viernes, 31 de agosto de 2007

Grupo salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969) (I)


Con esta película Peckinpah nos retrata un mundo que está a punto de cambiar radicalmente, corre el año 1911, un cambio que va a llenar las cunetas de desclasados, de individuos que ya no caben en ese nuevo mundo, antiguos héroes ahora convertidos en forajidos despojados ya del halo de la leyenda. Hombres rudos, duros, curtidos, con un especial sentido del honor y con una comprensión acerca de lo que significan la vida y la muerte que ya no son más que retratos sórdidos de un mundo en el que la violencia es la única respuesta.


En este western crepuscular ya no hay buenos ni malos, las fronteras ya no existen y el denominador común es el de la violencia desatada, descontrolada, fuera de toda regla, y donde acabamos de ponernos del lado de unos, la banda de Pike Bishop, por exclusión, porque los otros son peores. Los que están del lado de la ley no son más que una banda de desarrapados, caza recompensas sin escrúpulos, que se comportan como auténticos buitres, mientras que la patulea de Mapache no son más que delincuentes, que asaltan poblados, roban, matan, y no conocen más ley que la del capricho de su “general”.


La cámara de Peckinpah va sacando, a veces con una lentitud que aumenta el dramatismo de las escenas, lo peor de todos y cada uno de los personajes, en un mundo en el que no hay sitio para la esperanza y en el que incluso los niños son presentados como unos seres bañados en violencia. Estremece el inicio de la película cuando vemos a un grupo de niños que están disfrutando viendo como una horda de hormigas carnívoras atacan y devoran a unos escorpiones para luego poner paja encima y prenderle fuego. Niños que observan como los adultos se matan unos a otros, niños que sumen esos comportamientos en sus juegos y que incluso les lleva a convertirse en niños soldado capaces de matar, como ocurre en la catártica escena final.



Toda la película destila un sabor agrio, de una melancolía bañada en sangre que se abre y se cierra con brutalidad en una estructura circular que comparte con la espiral de violencia que recorre toda la película, porque es sabido que la violencia tan sólo engendra más violencia y eso se ve muy bien en esta obra genial en la que la única salida de redención, si ello fuera posible, que tienen sus protagonistas es precisamente el suicidio, un último gesto de camaradería, de venganza porque hay formas y formas de matar y de morir.



Porque también es una historia de honor, de amistad, de fidelidad a la palabra dada, aunque lo importante es a quien se le da porque en eso también hay una peculiar escala de valores. Si se puede rematar con frialdad a un compañero de cabalgada cuando no puede seguir el ritmo del resto, o dejar abandonado a un amigo herido para salvar al grupo sin sentir el menor remordimiento, no se puede consentir que se mate a un camarada de una manera fría y despiadada, de forma innecesaria. Eso les conducirá hacia un final que no puede ser otro, mientras que Thorton (ex compañero de fechorías que ahora les persigue con saña) y Sykes se reencuentran en medio de la desolación.


Los cuatro caminan hacia la muerte con paso firme, en una escena que estremece al espectador. Con todo el fatalismo vemos como el dolor y sus torturadas naturalezas caminan junto a ellos con paso firme, sin vacilaciones, conscientes de lo que va a ocurrir en un último, tal vez el único, acto heroico, con un aire trágico, apocalíptico y sobre todo de enorme lucidez de unos personajes que se enfrentan sin escudo alguno, a pecho descubierto, con su soledad y con su saberse fuera de un mundo que ya no es el suyo.

Grupo salvaje (The wild bunch, Sam Peckinpah, 1969)


- Dime una cosa, Harrigan. ¿Qué se siente que le paguen a uno? ¿Qué te paguen por estar ahí sentado y contratar a otros para que maten respaldados por la ley? ¿Qué se siente dirigiendo la caza legalizada del hombre?
- Satisfacción.
- Maldito hijo de perra.
- Dispones de 30 días para atrapar a Pike o volver a Yuma. Tú eres mi Judas preferido, querido Thorton. Treinta días para atrapar a Pike o treinta días para volver a Yuma. Aquí los quiero a todos cabeza abajo sobre la montura.

