cuál es la verdadera maldición de la vida. La verdadera maldición de la vida no es el trabajo, ni el sinsentido de la existencia, ni siquiera el dolor o la enfermedad: la verdadera maldición de la vida es el tedio. Sólo quien vence al tedio ha vivido, sólo quien es capaz de hacer algo distinto a matar el tiempo merece decir “he vivido”

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Pero en realidad la libertad es un incordio. Casi todas las personas nos pasamos la vida luchando por ser libres para descubrir, en el momento en que la libertad se nos concede, que la libertad es una cosa muy difícil. Pronto, pues, nos rodeamos otra vez de obligaciones, contratos y servidumbres que, en general, nos otorgan una especie de invulnerabilidad. Hoy estoy convencido de que no existen personas que deseen la libertad. Las personas adquirimos hábitos y contraemos deudas con la mayor rapidez posible. Felices de pertenecer a Leviatán, hemos nacido para el rebaño.

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Una y otra vez somos burlados, despojados de nuestro honor, compelidos a comulgar esa hostia llena de náusea que ellos llaman democracia, justicia o libertad. Todas esas palabras, en realidad tan profundas que deberían quemar la lengua del que las pronuncia sin respeto, han perdido su significado, al punto de que suenan en nuestros oídos como la canción del verano o como una plegaria aprendida en la catequesis cuando niños.

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En realidad, como cualquier ser humano, necesito de un conjunto más o menos abigarrado de creencias a las que sentirme atado como un bote a su pantalán. Hay quien se vincula a un dios con cara de viejo terrible; otros lo hacen al intangible murmullo del patrón oro; yo, a fecha de hoy, me refugio en el afecto de mi mujer y en ciertos libros. No miento. Para mí el paraíso incluye una biblioteca sin cercas de espino ni cepos visibles, un vientre de ballena donde algún azar bondadoso me ha arrojado para la eternidad. Todo es polvo, deseo y silencio, y una luz cruda, cenital, que conduce por largas escaleras de caracol hasta el Walhalla de los ilustrados. Y el olor…

Porque el olor del libro es la quintaesencia de todos los olores, la geografía del héroe, el trópico de la quietud y los bosques nemorosos. Todo libro es pasaje. Cuando abro un volumen y aspiro sus páginas, ya no estoy allí. Mucha gente no puede entender que Tucídides huela a aurora de islas griegas, pero así es. (Nunca he estado en Grecia, pero mi convicción es irrefutable precisamente porque es irracional.) Se puede vivir sin leer, es cierto; pero también se puede vivir sin amar: el argumento hace aguas como una balsa capitaneada por ratas. Sólo quien ha estado enamorado sabe lo que el amor regala y quita; sólo quien ha leído sabe si la vida merece la pena de ser vivida sin la conciencia de aquellos hombres y mujeres que nos han escrito mil veces antes de que naciéramos. Y que nadie se sonría ante estas líneas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, han sido escritas sólo desde la emoción. 

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Todo tiempo posee sus signos, sus emblemas, sus cábalas. El nuestro ha hecho del miedo su estandarte, su venero de dolor, su firmamento. Navegantes de la galaxia de la sospecha, adustos, desconfiados, llenos de rencor hacia el prójimo, deambulamos los que un cercano día nos sentimos solidarios del final de la Historia pero hoy, desesperadamente, como topos en una construcción cuya fisonomía hubiera cambiado de la noche a la mañana, buscamos un resquicio por el que huir este intolerable tiempo cíclico que nos acosa.

En aquella estación de llegada en la que llevábamos viviendo hacia al menos una década, desde la caída de la Unión Soviética y la conquista del mundo feliz de un capitalismo sin edulcorantes, y hasta que unos fieles que rezaban a Alá, el Compasivo, decidieron penetrar en avión por las cristaleras del paraíso y poner de nuevo en marcha los relojes, todos –hombres y mujeres, argivos y troyanos, obreros y burgueses, pies negros y sangre azul- nos habíamos ido congregando en la multitud de mercados que celebraban la plasticidad de nuestra cultura y la versatilidad de nuestro talento. La salvación, el premio a toda una vida dedicada al trabajo, parecía residir entonces en la posibilidad de escoger entre la infinidad de objetos que desfilaban ante nuestros ojos. Cualquier cosa que hubiéramos soñado (huesos musicales, muñecas masturbatorias, delfines de titanio) ya había sido inventada por alguien. Nuestros ingenieros se anticipaban a nuestros sueños; la alquimia era una propiedad del mercado; los banqueros eran los nuevos nigromantes. El deseo era un virus inoculado en nuestra corriente sanguínea, una propiedad de nuestro código genético, el quinto aminoácido sobre el que se erigía la vida. En una palabra, éramos rehenes de nuestra felicidad, que se nos imponía como un deber, no como un derecho.

viernes, 8 de mayo de 2009

Ojos azules (Arturo Pérez Reverte, 2009)

La noche triste. Así se conoce a la, para los españoles, noche del 30 de junio de 1520. En esa fecha las tropas de Hernán Cortés se vieron obligados a salir de la ciudad de Tenochtitlán para buscar refugio en Veracruz. Fue una noche de lluvia y de muerte, con los aztecas decididos a tomarse cumplida venganza de las atrocidades cometidas por las huestes de los conquistadores deslumbradas por el brillo del oro y de las riquezas.

