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lunes, 5 de agosto de 2019

Jena-Baptiste Tournassaud (Montmerle-su Saône, 1866 – Montmerle, 1951): El tiempo que pasa



Con motivo del centenario de la finalización de la Primera Guerra Mundial, primero en Francia y y este año en España, se está volviendo a sacar a la luz el trabajo fotográfico de este comandante del ejército francés, que fue director del Servicio Fotográfico y Cinematográfico de Guerra, durante el conflicto bélico, labor a la que aplicó todo su conocimiento y sensibilidad artística, dejando para la posteridad una colección de imágenes impresionante.




Amigo de los hermanos Lumière, fue uno de los primeros en experimentar con el pictorialismo, para dotar a sus fotografías de color, andando un camino confluyente con el impresionismo, para conseguir trasladas a las imágenes las sensaciones del fotógrafo ante el objeto o la escena fotografiada, logrando composiciones muy especiales, que adquieren una mayor sensación de movilidad, de dinamismo, de dramatismo y de un cierto aire de irrealidad como el que tienen todas las fotografías coloreadas.




La colección de imágenes del conflicto que desgarró Europa entre 1914 y 1918, nos dejan retratos (fue el retratista oficial de Clemenceau, primer ministro galo durante la guerra) de soldados que miran atrás, mientras la nieve borra sus huellas del camino, casi como si se estuvieran despidiendo conscientes de los peligros que les acechan y no solo los climatológicos.




Otras veces, son destacamentos que se lanzan al combate cobijados por un cielo de tormenta, otras veces expectantes en medio de una niebla que difumina los contornos, que pone un marco aún más dramático si cabe, a la invisible amenaza que saben que les espera. Compañeros que llevan un cadáver atravesando una trinchera, el momento del descanso, o la imagen más tierna de una novia o esposa, subida a una roca para poder besar a su amado soldado de caballería.




O los niños que observan, seguramente sin terminar de entender las razones de ello, a una vieja estatua apeada de su pedestal por alguna explosión, rota ya en el suelo y perdido todo el sentido de gloria, de historia eterna que tenía antes. En un instante, todo ha cambiado, ha caído al mundo terrenal, ya no hay admiración, solo indiferencia, una cierta sorpresa, mientras la vida sigue caminando en medio de las dificultades de todo tipo. 




Y ese árbol tronchado a cuyo pie vemos un casco todo abollado, símbolo de una barbarie que nada respeta, ni al arte, ni a la naturaleza, ni al ser humano. Y acaba la guerra y solo quedan banderas y fusiles clavados en la tierra, como símbolo último de la inutilidad de una guerra cuya finalización no hizo más que anunciar la siguiente, aún más desgarradora.




Pero Tournassoud no fue solo un fotógrafo militar, terminó siendo simplemente fotógrafo una vez abandonado el ejército, y se revelará como un apasionado del mundo animal, de la naturaleza, de la arquitectura, de las personas, mientras documenta, bien en blanco y negro, bien en color, la transformación de un mundo rural al que va llegando la modernidad, y esas tres mujeres que vemos en una de sus obras, tirando de un arado con sus propias fuerzas, sin hombres ni animales, absorbidos por una guerra insaciable.




Más información: Wikipedia [en], Patrimoines [fr], France 3 [fr], Le progrès [fr].

martes, 30 de agosto de 2016

Rebecca Cairns: Autorretratos distópicos



“Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.” Esa es la definición que la Real Academia Española de la Lengua otorga a la palabra distopía, una palabra que la propia Rebecca Cairns aplica a su trabajo por la base que tiene en el mundo de los sueños, de se momento en el que parece que estamos a medio camino entre la realidad y un mundo imaginado, imaginario, creado por nuestra mente, un momento entre lo real y lo falso.


Sensación que uno tiene a poco que se aproxime a la obra de esta fotógrafa canadiense a la que lo que más le tienta es el mundo del autorretrato. Probablemente una forma de indagar en la propia personalidad, de bucear en el mundo interior de uno mismo para sacarlo a la luz, para ponerlo a la vista de los demás sin palabras, porque sabido es que el territorio de las palabras es finito y sólo a través de los silencios es posible entrar en lo ignoto.


Con las palabras mentimos todos pero con nuestro cuerpo eso es imposible. Ahí radica para mí una de las claves de los autorretratos de Cairns, es la búsqueda de esa sinceridad que en muchas ocasiones nos empeñamos en negar a las palabras, en la necesidad de llegar a un nivel de comunicación más profundo, más real, más verdadero.


El mundo de lo irreal aparece en esos interiores o exteriores en ruina, desolados, espacios deshabitados, con una historia que ya nadie recuerda, en los que se nos muestra como una aparición la artista, señalando con su presencia la ausencia de vida y, al mismo tiempo, dando luz al recuerdo, a que el espectador piense en qué clase de personas pudieron habitar esos lugares y se pregunte las razones por las cuales dejaron sus hogares atrás.


Hogares vacíos ahora convertidos en espacios fuera de toda realidad, casi al modo de no espacios en los cuales se hubiera detenido un tiempo que sabemos inmisericorde, cuyo transitar, desesperadamente lento en ocasiones y vertiginosamente rápido en otras, ha dejado su huella en forma de derrumbes ahora apenas sostenidos por la presencia fantasmal de Rebecca Cairns.


Otras veces será la naturaleza la que pondrá el marco el cuerpo de la artista, una naturaleza de otoño, fría, de colores apagados, del bosques que mueren para renacer en primavera, o extensiones de hierba que acogen el contorno de la figura femenina como una madre abraza a su hijo, en una suerte de comunión natural que sólo nos puede hacer más humanos.