Thorton (Robert Ryan) y Harrigan (Albert Dekker)

- Hay mucha gente Dutch que no aguanta que se les demuestre que se equivocan.
- Orgullo.
- Y jamás pueden olvidarlo. El orgullo les impide aprender de sus errores.
- ¿Y nosotros, Pike? ¿Crees que hemos aprendido algo al equivocarnos hoy?
- Espero que haya sido así.

Pike (William Holden) y Dutch (Ernest Borgnine)

- Va a conseguir que nos maten a todos. Voy a librarme de él ahora mismo.
- No te vas a librar de nadie. Seguiremos todos juntos como siempre hemos hecho. Cuando uno se mezcla en un lío de éstos es hasta el final, si no quieres seguir eres peor que un animal y estás acabado ¡Estamos acabados! ¡Todos!

Tector (Ben Jonson) y Pike (William Holden)

- Eso sí que se me hace difícil de creer.
- No tan difícil. Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros. Tal vez los peores más que nadie.

Pike (William Holden) y don José (Chano Urueta)

- Le han dado. Parece que está gravemente herido.
- ¡Maldita sea ese Dick Thorton!
- ¿Qué harías tú en su lugar? Ha dado su palabra.
- Le dio su palabra a un ferrocarril.
- ¡Es su palabra!
- ¡Eso no importa! ¡Lo que importa es a quien se le da!

Pike (William Holden) y Dutch (Ernest Borgnine)

miércoles, 29 de agosto de 2007

Guy Bourdain


Fotógrafo de moda adorado por el Vogue francés. Un autor clave en la transformación de la fotografía de moda, Bourdin construyó escenarios de peligro sexual y de un encanto sádico, de una emoción voyeurística y una pasión homicida. Los cuerpos estilizados de unas mujeres que más parecen maniquíes, son colocadas en unas situaciones que parecen sacadas del porno suave en unas atmósferas oscuras equivalentes a las que Hitchcock conseguía en sus películas. Suicidio, asesinato, y sexo equivocado planean como amenazas sobre la mayoría de sus imágenes.

Es impactante ver las fotografías de las formas y los ritmos inmóviles del paisaje de Normandía que él conoció de niños. En blanco y negro consigue unas imágenes abstractas, poéticas, mientras que en sus Polaroid las casas, carreteras, vallas, árboles, muros, y la playa forman parte del escenario que retrata.

En sus fotos refleja de forma consciente la atención que ponía en los puntos de encuentro entre el deseo y la muerte, el placer y el dolor.

(Extracto de un artículo publicado en el periódico británico The Guardian, con motivo de una exposición sobre este fotógrafo)

Bourdain es reconocido por sus escenas misteriosas, teatrales y ambiguas. Fue uno de los primeros fotógrafos en poner la atención en el total de la imagen y no sólo en el producto que tenía que ser promocionado. Su fotografía narrativa explotaba las connotaciones sexuales, los tabúes sociales y las alusiones a la muerte y la violencia como nunca antes se había visto.

martes, 28 de agosto de 2007

Teresa Mendoza (Arturo Pérez Reverte)

Acabo de separarme de una mujer con la que conviví durante dos años y medio. Las últimas semanas han sido grises y tristes, porque ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros de forma anunciada e irremediable. El final llegaba sin estridencias, sin señales espectaculares, callado como una enfermedad o una sentencia sin apelación. Todo moría poquito a poco, en la rutina final de cada día. Despacio. Y me parece mentira. Al principio, cuando esa mujer entró en mi vida, todo era deslumbramiento, expectación. Ansiaba conocerlo todo de ella, tocar su piel y oler su cabello, vivir como propios su infancia, sus sueños, su memoria. Oír su voz y el rumor de sus pensamientos. Y así lo hice. Durante todo este tiempo anduve sumergido en ella. Y ahora, justo cuando se va, la conozco mejor que a mí mismo. Sé cómo pelea, cómo sufre, cómo ama. Identifico sus heridas, porque fui yo quien se las infligió deliberadamente, una por una. Sé cómo ve el mundo, la vida y la muerte. Cómo ve a los hombres. Cómo me ve a mí. No podía ser de otro modo porque, aunque ella siempre estuvo ahí, en alguna parte esperando que se cruzaran nuestras vidas, fui yo quien en cierto modo la convirtió en lo que ahora es. Nadie pone lo que no tiene. Y de ese modo llegué a reconocerme en sus gestos, palabras y silencios como si contemplara mi imagen en un espejo.