Centrándose en ese episodio, Arturo Pérez Reverte construye un microrelato inspirado por la contemplación de un mural de Rivera en el que vio a una india portando a un niño de ojos azules, en lo que es una muestra del mestizaje que se viviría durante siglos en aquellas tierras, mestizaje que el autor quiso reflejar "de un modo seco, duro, breve y brutal", según sus propias palabras.

Fragmentos

Llovía a cántaros. Llovía, pensó el soldado, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán, cubriendo la capital azteca de una noche húmeda; lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y se disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

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Siguió adelante, y ya ningún otro español iba a su lado. Soy el último, pensó. Soy el último de nosotros en este puñetero sitio. Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. Soy la retaguardia de Cortés y de su puta madre, y este oro me pesa tanto que ya no puedo caminar. Estaba cubierto de barro y de agua y de sangre suya y mexicana, y los pies se negaban a moverse, y el brazo le dolía de tanto acuchillar. Estaba ronco de dar gritos y le ardían los pulmones y la cabeza; pero el hueco del corazón seguía allí, y no podía dejar de pensar en ella. Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mí. Igual se pregunta si he logrado pasar. Igual hasta siente que me vaya.

viernes, 4 de enero de 2008

El extranjero (Albert Camus, Ediciones Gallimard, 1942; Editorial Planeta, 2007)

Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho calor. Comí en el restaurante de Celeste, como de costumbre. Todos se condolieron mucho de mí, y Celeste me dijo: "Madre hay una sola." Cuando partí, me acompañaron hasta la puerta. Me sentía un poco aturdido pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. Él perdió a su tío hace unos meses.

Albert Camus nació en la ciudad argelina de Orán en 1912, y parece que empezó la redacción de El extranjero (algunos piensan que el título más apropiado sería el de El extraño), en 1937 mientras Camus estaba convaleciente de una tuberculosis. La novela la terminaría en 1940, y el libro se publicó dos años después y se convirtió en un clásico de al literatura contemporánea, además de ser la obra más conocida de este autor. En 1957, Camus recibió el Premio Nobel de Literatura, y tres años después falleció como consecuencia de un accidente de tráfico.

Meursault es el protagonista absoluto de esta novela, un hombre que se mueve en un terreno en el que las emociones no existen, mientras asiste imperturbable a todo lo que ocurre a su alrededor, manteniendo una actitud pasiva que roza con el aburrimiento más profundo, mientras sigue una vida sin ilusiones, sin rebeldía ni esperanza. Camus nos cuenta la historia de Meursault, la historia de un destino ineludible.

Cerré los vidrios y, al volver, vi por el espejo un extremo de la mesa en el que estaban juntos la lámpara de alcohol y unos pedazos de pan. Pensé que, después de todo, era un domingo menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado.

Un destino al que se dirige el protagonista en una lenta agonía, mientras el brillante sol argelino lo llena de sopor y le provoca reacciones que no es consciente de controlar y que terminarán por ser determinantes en su destino. Un destino que marcan unos hombres que no le juzgan por un hecho concreto, sino por seguir unas pautas de comportamiento incomprensibles para la mayoría, para una sociedad que tiene unas reglas por las que se cuestiona el comportamiento de los individuos, pero sin cuestionar si esas normas son las adecuadas para todos o no, y en las que la ausencia de una exteriorización sentimental se considera una falta gravísima.

El protagonista se niega incluso a mentir para buscar la salvación, consiguiendo una especie de liberación al no amoldarse a los esquemas de lo socialmente considerado como admisible, al negarse a la alienación colectiva que supone vivir en sociedad, y rechazando de plano la posibilidad de la existencia de un resquicio de esperanza. Afrontará su destino con la misma actitud desapasionada con la que ha llevado su vida.

Cuando rió, tuve nuevamente deseos de ella. Un momento después me preguntó si la amaba. Le contesté que no tenía importancia, pero que me parecía que no. Pareció triste. Mas al preparar el almuerzo, y sin motivo alguno, se echó otra vez a reír de tal manera que la besé. En ese momento el ruido de una disputa estalló en la habitación de Raimundo.

Esta novela se vincula a los postulados filosóficos del existencialismo, cuya máxima figura fue el francés Jean Paul Sastre, quien señalaba que los humanos somos los únicos seres conscientes de nuestra existencia lo que nos habilita para que vivamos nuestra vida de acuerdo a nuestra propia voluntad y no según normas que nos vienen impuestas. Viene a decir que el hombre tiene que formarse a sí mismo siguiendo su propia libertad, de ahí que se niegue la posibilidad de seguir ningún tipo de mandato religioso ni de moral natural que vengan impuestos o que den pautas de comportamiento en un mundo que no tiene ningún sentido y en el que manda el absurdo.

El existencialismo también niega la posibilidad de encontrar seguridades absolutas en este mundo, ya que el nacimiento y la muerte son dos acontecimientos que carecen de una razón clara, y ahí está la raíz de la actitud que tiene el protagonista de El extranjero ante todo lo que le rodea, y esa actitud será la que le marque el destino finalmente, mucho más que sus actos, ya que con su actitud se ha convertido en un cuerpo extraño en el entramado social que sólo se puede extirpar para reponer el orden socialmente aceptable, ante cuyos ojos, Meursault es un subversivo especialmente peligroso.

Me animé un poco. Dije que hacía meses que miraba estas murallas. No existía en el mundo nada ni nadie que conociera mejor. Quizá, hace mucho tiempo, había buscado allí un rostro. Pero ese rostro tenía el color del sol y la llama del deseo: era el de María. Lo había buscado en vano. Ahora, se acabó. Y, en todo caso, no había visto surgir nada de este sudor de piedra.