lunes, 23 de agosto de 2010

Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the west, Sergio Leone, 1968)


Rodado a medio camino entre el Monument Valley, tantas veces inmortalizado en el cine de John Ford o de Howard Hawks, y el desierto de Almería que tanto le gustaba a Leone después de rodar Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, el director italiano nos deja una de sus obras más grandes a la que seguiría la no menos grande Érase una vez en América.

Si en el siglo XIX, antes de la llegada del ferrocarril, el tiempo transcurre con lentitud, eso lo traslada majestuosamente Leone a una película en la que todo ocurre con lentitud y en la que lo único que llega rápido es la muerte. Desde ese inicio sobrecogedor, con tres personajes patibularios llegando a una estación de ferrocarril en la que los únicos sonidos son una mosca volando, una gota de agua que cae sobre un sombrero, y un molino que emite un quejido metálico, hasta la escena del duelo final todo está contenido excepto la barbarie.


Personajes masculinos que tienen todos ellos una cita con la muerte, y lo saben, y nos lo hacen llegar, con silencios, con un armónica que sabemos que en cuanto deje de sonar se va producir un estallido de violencia. Las miradas bastan para entenderse entre lobos de un mismo rebaño, porque aquí no hay buenos y malos, sólo distintos niveles de maldad pero también de humanidad.

Pistoleros al servicio de un ferrocarril implacable que terminará por aplastar todo aquello que se le ponga por delante, en cuyo nombre se realiza una la matanza de una familia, con uno de los asesinatos más a sangre fría que se ha visto en la historia del cine. Me refiero a cuando Henry Fonda mata al pequeño de una familia que está esperando la llegada de su nueva madre desde Nueva Orleans.


Una mujer, Jill, a la que da vida una Claudia Cardinale majestuosa, en el único personaje que aporta un poco de luz a esta historia oscura, de silencios, de movimientos contenidos, de ballet de plomo en escenarios polvorientos, de relojes de sol que no marcan la hora porque el paso del tiempo no tiene sentido cuando todo está inmóvil, cuando todos los días son iguales al anterior.


La mujer y el ferrocarril serán los elementos que vengan a romper con ese mundo eminentemente masculino y violento. Con ellos llegan nuevas formas de vida, nuevos usos y costumbres, una nueva era en la que ya no caben ciertas cosas. La civilización se impone al ritmo de renqueantes máquinas de vapor, y la fuerza bruta es sustituida por la fuerza de la determinación que encarna muy bien el personaje de Claudia Cardinale, bella hasta el extremo de dejarnos sin palabras.


Obra cumbre de ese subgénero conocido como spaghetti-western en el que se nota la conjunción de talentos, no en vano el guión está firmado por Darío Argento, Berardo Bertolucci, y el propio Leone; mientras que la música de Ennio Morricone es sencillamente genial, y con un grupo de actores con Henry Fonda, Jason Robbards, Charles Bronson y la Cardinale, firmando unas actuaciones realmente destacadas.

Una película en definitiva en la que la “balas que surcan una atmósfera llena de asesinatos, peligros y hazañas. Los sueños y contingencias de quienes querían levantar una nueva ciudad, creando una leyenda. Aquella época donde la paciencia era casi un valor moral. Saber esperar. Todo era lento”, como escribe Francesc Canal Naylor.

6 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Ni quito ni pongo Alfredo, Leone, Morricone, Fonda en plan maldad pura y dura, polvo, violencia casi barroca, silencios y ritmos, atmósfera para secar gargantas y cerebros, fatalismo, y la deslumbrante presencia de Claudia, siiii, me acuerdo. Besitos cariñosos.

Alfredo dijo...

Además Fonda venía de hacer siempre papeles de "bueno", y en este firma su primer "malo" y consigue una gran actuación en uno de los mejores "malos" del cine.

Un abrazo!!

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Lo hablamos disfrutando de lo lindo, amigo. Se me olvidaban Robards y Bronson, "duros" contumaces, aquí humanos crepusculares al borde del límite, siempre con el toque HUMANO. Fonda rompe su molde de bueno total, pero acuérdate del papelito en "El día de los tramposos", con un K. Douglas cínico a topes, tampoco allí el director del penal (Fonda) era un "santo" ¿nooo? El que es actor cual copa de un pino, se come cualquier papel.
Alfredo, no vamos a finiquitar este "toma y daca" de ningún modo, que dure.

Un favor, léete si quieres o puedes mi relatito del JUEVES tema "historias para no dormir", el título de la convocatoria evoca a "Chicho" pero...Dame tu opinión que me importa muucho, lo digo, repito, si quieres, de lo contrario, no pasa nada.
Veré fotos cuando vuelva de vacaciones, sobre el 6 de septiembre, y tengo curiosidad por la entrevista.
Hasta la vista amigo!!!! Besitos míos y un abrazo de Ferran.

Alfredo dijo...

Efectivamente, tienes razón en lo que dices acerca de Fonda, pero sigo pensando que este, si no es el primero, sí es el más completo de "malo" de su filmografía, y coincido en la valoración que haces de su talento actoral.

Le echaré sin falta un vistazo a tu relato y ya te comentaré mis impresiones, y a la vuelta de las vacaciones podrás leer la información que he hecho sobre tu visita a nuestro concejo.

Abrazos para Ferran y para tí.

Alvaro G. Loayza dijo...

Alfredo, una obra cumbre del cine, una requiem a una casta de parias cuyo mundo se derrumbaba mientras ellos contemplaban el horizonte, la vida y la muerte de forma impertérrita. Muy buen texto sobre un filme imprescindible donde haya alguien que se mente como cinéfilo. Un abrazo.

Alfredo dijo...

Aquí sí que se podría decir aquello de que es un réquiem por los que van a morir. La llegada de los nuevos tiempos, marcados por el ferrocarril y la mujer, obliga a cambiar o morir, y para algunos es demasiado tarde para cambiar.

Saludos!!