Ahora todo terminó. Hemos estado por última vez frente a frente, mirándonos a los ojos, y al fin la he visto fuera, lejos. Completamente extraña, como si su vida y la mía discurrieran por caminos distintos. Y lo singular es que al advertir eso no experimenté dolor, ni melancolía. Sólo una precisa sensación de alivio infinito, e indiferencia. Eso es tal vez lo más singular de todo: la indiferencia. Después de haber ocupado durante veintinueve meses la totalidad de mis días y noches, la miro y no siento absolutamente nada. Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de ella, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud la conozco mejor que a ninguna otra mujer en el mundo, resulta que ya no me importa. Es como si se quedara de pronto atrás, a la deriva, o se alejase por caminos que me son ajenos, y me diese igual lo que sufra, a quién ame, con quién viva, cómo sienta o como muera. Esa mujer ya no es asunto mío, y eso me hace sentir egoístamente limpio y libre. Es bueno, decido, poder desprenderse de esa forma de pedazos de tu vida, dejándolos atrás como quien se desembaraza de algo viejo e inútil. Una automutilación práctica. Higiénica.

Sé que el mundo es un pañuelo, y que voy a tropezarme muchas veces con su fantasma en las próximas semanas. Amigos y desconocidos me hablarán de ella y tendré, a mi vez, que dar explicaciones al respecto. Esto y aquello. La quise. Me quiso. Etcétera. Nuestros caminos se cruzarán sin duda en librerías, aeropuertos, páginas de diarios. Intentaré dejarla lo mejor posible, claro. Hablaré de nosotros como si todavía me importara, o como si mi vida girase todavía en torno a sus palabras, sus pensamientos, sus odios y sus amores. Lo haré echándole buena voluntad, lo mejor que sepa. Y casi todos pensarán: hay que ver cómo la quería. Cómo la quiere. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir. Cuando cada momento era una hoja en blanco, y ella un enigma que parecía indescifrable. Callaré el resto: la soledad, el hastío, la indiferencia del final, cuando ya nada quedaba por descubrir, por vivir, por imaginar. Cuando todo estaba consumado, y nos situábamos cada día y cada noche uno frente a otro con la intención, el deseo, de terminar de una vez. De agotarnos y olvidarnos.

Ahora, al fin, esa mujer me ha dejado para siempre. Hizo la maleta en su último amanecer gris y acaba de irse sin mirar atrás, el pelo recogido en la nuca, muy tirante y con la raya en medio, su semanario de plata mejicana tintineándole en la muñeca derecha. No la echo de menos, y tampoco creo que ella lamente perderme de vista. Es hora de que viva su propia vida, y lo sabe. Durante todo ese tiempo me esmeré en prepararla para eso. Y en el fondo tiene gracia: me rifé en ella el talento, la piel y la vida, y ahora la veo irse y no siento emoción ninguna. Sin duda pronto la encontraré en manos de otros, y la verdad es que no me importa. Antes de marcharse entornando despacio la puerta para no hacer ruido –yo estaba inmóvil, fingiendo que dormía-, dejó sobre la mesa una raya de coca, una botella de tequila y una copa a medio vaciar, y en el estéreo una canción de José Alfredo Jiménez. Cuando estaba en las cantinas, dice la letra, no sentía ningún dolor. Ahora termino de teclear estas líneas, me levanto y apago la música. Qué cosas. Por qué diablos tendré un nudo en la garganta. A fin de cuentas, sólo se trataba de una novela más.

Incluido en No me cogeréis vivo. Recopilación de artículos de Arturo Pérez Reverte publicados entre 2001 y 2005. Alfaguara 2005.

lunes, 27 de agosto de 2007

El pianista del Sheraton (Arturo Pérez Reverte)



El hombre del piano. Ana Belén.

