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viernes, 15 de noviembre de 2013

Amos Oz: El mismo mar

A través de nosotros


Antes de perdón, está libre la silla,

antes de el color de tus ojos, antes de qué quieres tomar,

antes de soy Rico y me llamo Dita, antes del roce

de una mano en un hombro,

eso pasó a través de nosotros

como una puerta entreabierta durante el sueño.


*****

Cálculos


En la calle Amirim el señor Danon aún está despierto.

Las dos de la madrugada. En la pantalla del ordenador

las cuentas mal hechas de una compañía cualquiera.

¿Error o fraude?

Busca. No encuentra. Sobre una servilleta bordada

un viejo reloj tictaquea. Se viste. Sale. En el Tíbet ya son las seis.

Olor a lluvia sin lluvia en la calle de Bat Yam.

Vacío. Silencio. Viviendas. Error

o fraude. Mañana lo veremos.


*****

El narrador copia expresiones del diccionario



Quien ha jugado con fuego,

quien ha prometido el oro y el moro

ha perdido la senda, ha perdido los estribos y está

con la soga al cuello. No ha conseguido vivir como un rey.

Ha pasado más hambre que un perro. Le ha tocado.

Los años se le han echado encima, ha recibido

su castigo, las desgracias nunca vienen solas.

Ahora estampará su firma. Dará su conformidad.


*****

Se despierta en mí el deseo



Atardecer. Llueve en las colinas vacías del desierto.

Cal y roca y olor a tierra mojada

después de un árido verano. Se despierta en mí el deseo

de ser lo que sería de no haber sabido lo que es sabido.

De ser anterior al conocimiento.

Como las colinas. Como una piedra en la superficie

de la luna. Inerte, silencioso y seguro

de que estaré tiempo en exposición.


lunes, 23 de julio de 2012

Jaime Labastida


La realidad y el sueño

Espesa turbulencia preside mis palabras.

Para mí, tú eres aún una doncella.

Dentro de mí, habito un nido de fantasmas,

un lecho de cigarras, casi un cielo infantil.


Tomándote los pechos, jugamos a ser niños.

Ríes. Rozo apenas tus párpados.

Inocente me miras.

Yo te beso en la boca y tu misterio se abre,

ávido de abrazos.

Mi cuerpo se abre en cruz.

Nuestras manos se estrechan.

Tu palpitante corazón deshoja mis latidos.

Dicen ser esto la alegría.

Yo te estrecho,

yo te estrecho.

Somos los dos turbias
bestias
crucificadas
en los brazos del otro.



El antiguo ensueño azul se desbarata.

He aquí la vida, hermosa y dura.

*****

Sobre el invierno

Bajo mi torso sonreías,

bajo mi abrazo.

Bajo mis ascendentes escaleras,

bajo las nupcias que a tu lecho llevan.

No es sombra ya mi corazón hecho badajo
que golpea la campana de mi tórax.

Mis huesos quieren descoyuntarse,

salirme enfurecidos hacia arriba,

abandonarme.


Mis huesos quieren danzar
en ritmos de alegría.

Y es que tengo con tu pasión queveres.


Tengo a tu cintura aprisionada.

Y un cielo azul muy duro
anuncia a nuestros vientos el invierno.

*****

3. No hay sitio en el que pueda...

No hay sitio en el que pueda

apoyar la sombra de mis pies

del que no brote sangre
coagulada en piedra,

esqueletos del aire abrazados al limo.

De muerte y barro antiguo mi alimento.

Y nosotros, ceniza.

Cuando toco tu torso

hay algo que se quiebra.

Cuando estrecho la mano del amigo,

siento que crujen
arquitecturas de cristal y hielo,

que los pinos se hienden.

Parece dialogara con ausentes:

galopa, cráneo adentro, la vigilia,

ánades furiosos baten mi cerebro.

No tengo paz,

ni soy feliz, ni nada.

¿Por qué esta mancha vegetal en la palabra?

Quizá arrebato esta mujer a otro hombre,

oh coágulo de tela, plumas, voces.



Cuando yazgo a tu lado, mujer,

brota un fantasma,

una mano sin huesos,

un cartílago muerto;

y entre mi boca y la tuya 

gritan y juran desahuciados hombres.

¿Cómo besar entonces

tu mirada de ola, tus axilas

definitivamente submarinas!

Parezco dormir sobre siniestros.

Riesgo es entonces la cosecha,
pequeña alcoba tu vida

que me duele, mujer,

en el constante insomnio.

domingo, 17 de junio de 2012

Jacques Dupin


El prisionero

Tierra mal abrazada, tierra yerma,
contigo comparto el agua helada de la jarra,
el aire de la reja y el camastro.
Sólo el canto insumiso
se vuelve más pesado aún con tus gavillas,
el canto que es guadaña de sí mismo.
Por una grieta en la pared,
el rocío de una sola rama
nos devolverá todo el espacio vivo,
estrellas,
si tiráis de la otra punta.

