Este titular
extraído de una entrevista concedida por el artista a un medio de comunicación
australiano, resume algo de las intenciones que se muestran en la obra de este
alemán asentado en Tasmania desde mediados de los años 60, pero manteniéndose
fiel a su estilo realista fantástico que lo enlaza con la escuela vienesa, pero
también con el arte de El Bosco, el surrealismo francés y el arte de los
japoneses Hokusai, Kunisada o Hiroshige, como él mismo ha reconocido.
Nacido en
Dresde en 1930, vio desde la distancia, vivía en un pueblo próximo, la
destrucción de la ciudad a cargo de la aviación británica durante la Segunda
Guerra Mundial. Una impresión que dejó profunda huella en sus ojos, llegando a
describirla como una “terrorífica puesta de sol”, tal fue el reflejo de los
incendios en el cielo de la zona vistos desde la distancia.
Allí estudió
arte de la mano de su abuelo, para después pasar un tiempo en Italia, y de
regreso a la Alemania del Este, en un desplazamiento tuvo la maña suerte de que
la policía le encontrara una caricatura del padrecito Stalin, lo que le valió
un juicio, una condena a muerte conmutada por 25 años de prisión, de los cuales
acabó cumpliendo ocho. Una condena tan demencial como el propio sistema
estalinista, si tenemos en cuenta, como Grasse explicó en alguna ocasión, un
asesinato traía aparejada una condena de 10 años, mientras que una caricatura
podía costar 25.
Durante su
estancia en prisión, volvió a tener un contacto directo con la muerte, después
de ver como compañeros suyos de reclusión iban muriendo, debido a las malas
condiciones de la comida que les ofrecían en prisión. Por la atmósfera opresiva
vivida por los países del denominado bloque del Este, y por lecturas que había
hecho en su infancia, decidió disfrutar del resto de su existencia en
Australia, concretamente en Tasmania.
Cambio de
residencia sin que su arte se inmutara lo más mínimo, y siguiera inmerso en su
particular universo en el cual la muerte, la religión, la combinación de
elementos fantásticos, al modo de El Bosco, por ejemplo, son sellos muy
visibles y característicos dentro de ese realismo fantástico de la Escuela de
Viena al que se mantendrá siempre fiel.
No hay nada de
abstracto en un arte marcado por la experiencia bélica, y por los sucesos
generados en la Europa de postguerra, caso de la invasión soviética de la
antigua Checoslovaquia en el 68 poniendo final trágico a lo que se conoció como
la primavera de Praga, y esa atmósfera rancia generada por la guerra fría y la
doctrina de equilibrio de bloques bajo la premisa de la destrucción mutua
asegurada, que acostumbró a todos los europeos a convivir con el fantasma de
una nueva guerra mundial, esta vez, sí, definitiva.
“Fantástico es
el contenido, y es fantástico porque sólo ocurre en nuestros sueños, pero
pintado de una forma muy realista” (Wolfgang Grasse).
Más información: Art of imagination [en], Tripod [en], ABC Net [en].

