Se llamaba Emilio Attilli, era bajito, educado y pulcro, y parecía recién salido del viejo celuloide: cincuentón, bigote fino y recortado, pelo teñido peinado hacia atrás con esmero, chaqueta blanca con pajarita y zapatos de dos colores. Tocaba el piano en el bar del Sheraton de Buenos Aires en unos tiempos agitados en que por allí circulaban individuos de variopinto y siniestro pelaje: torturadores profesionales, traficantes diversos, periodistas, montoneros supervivientes, chivatos de la policía, prostitutas de lujo y turistas gringos. Ajeno a todo ello, cruzando entre as mesas como si su impoluta chaqueta blanca lo preservara del ambiente, Emilio Attilli llegaba cada noche ante su piano, y durante cuatro o cinco horas interpretaba melodías lentas y tiernas, de esas que sirven para acompañar el tercer martín de la noche porque hablan de amores perdidos, tristezas infinitas y nostalgias.

En realidad tocaba sobre su propia vida. A esa hora en que los camareros barren el suelo y colocan las sillas sobre las mesas, Emilio Attilli se soltaba la pajarita del cuello y sonreía, melancólico, recodando su juventud en la orquesta de Xavier Cugat, Hollywood, Las Vegas, los casinos de La Habana precastrista. Sus recuerdos eran dilatados y brillantes: había conocido a las estrellas del cine, a los astros de la canción. Había amado –aquí la sonrisa se acentuaba, a un tiempo vanidosa y discreta– a una conocida y bellísima actriz cuyo nombre, Rita, sólo pronunciaba en voz baja cuando al filo de la madrugada, el alcohol, el humo de los cigarrillos y la compañía le arrancaban jirones agridulces de la memoria.

Las chicas, las prostitutas de lujo que andaban a la caza en el bar del hotel, lo adoraban. Las trataba con exquisita cortesía, igual que a las otras, las presuntamente respetables. Durante las horas de espera, sentadas a una mesa al acecho de un hombre de negocios o de un traficante de misiles Exocet que les arreglara la noche en dólares, las mujeres, algunas de ellas maduras bellezas, bebían sus refrescos escuchando El tiempo pasará, o Fascinación con la mirada fija en la inmaculada espalda blanca o el perfil latino del viejo pianista. Creo que las hacía soñar, que les devolvía parte de su propia estimación. En ocasiones, cuando una de ellas bajaba tras un intercambio comercial satisfactorio, le mostraba su simpatía en forma de copa de champaña que un camarero depositaba junto al teclado y Emilio Attilli, sin dejar de tocar, agradecía con una leve inclinación de cabeza y una levísima, casi imperceptible sonrisa que le torcía un poquito aquel bigote suyo que, según afirmaba, le había copiado descaradamente, décadas atrás, su amigo Clark Gable.

Tocaba por cuatro pesos y vivía en una oscura pensión de la calle Corrientes. Era tímido y pacífico, pero una vez le vi negarse a interpretar el himno patriótico que le exigía un comandante de paisano ostentoso y borracho, e invariablemente rechazaba las copas ofrecidas por los clientes que no le caían bien, incluidos millonarios y policías. Durante los tres meses que lo traté, jamás escuché de sus labios una opinión a favor o en contra de nada, hacia los demás o hacia sí mismo. Tan sólo, tras cerrar la tapa del piano, entornaba los ojos, encendía un cigarrillo americano, y recordaba. “La dignidad de cada uno –dijo en una ocasión– son sus recuerdos”. Y bebía en silencio, sosteniendo entre los dedos el tallo de su copa de champaña o martín, mientras los camareros barrían el suelo entre bostezos y alguna furcia solitaria lo observaba desde la última mesa, diciéndose quizá que, en otro tiempo y en otro lugar, tal vez en otra vida, aquel pianista cincuentón, menudo y amable la hubiera hecho feliz.

Volví, años después, al bar del Sheraton, para encontrar un nuevo pianista. Nadie supo decirme qué había sido del otro, y nunca supe el nombre de la pensión de la calle Corrientes donde tal vez quedase noticia de su paradero. Como tantas cosas, la imagen de Emilio Attilli está ahora suspendida en mi pasado, uno más de esos fantasmas que llevas contigo y que a veces acuden de forma imprevista a su cita con la ternura y la memoria.

