Nacido en Francia de padres emigrantes de origen argelino, ese tener cada uno de los pies en un mundo diferente, es algo que nos ayuda a entender algo del repertorio conceptual de este artista que pasa temporadas en África, concretamente en el Congo y que también ha residido en Venezuela. Un artista de dos orillas, situado un poco en tierra de nadie, sin sentido de pertenencia claro a ningún territorio físico, que empezó su despegue artístico hace aproximadamente una década con una obra que tituló La piste d’aterrissage (La pista de aterrizaje, 1997-1999), en referencia al lugar de París en el que se prostituían los transexuales de origen argelino, personas que habían sufrido persecución en su país de origen y que ahora, en un país nuevo, sufrían otro tipo de rechazo que les dejaba como única vía de supervivencia el sexo mercenario.
El compromiso social, la crítica a un consumismo desaforado, a las políticas capitalistas que están acabando con el planeta, el drama de la inmigración ilegal, la marginación, el olvido diario a determinados colectivos, forman el universo creativo de Kader Attia, que tampoco renuncia a dotar a algunas de sus obras de un cierto sentido del humor.
Así en Black and White (Blanco y Negro), realiza unas figuras femeninas en actitud orante hacia la Meca, con la particularidad de que las figuras están realizadas con unos bidones de petróleo, en los que si nos acercamos, sin embargo, descubrimos que han sido utilizados para transportar zumo de cítricos, ese tipo de fruta que el Islam trajo a occidente. El petróleo, ese fluido que mueve a nuestras sociedades y que, por eso mismo, marca muchas de las pautas destructivas en las que nos movemos, es un elemento que utiliza en Oil & Sugar (Petróleo y Azúcar), en la que va derramando ese líquido aceitoso sobre un cubo realizado a base de terrones de azúcar, lo que termina convirtiendo algo dulce en una masa oleosa de aspecto poco agradable.
Como no podía ser de otra forma, el drama de la inmigración también forma parte de su obra, con una instalación de 91 fragmentos de espejo situados en una playa de cara al mar, de tal forma que el reflejo de la luz del sol sobre ellos, los convierte en una suerte de faro para los que se encuentran mar adentro, señalándoles la ruta de llegada a una playa que promete ser acogedora. Sin embargo, según uno se va acercando al sueño, la realidad se impone y se encuentra con una costa hostil, peligrosa, amenazante y ya tiene muy poco de hospitalaria.
Sensación muy extraña es la que deja su instalación de figuras humanas en un parque cualquiera, realizando las acciones que los niños suelen ejecutar en esos espacios de esparcimiento. La peculiaridad de la escena viene motivada por el hecho de que las figuras están fabricadas en espuma y grano, mientras son devoradas por 150 palomas. El título de la obra, Flying Rats (Ratas voladoras).
“El choque con unas costumbres sociales diferentes, cuya aceptación es constantemente requerida, el rechazo y la marginación social producto del miedo a la diferencia y la dimensión mundial que ese rechazo ha ido adquiriendo en los últimos años, sobre todo tras el 11-S y la creciente crisis energética, nutren la obra de un artista cuya obra gira sobre un repertorio conceptual reducido en constante reelaboración y evolución material”. (Ramón Esparza)