Una obra en definitiva, que tiene mucho de onírica pero también de dramatismo, de desolación, de sensación de aislamiento, de búsqueda, de ausencia de tiempo.


Más información: lamonomagazine; anormalmag; Fotofilmic [en].

lunes, 2 de noviembre de 2015

Vivian Maier: la fotógrafa misteriosa



La historia de Vivian Maier parece sacada de un guión cinematográfico, de hecho hasta es posible que algún cineasta se esté planteando hacer una película sobre esta mujer. No sería de extrañar.


Estamos ante una mujer que trabajó toda su vida como niñera, y que en su tiempo libre se colgaba una cámara el cuello para retratar la realidad de las calles de Nueva York y de Chicago, las dos ciudades en las que vivió. Una afición a la fotografía que siempre mantuvo en el más estricto de los silencios, y que a pesar de reunir más de 100.000 imágenes, de rodar algunas películas de Súper 8, nunca nadie las pudo ver.


Eso es así porque con su sueldo de niñera no se podía permitir el revelado de esas imágenes, que escondía detrás de la puerta cerrada con llave que tenía en la casa en la que trabajaba, además de en un almacén. Como en tantos otros casos, la vejez le trajo soledad y problemas económicos, y sólo la generosidad de aquellos tres hermanos a los que había cuidado en su infancia en Chicago, le permitió vivir en un apartamento durante sus últimos años de vida.


Fue la casualidad la que la puso en el lugar que debió de haber ocupado en vida gracias a su obra. Un joven compró el trastero que Vivian había dejado de pagar, y con él el tesoro de unos 300 negativos que en cuanto empezó a publicitar por Internet, sin saber lo que tenía entre manos, despertó la atención de un crítico de arte quien le señaló la importancia de lo que había descubierto.


El casual comprador empezó a tirar del hilo hasta localizar a los hermanos de Chicago, y con ellos unas cajas con muchos más negativos en su interior, y a partir de ahí, la obsesión por saber más de una niñera que había sido capaz de tomar unas fotografías a la altura de cualquiera de los nombres consagrados.


Imágenes de una gran modernidad para la época (su obra recorre desde los años 50 hasta los 90), en las que muestra a niños con caras sucias, indigentes y alcohólicos tirados por las calles, trabajadores, mujeres guapas que se reflejan en elegantes escaparates, las desigualdades sociales, personas que miran sin comprender, vidas que roba desde el autobús, desde una esquina, en la noche o a plena luz del día.



Imágenes plenas de mirada comprensiva, de capacidad retratística, de una mujer callada, discreta, de pocos amigos, dotada de una gran humanidad, con mucha mano para los niños, única habitante de un exilio autoimpuesto dentro de las cuatro paredes de su habitación mientras la imaginamos pasando por su memoria esas imágenes que acaba de tomar en la calle, acumuladas de forma obsesiva y que nunca llego a ver impresas en el papel.
Más información: Wikipedia, El País, Smithsonian [en].

lunes, 19 de octubre de 2015

Margaret Bourke-White: El ojo de su tiempo




Esta vez dedico mi artículo a una de esas mujeres pioneras en su campo, en este caso la fotografía, colocándose como una de las figuras de referencia de esa forma artística, en unos años difíciles para que las mujeres fueran reconocidas por su talento. Eso no impidió a esta neoyorquina nacida en 1901, convertirse en una fotoperiodista siempre en la vanguardia de la historia, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial. El parkinson le provocaría una muerte prematura en 1974, después de obligarla a entrar en los últimos años en una suerte de semiretirada obligada.




La carrera de Margaret comenzó convirtiendo un hobby en su profesión, con unos inicios vinculados a la fotografía arquitectónica y comercial, algo en lo que influyó que su padre fuera ingeniero e inventor. En esa línea, son muy conocidas sus imágenes de instalaciones siderúrgicas. De ese mundo industrial, en los años 30, sacará instantáneas de las instalaciones fabriles de la Unión Soviética, país en el que la cogerá la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial, lo que la convirtió en el único fotógrafo occidental en el lado soviético.




Previamente, en los finales de los años 20 y primeros 30, como estaban haciendo otros fotógrafos norteamericanos, retrató los rostros de la pobreza provocada por la crisis del 29, con una imagen especialmente llamativa de la fila de afroamericanos golpeados por la crisis, debajo de un cartel con una familia blanca feliz y el eslogan: El mayor estándar de vida del mundo.




Con el conflicto bélico en su apogeo, pasará a formar parte del Ejército del Aire de los Estados Unidos, y eso la llevará a estar en repetidas ocasiones en primera línea de fuego, llegando a sufrir, entre otros percances, el hundimiento de un barco que la transportaba, junto a otros soldados, hacia las costas italianas. En el tramo final de la guerra, cruzará la Europa arrasada con los tanques de Patton, y eso la colocará ante los horrores de los campos de concentración cuando los norteamericanos liberen el campo de Buchenwald.




En el tramo final de su carrera, retratará la violencia suscitada por el proceso traumático de separación entre Pakistán y la India, situación que, por otro lado, le posibilitará tomar una de las últimas fotografías de Gandhi antes de su asesinato.





Sus contemporáneos la calificaron como una mujer calculadora y agresiva, al mismo tiempo impetuosa y decidida, calificativos estos últimos que la propia Margaret se encargaba de subrayar al no ocultar nunca su ansia por estar siempre allí donde estaba ocurriendo la historia, y precisamente la historia, agradecida, le ha hecho un hueco a sus fotografías, testimonios elocuentes de momentos muy importantes para la humanidad que la han elevado al Olimpo de la inmortalidad.

Más información: Wikipedia [en], Hipertextual, 20 Minutos.