No sé si mi amigo el pianista del Sheraton tenía importancia suficiente para justificar este artículo. Tal vez –sospeché siempre– su Hollywood fue imaginario y su nombre sólo apareció impreso en pequeños programas de cabarets y hoteles a tanto la hora. Pero si, como él decía, la dignidad son los recuerdos, sus recuerdos eran hermosos y bien merecen estas líneas. Eso es más de lo que puede decirse de muchos hombres y mujeres que conozco.



As time goes by. Casablanca.

martes, 21 de agosto de 2007

Walter Gropius (Berlín, 1883- Boston, 1969)


El hecho de no saber dibujar no impidió a este arquitecto alemán convertirse en una de las figuras más transcendentales de todo el siglo XX y con extensión a este siglo XXI, tanto a través de los edificios que salieron de su fecunda creatividad, como, sobre todo, gracias a la escuela que fundó en 1919 y que bautizó como Escuela de Arquitectura Bauhaus, al frente de la cual se mantendría a lo largo de casi una década.

La importancia de la Bauhaus (Casa de Construcción, en su traducción del alemán, foto 2) necesitará de otro artículo monográfico, con lo que aquí me limitaré a señalar que esta escuela (cerrada por los nazis en 1933, como no) en la que se fundían arquitectura, diseño, artes plásticas para generar unas estéticas rabiosamente modernas durante todo el tiempo que permaneció abierta de las que todavía somos deudores hoy en día. La idea que regía esta escuela era la de la Construcción de la Obra de Arte Total.


Además de sus carencias a la hora de plasmar en papel sus proyectos, Gropius nunca obtendría el título de arquitecto al abandonar sus estudios en 1907 cuando estaba en la Universidad Berlín-Charlottenburg. Gracias a una recomendación entró en el taller de Peter Behrens para ejercer como asistente y director de obras. De Behrens, conocido por sus trabajos para la firma AEG, Gropius aprendió a utilizar las herramientas del trabajo arquitectónico y también a mantener una forma de pensar abierta e integradora que luego tomará forma definitiva en la Bauhaus.

Una de las obras que más fama le daría a nuestro arquitecto, diseñada junto con su socio Adolf Meyer, tendría que ver con la arquitectura industrial, al tener que levantar una serie de edificios para la Fábrica Fagus (1911-1925, foto 1). A ellos se les pidió que definieran el aspecto artístico del complejo fabril concentrando sus esfuerzos en las fachadas y en los espacios interiores. Al exterior del edificio de oficinas, de tres plantas y cubierta plana, le aplicaron unas soluciones que se convertirían en históricas, especialmente por la utilización de amplias superficies acristaladas, apoyados en los nuevos sistemas constructivos de hormigón, generando unos muros-cortina que contribuyen poderosamente a la sensación de ligereza y esbeltez del edificio, una solución que hoy es de lo más habitual.

En sus viviendas urbanas las ideas de Gropius tienen que ver con el máximo protagonismo posible de la luz natural, un espacio exterior que no constriña a la edificación, y con una búsqueda de la integración de la arquitectura en un paisaje que busca dar protagonismo a los elementos naturales (árboles y superficies verdes en general), ya que una de sus máximas era la de que sólo podemos dominar a la naturaleza si empezamos por obedecerla. Son obras en las que se combina el rigor clásico con una proporcionalidad en los volúmenes, generando, al mismo tiempo, un dinamismo que va a ser definitorio de su estilo. Bloques macizos articulados con libertad sobre un terreno que no se siente invadido y que terminar por aceptar esos elementos artificiales como una parte más del paisaje.

En los años anteriores a la subida de Hitler al poder, la obra de Gropius se centró en la construcción de viviendas baratas, especialmente en la zona de Dessau, donde también construirá la oficina de empleo en la que rompería con la tradición que había en Alemania y Francia de revocar las paredes con estuco, material que sustituyó por el ladrillo, configurando un edificio de extremada elegancia que le colocó por méritos propios en el olimpo de la composición arquitectónica abstracta.