********

La alianza

¡Este lodo se secará!
Viendo la grieta de la tinaja, el estremecimiento de mi dolor en su ganga, sé
que vuelve el viento.
¡El viento que se dispersa y el viento que reúne, el incomprensible, el vivo! Ya
no dormiremos. Ya no dejaremos de ver. De alimentar el fuego.
¡Oscuro horizonte! Sólo arde el canto de un libro– cuando me aparto.

********

La inicial

Polvo fino y seco en el viento,
te llamo, te pertenezco.
Polvo, rasgo por rasgo,
que tu rostro sea el mío,
inescrutable en el viento.

********

La ola calcárea y la blancura del viento…

La ola calcárea y la blancura del viento
Atraviesan el pecho del durmiente
cuyos nervios inundados palpitan abajo
y sostienen los jardines espaciados
y apartan las espinas y prolongan
los acordes de los instrumentos nocturnos
hacia la comprensión de la luz
y de su destrucción.
su pasión bifurcada en el yunque
respira
como el trueno
sin alimento ni vino entre los enebros
de la pendiente y el desbarrancadero le insufla
un aire oscuro
para compensar la violencia del lazo

lunes, 11 de junio de 2012

Nicanor Parra


La doncella y la muerte


Una doncella rubia se enamora 

De un caballero que parece la muerte.

La doncella lo llama por teléfono 

Pero él no se da por aludido.

Andan por unos cerros
Llenos de lagartijas de colores.

La doncella sonríe
Pero la calavera no ve nada.

Llegan a una cabaña de madera,

La doncella se tiende en un sofá
La calavera mira de reojo.

La doncella le ofrece una manzana
Pero la calavera la rechaza,

Hace como que lee una revista.
La doncella rolliza

Toma una flor que hay en un florero
Y se la arroja a boca de jarro.

Todavía la muerte no responde.

Viendo que nada le da resultado
La doncella terrible

Quema todas sus naves de una vez: 

Se desnuda delante del espejo,
Pero la muerte sigue imperturbable.

Ella sigue moviendo las caderas
Hasta que el caballero la posee.


Mujeres

La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,
La señora de mármol de Carrara
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse

Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámara nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudó por simpatía
Porque le encanta la música clásica
La pelirroja que se fue de bruces,
La que sólo se entrega por amor
La doncella que mira con un ojo,
La que sólo se deja posee
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los órganos sexuales,
La que se une sólo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo)
La mujer que se entrega porque sí
Porque la soledad, porque el olvido...

La que llegó doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(Ella no quiere nada con el falo)
Todas estas valkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacándome de quicio.


Para que veas que no te guardo rencor

Te regalo la luna
seriamente -no creas que me estoy burlando de ti: 

te la regalo con todo cariño
¡nada de puñaladas por la espalda!
tú misma puedes pasar a buscarla
tu tío que te quiere
tu mariposa de varios colores
directamente desde el Santo Sepulcro.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Guy Goffette

Celos

Durante la noche, cada vez más seguido
baja a la cocina,
donde fuman en silencio ante la luna
las estatuas que el día relega entre los muebles,
la ropa entre ese montón de cosas
traídas de fuera y destinadas al olvido.
No enciende la luz; se instala en su claridad
como un cliente entre las chicas,
Y les habla con una voz triste y suave
de su mujer que se entrega allá arriba, en su propia habitación,
a grandes señores invisibles y mudos
-y soy yo el que cuida los caballos, dice, mostrando
la espesa crin de oro enredada
en su anular.

*****

(Es poco decir…)

Es poco decir que no vivimos
en la luz, que cada paso
es una caída de Ícaro, y no hay día,
no hay ruido, no hay paso
que no nos erijan en propietarios 
de nada –los dioses mismos perdieron la herencia
del viento y ahora sus voces dan vueltas en redondo
mientras el cielo se abre las venas
en los cuatro horizontes de la habitación
y las hojas se inclinan
para recibir, con el oro y la mirra,
el incienso azul que sube de la tierra.

*****

(Sí, yo también me decía…)

Sí, yo también me decía: vivir es otra cosa
que este olvido del tiempo que pasa y de los estragos
del amor y la usura –eso que hacemos
día y noche: surcos en el mar,

en el cielo, en la tierra, sucesivamente pájaro,
pez, topo, en fin jugar a agitar el aire,
el agua, el polvo, los frutos; haciendo de,
ardiendo por, marchando hacia ¿cosechando qué?