Luego llegaría el salto a los Estados Unidos, país en el que, junto con Mies Van der Rohe, fue una figura fundamental en el cambio de mentalidad arquitectónica que experimentó aquella nación a lo largo de los años 30 del siglo XX. Gropius llegaría a ser el director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard y fundará en 1945 el estudio The Architects Collaborative, el famoso TAC, a través del cual realizará, entre otras obras, la embajada USA en la capital griega, la Universidad de Bagdad y el edificio de la compañía aérea Pan American en Nueva York.

Antes de eso, también trabajó en Inglaterra donde le dio tiempo a modificar los esquemas tradicionales de la arquitectura destinada a fines educativos, para, después de la guerra, ver como su país natal recuperaba su figura a través de una exposición internacional primero, y a través del encargo al TAC de un edificio de viviendas en Berlín 1957, en un solar con abundante vegetación. Edificio de planta ligeramente cóncava, forma que se continúa en los balcones de las viviendas configurando una fachada muy atractiva visualmente. Eso y el hecho de ser un bloque muy bien integrado en el paisaje de un barrio del que se convirtió en el principal foco de atracción visual, no impidió que algunos críticos fueran bastante duros en sus juicios.

jueves, 16 de agosto de 2007

Goran Bregovic



Bubamara


La playa de Poniente es el lugar en el que se desarrollaron los conciertos de la semana grande de fiestas de Gijón, y allí pude asistir al concierto más increíble de todos los que he tenido la oportunidad de ver. Y es que desde la antigua Yugoslavia vino el mismísimo Goran Bregovic con su Banda de Bodas y Funerales, compuesta esta vez por siete instrumentistas de viento metal serbios, dos cantantes búlgaras, un cantante y percusionista cuyo nombre no entendí, y el bosnio de Sarajevo, Goran Bregovic, a la guitarra.

A la hora de inicio del concierto no éramos muchos los que estábamos allí sabiendo lo que íbamos a escuchar, pero según fueron pasando las canciones, el público se congregó a centenares atraído sin duda por el magnetismo de una música que podríamos calificar de telúrica, una música en la que se resumen siglos de historia fundidos en un crisol que recorre de punta a punta los Balcanes hasta llegar a los ritmos del rock contemporáneo.

Ritmo desenfrenado, impetuoso, casi como si de una carga de caballería se tratara, fue lo que ofreció Goran desde los primeros acordes hasta el final, salvando una parte al inicio de la segunda hora de concierto, en la que los temas lentos prevalecieron para mostrar todo el poder de evocación que tienen las voces búlgaras, pasando por aquella canción que cantara Iggy Pop en la banda sonora de Arizona Dreams titulada In the death car. Los pelos de punta dejaron las mujeres búlgaras en Aven Ivenda, un tema de una enorme belleza basada en la sencillez, en la que la voz es la protagonista absoluta. Sensacional Ausencia aunque es imposible no acordarse de la voz de Cesaria Evora.

Ese fue el único momento de respiro que concedió al público en un directo fabuloso, cargado de electricidad que incluso tuvo el poder de ahuyentar a una lluvia que amenazaba con hacerse presente. Los cuerpos ya se habían contagiado de un ritmo imposible de ignorar, en el que los sonidos parecían llegar desde muy lejos cargados con toda la magia de oriente.



Ederlezi

Conocida es la atracción que siente Goran por la música de los gitanos balcánicos, eso unido a las composiciones y letras tradicionales, con complejas polifonías y todo ello batido y agitado con un punto de rock, para generar un resultado absolutamente original, personal.

Todo el esplendor y la tragedia que definen a los Balcanes tomó cuerpo de música, con un adelanto de su último disco, que algún crítico ha definido como ópera naif, y que lleva por título Karmen with a happy end. La música de Bregovic, si se escucha con detenimiento, contiene alegría de vivir, ternura, pero también dolor, incluso los temas que se tocan en los funerales tienen ese aire de despedida y también de optimismo ante la vida que continúa. La pequeña demostración que hizo sobre los temas que se tocan en los funerales de los pobres y de los ricos creó un momento muy divertido.

Alegría de vivir, ganas de pasarlo bien incluso cuando el momento no es el mejor, optimismo, y necesidad de compartir eso con quien se tiene más cerca son sensaciones que uno tiene cuando escucha esta música.

Acaba el concierto y la gente no abandona, aplaude, silba, grita pidiendo más, y Goran lo da. Otra media hora de concierto con un tema que según dijo le gusta cantar cuando bebe como es Artillería, una canción que tiene que ver con la Primera Guerra Mundial, y que cantó acompañado por un vaso de licor ambarino que uno diría que era whisky.

Lo mejor lo dejó para el final, cierre de absoluto lujo, ya con el público totalmente entregado, y gritando, como había pedido el maestro de ceremonias, la expresión “Al ataque” después de un toque de trompeta que recordaba a los de la caballería de las películas del oeste, para dar paso a los acordes del archifamoso Kalasnjikov, un tema dedicado con ironía a la gentes que en su país adora las armas.

Esa ya fue la catarsis colectiva final de un concierto de los que no se olvidan. La música y la vida se dieron la mano en una noche acunada por el sonido del mar.



Kalasnjikov. Montreal

martes, 14 de agosto de 2007

Adiós hermano cruel (Julio Bocca)



Ensayo de Adiós hermano cruel. Julio Bocca y Eleonora Cassano.

Dos años lleva el extraordinario bailarín argentino Julio Bocca retirándose de los escenarios. Gira de despedida que le trajo hasta el Teatro Jovellanos de Gijón. El adiós definitivo será el próximo 22 de diciembre con un espectáculo al aire libre en la capital argentina.

Antes de eso nos dejó en la memoria los últimos coletazos de un genio, los últimos dibujos en el aire, la magia efímera de un espectáculo en el que los bailarines se vuelven ingrávidos en medio de una escenografía de luz que libera todo el espacio para dejar vía libre a la tragedia, para teñirse de color sangre en la culminación de una tragedia de incesto, venganza y muerte.

La historia está basada en la película del mismo título del italiano Giuseppe Patroni Griffi (1972), quien, a su vez, toma el argumento de una tragedia de los tiempos isabelinos, que se desarrolla en la ciudad de Mantua durante el Renacimiento titulado Pitty she is a whore (Lástima que sea una puta) de John Ford (1633).

Marco (Julio Bocca) y Lucía (Cecilia Figaredo) son hermanos, y Franco (Lucas Oliva) y Pedro (Lucas Segovia) son sus amigos. Forman un grupo de amigos que comparten juegos hasta que la vida les hace cambiar los caminos. Marcos irá por las letras, Franco por las armas y Pedro por la religión. Al paso de 10 años se produce el reencuentro, y Marco y Lucía descubren que aquella primera pasión adolescente se ha convertido en un amor adulto que finalmente consuman con el resultado del embarazo de Lucía.

Su padre le exige que se case y elegirá a Franco, enamorado de ella desde siempre; pero Franco descubre que ella no es virgen y además está embarazada lo que desatará su cólera. La única salida que queda a los amantes, en virtud de un viejo juramento, es que Marco quite la vida a su hermana. Luego reconocerá su acción ante la familia lo que desencadena la tragedia cuando Franco decida vengarse en toda la familia dejando a Marco para el final. Sobre un fondo de muerte y desolación, el pasado viene a atormentarle.

Todos los ingredientes de las tragedias de Shakespeare se dan cita en este espectáculo: amores imposibles, celos, venganza y muerte. No hay esperanza para los amantes y las heridas del orgullo sólo se pueden lavar con sangre, el honor pide una satisfacción en un ambiente de reminiscencias medievales. En un espacio etéreo, hecho de luz proyectada sobre el fondo con un diseño muy cuidadoso y que nos sumerge con total eficacia en el ambiente de cada escena.

Escenas en las que la belleza, amable o dramática, está siempre presente gracias a los cuerpos de los bailarines que logran transmitir, sin palabras, toda la emoción y la tragedia de una historia que está más allá del reino de las palabras, al otro lado de la frontera en la que solo los cuerpos tienen capacidad para contar. Las palabras son innecesarias, inútiles, ante unos cuerpos que rompen el aire siguiendo la música de Lito Vitale.