El gusano en la manzana, el viento en los trigales
porque todo cae otra vez, porque todo vuelve
a empezar y nada es idéntico a lo que fue,
ni peor, ni mejor,

que no cesa de repetir: vivir es otra cosa.

*****

(Ella dice: no hables…)

Ella dice: no hables, si vienes para quedarte.
Basta con la lluvia y con el viento entre las tejas,
basta con el silencio que se apila en los muebles
como capa de polvo, tras los siglos sin ti.

No hables todavía. Sólo escucha lo que fue
un acero en mi carne: cada paso, una risa
a lo lejos, el perro que ladra, la cancela
que bate y el tren que no acaba de pasar

sobre mis huesos. Guarda silencio: no hay nada
que decir. Deja que la lluvia vuelva a ser lluvia,
y el viento, esa marea bajo las tejas, deja

que el can grite su nombre en la noche, que bata
la cancela, que a ese lugar de muerte se vaya
lo ignoto. Quédate si vienes para quedarte.

miércoles, 25 de abril de 2012

Nicanor Parra. Premio Cervantes 2011


Cartas a una desconocida



Cuando pasen los años, cuando pasen 

los años y el aire haya cavado un foso 

entre tu alma y la mía; cuando pasen los años
y yo sólo sea un hombre que amó, 

un ser que se detuvo un instante frente a tus labios, 

un pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿dónde estarás tú? ¡Dónde 

estarás, oh hija de mis besos!


El hombre imaginario



El hombre imaginario

vive en una mansión imaginaria

rodeada de árboles imaginarios

a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios

penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias

que representan hechos imaginarios

ocurridos en mundos imaginarios

en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias

sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias

vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias

a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar

el corazón del hombre imaginario.


Hasta luego

Ha llegado la hora de retirarse
Estoy agradecido de todos
Tanto de los amigos complacientes
Como de los enemigos frenéticos
¡Inolvidables personajes sagrados!
Miserable de mí
Si no hubiera logrado granjearme
La antipatía casi general:
¡Salve perros felices

Que salieron a ladrarme al camino!
Me despido de ustedes
Con la mayor alegría del mundo.
Gracias, de nuevo, gracias
Reconozco que se me caen las lágrimas
Volveremos a vernos
En el mar, en la tierra donde sea.

Pórtense bien, escriban
Sigan haciendo pan
Continúen tejiendo telarañas
Les deseo toda clase de parabienes:
Entre los cucuruchos
De esos árboles que llamamos cipreses
Los espero con dientes y muelas.

domingo, 11 de marzo de 2012

Jorge Luis Borges


LABERINTO

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existo. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.


LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido
no sabrán nunca que nos hemos ido.


DE QUE NADA SE SABE

La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas
es instrumento de Otro. Lo ignoramos;
darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
y la trunca plegaria que iniciamos.
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Wislawa Szymborska (1923-2012)


La poeta y crítica literaria Wislawa Szymborska, fallecida hoy en Cracovia y en cuya creación son temas recurrentes la memoria, la belleza y la condición humana, nació en Kornik, en la región de Poznan, el 2 de julio de 1923.

De su poesía se desprende una consideración antropológica basada en la finitud humana, en la debilidad del hombre frente a la naturaleza, con el hombre en el centro de sus interrogantes, retomando de esa forma la tradición de la poesía realista polaca. (fuente ABC)

Vietnam

Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.

¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.

¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.

¿Desde cuándo te escondes? -No sé.

¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé.

¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.

¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.

¿Existe todavía tu aldea? -No sé.

¿Éstos son tus hijos? -Sí.


*****

Si acaso

Podía ocurrir.

Tenía que ocurrir.

Ocurrió antes. Después.

Más cerca. Más lejos.

Ocurrió; no a ti.

Te salvaste porque fuiste el primero.

Te salvaste porque fuiste el último.

Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.

Porque hacía sol.



Por fortuna había allí un bosque.

Por fortuna no había árboles.

Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,

un marco, una curva, un milímetro, un segundo.

Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.

Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.

Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,

a un paso, por un pelo,

por casualidad,

¡Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía entreabierto?

¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto?

No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.

Escucha
cuán rápido me late tu corazón.

*****

La habitación del suicida

Seguramente crees que la habitación estaba vacía.

Pues no. Había tres sillas bien firmes.

Una lámpara buena contra la oscuridad.

Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.

Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.

Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.

¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?

Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.

Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.

Alegría, divina chispa.

Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador

tras las fatigas del canto quinto.

Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas

sobre lomos bellamente curtidos.

Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.



No parecía que de esta habitación no hubiera salida,

al menos por la puerta,

o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.

Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.

Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.

Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.

Y si yo te dijera que no había ninguna carta.

Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos

en un sobre vacío apoyado en un vaso.