Los cuerpos se hicieron aire y tierra, elevándonos a los espectadores a un mundo de pasiones desatadas, en estado puro, sin matices, con la mirada flotando por encima de esos oscuros abismos en los que laten los instintos más primarios, aquellos en los que el amor y el odio más intensos se tocan, se confunden, comparten fuerza y expresión.

Al final la tragedia se consuma con toda su crudeza y el recuerdo del pasado feliz lo llena todo de una pesadumbre infinita. El telón se cierra y un coro de aplausos rubrica el éxito, y nos marca el camino del regreso.

Sos grande don Julio.



Tango. Carlos Saura. Bailan Julio Bocca y Carlos Rivarola.

viernes, 10 de agosto de 2007

Circo del Sol. Alegría


Hace ocho años el Circo del Sol se presentaba en nuestro país, concretamente en Madrid, con su espectáculo Alegría, el mismo con el que está cerrando la gira europea en Gijón (con la inclusión de dos números nuevos en relación a aquel primero), donde estará hasta el próximo día 26, para luego dar el salto al continente iberoamericano.

Alegría es un espectáculo que busca recuperar la esencia tradicional del circo, a excepción de los animales, con números de acrobacia, contorsionismo y malabarismo, sin que falten los imprescindibles payasos, los personajes que tienen más que ver con el teatro y la música en directo.

Un montaje en el que el aire parece tomar la forma humana, donde lo que nos parece posible se torna real, y en el que la magia toma carta de naturaleza buscando que los espectadores nos traslademos a aquellos cuentos en los que la Dama de las Nieves aparece de blanco virginal y casi convertida en una muñeca de caja de música, con su contrapunto en la Dama de la Noche, siempre entre las sombras proyectando su imagen inquietante desde la distancia.
En un engarce sin fisuras entre los distintos números, los payasos tienen una presencia fundamental, con una pareja que juega como lo hacen los niños, desplegando un sentido del humor capaz de parodiar a todo y a todos, espectadores incluidos, alcanzando momentos realmente divertidísimos y tiernos al mismo tiempo. Magia en estado puro cuando un caballo-cebra de peluche se niega a seguir siendo gobernado por el humano, y se planta, y dice no a saltar un ridículo obstáculo. Dice no, rehúsa, toma sus decisiones y causa el regocijo general.

Aviones de papel de ida y vuelta, llevan y traen sueños etéreos también hechos del aire que los sustenta, y que sirve para recordarnos lo estúpido de vanagloriarse de nada porque siempre habrá alguien que tenga un avión más grande. También metáfora de un viaje que cabe en una gran maleta, mientras el sonido de un tren se va acercando y marca el ritmo de la despedida, de un adiós porque todo lo que empieza tiene un final. Y entonces llega el frío y una nieve de papelitos invade el escenario y las butacas, se oscurece con luz invernal, mientras el viento sopla y crea una atmósfera surrealista en una noche de agosto.

Fleur, un jorobado agarrado a su bastón y seguido por una cortejo que parece salido de una más qeu barroquizante corte versallesca, ejerce de silencioso maestro de ceremonias, de personaje que se mueve al límite de la maldad, mientras las luz toma cuerpo y acróbatas, contorsionistas y malabaristas asombran con su sublime habilidad. Destaca con luz propia el número de barras rusas (unas barras de un material elástico, sostenidas por dos personas, de 10 centímetros de ancho al igual que las barras de gimnasia) sobre las que ejecutan acrobacias de una dificultad máxima rompiendo el aire con posturas de enorme plasticidad y belleza.

La música en directo viene a subrayar cada uno de los momentos por los que pasa el espectáculo, con temas que tienen que ver con el jazz, el tango, el pop o la música judía de la Europa Oriental, con las Damas poniendo sus voces a unas letras construidas en base a sonidos más que a palabras.

Alegría es el segundo de los espectáculos que el Circo del Sol trae a Gijón, después de que hace unos años viniera con Saltimbanco, un montaje para mi gusto mucho más atractivo visualmente, más teatral en el sentido de que los personajes que no intervienen en los números tenían una presencia mucho mayor, e incluso musicalmente era más brillante, sin que eso suponga que Alegría no sea un espectáculo que no merezca la pena ir a ver. Ni mucho menos.

Pasen y vean el maravilloso mundo del circo.