martes, 16 de septiembre de 2014

Por los caminos del concejo de Allande (I): Santa María de Celón o Zalón


Vista del concejo de Allande desde el alto del Pozo de las Mujeres Muertas

El pasado fin de semana tuve la oportunidad, junto con un grupo de amigos y un guía de excepción con raíces familiares en la zona e implicado en todo lo que suponga mantener vivas las tradiciones del concejo, de visitar el municipio de Allande, en el suroccidente de Asturias. De esa visita van a salir varios artículos que iré publicando en este blog durante los próximos días, con el fin de haceros llegar a todos las maravillas arquitectónicas, castreñas, paisajísticas y culturales de una zona a la que siempre apetece volver.

Exterior de la iglesia de santa María de Zalón.

La primera visita que hicimos fue a la iglesia románica de Santa María de Celón, cuyas trazas generales remiten al siglo XII y que fue la iglesia de una fundación monástica certificada en el siglo XI, de la que únicamente ha sobrevivido esta edificación. Se trata de una construcción de una única nave rectangular y una cabecera también rectangular cubierta con bóveda de cañón apuntada, lo que supone un regreso a modelos primigenios relacionados, en el caso asturiano, con las edificaciones de la época de la monarquía asturiana, es decir, un regreso a soluciones arcaicas.

Vista de uno de los capiteles de la portada.

Eso se debe al trabajo de talleres locales que toman como modelo algunos ejemplos altomedievales existentes en las proximidades, y también a la falta de recursos económicos para afrontar edificaciones con mayores ambiciones estilísticas y arquitectónicas. En el exterior destaca la portada principal, elemento de grandes connotaciones simbólicas en tanto en cuanto se trata del ámbito de paso desde el espacio terrenal a un lugar fuertemente espiritual capaz de garantizar la salvación eterna, eso sin olvidar aquellas palabras adjudicadas a Jesucristo cuando dijo: “Yo soy la puerta, quien entré por mí se salvará”.

Canecillo con cabeza de animal.

Explicada muy someramente, esta portada está formada por tres arquivoltas y dos capiteles en los que se repite el motivo de dos aves picoteando algún tipo de fruto, simbolizando las almas de los fieles comiendo del alimento del paraíso. El resto de la decoración está formada por máscaras, bolas y serpiente. Tanto esta escultura como la apreciable en los canecillos muestra la mano de un artista un tanto tosco e ingenuo.

Hombre matando al cuélebre.

Destaca fuertemente la presencia en el muro exterior del ábside de una curiosa escultura en la que un hombre está atravesando con su lanza a una figura que unos identifican con un dragón y otros con un cuélebre, es decir, con la serpiente emplumada de la mitología asturiana cuya función principal era la de cuidar tesoros (ayalgues, en asturiano). La mitología lo describe como un animal  con ojos que son ascuas incandescentes, tiene el cuerpo recubierto de escamas y tiene alas de murciélago y su único punto débil era la garganta. Incluso se conserva un agujero en el muro por el que se dice que entraba y salía el cuélebre. En este caso la tradición oral dice que el hombre representa a un peregrino al que el pueblo pidió que diera muerte al cuélebre, y la rosca que aparece a sus pies sería la recompensa recibida por conseguir tan compleja hazaña.

Agujero por el que se dice que entraba y salía el cuélebre de la iglesia.

Las pinturas

Coronación de la Virgen en la bóveda del ábside.

Pero sin duda ninguna el auténtico tesoro de esta iglesia está en su interior, gracias a unas pinturas románicas que forman el mejor conjunto de pinturas de esa época existente en Asturias, y a otras del siglo XVI obra de un maestro anónimo al que se conoce en los medios especializados, como el maestro de Celón, también con obra en los concejos próximos de Tineo y Grado.

Jesús ante Caifás.

En ese conjunto mural se pueden ver distintas escenas de las vidas de Cristo y de la Virgen: la Última Cena y Jesús ante Caifás, prendimiento y flagelación, Jesús ante Pilatos y la Calle de la Amargura, Jesús en el limbo y la Resurrección, la Cricifixión, Adán y Eva; mientras que en la bóveda se representa la coronación de la Virgen y el Tetramorfos (los símbolos de los evangelistas), detrás del retablo mayor, del siglo XVIII, sigue el Calvario, en el frente del altar la Anunciación, y en el intradós del arco de triunfo las figuras de la Muerte y un Avariento en frente.

Representación de la Muerte en el intradós del arco toral.


Continuará.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Konrad Klapheck: “Decidí construir todo un sistema de temas mecánicos para contar mi autobiografía a través de ellos”



“Mis principales armas son el humor y la precisión. Sólo gracias a la frialdad de la precisión se puede traducir el fuego del alma, y sólo gracias al humor se puede traducir aquello que hemos visto. Mi subjetividad no debe tener ningún límite para que mis telas sean objetivas. Es en uno mismo que se encuentran todos los enigmas del mundo y su solución.”


Siempre digo que hay dos formas de disfrutar del arte; una es desde el punto de vista puramente visual y, otra, desde un punto de vista intelectual. Sé que no soy nada original con esta afirmación perfectamente aplicable a cualquier otra manifestación artística del tipo que sea. De ahí la importancia de conocer, de saber, de indagar sobre un artista y su universo para llegar a un disfrute lo más pleno posible de su obra.


Saber que Konrad Klapheck nació en Düsseldorf en 1935, que sus padres eran judíos, su padre fallecido en 1939 después de haber sido expulsado de la docencia en la Kunstakademie de Düsseldorf por las leyes racistas de los nazis, y que su mujer viera como su propio padre era conducido a Auschwitz, además de conocer lo que fue la Alemania de la postguerra, son acontecimientos que de una u otra forma tenían que tener relación con su arte.


Aunque la tienen, no lo hacen de una forma directa sino de un modo que le acerca más a las concepciones de los surrealistas, no en vano estudió en la academia en la que habían enseñado sus padres, con Bruno Goller, un conocido surrealista, y en los años 60 tendrá relación con el grupo surrealista parisino de Andre Breton.


Años en los que se estaban desarrollando movimientos como el expresionismo abstracto, el arte brut, el informalismo, entre otros, que tienen una relación particular con el maquinismo de la época. Un maquinismo que va a utilizar Klapheck para explicar su propia autobiografía. Así reproduce máquinas de escribir, planchas, máquinas de coser, motocicletas, neumáticos, entre otros muchos objetos presentados de forma monumental. “Decidí construir todo un sistema de temas mecánicos para contar mi autobiografía a través de ellos”, ha dejado dicho el propio artista.


Entre esos objetos tienen una relevancia especial las máquinas de escribir, un instrumento detrás del cual se esconden resonancias filosóficas, no en vano Nietzsche fue el primer filósofo en utilizar una de esas máquinas para escribir sus teorías, además de ser también de los primeros en estudiar la relación de las máquinas con el ser humano. Máquinas que también son instrumentos al servicio del mal, si pensamos en todos esos burócratas nazis pasando a máquina sentencias de muerte, listas interminables de personas condenadas a los campos de concentración, auténticos engranajes vitales para que la barbarie siguiera girando.


Instrumentos que también hablan de los roles masculinos y femeninos. Máquinas de escribir al servicio de aquellos hombres que toman las decisiones importantes, relegando a las mujeres a su papel de amas de casa, más unidas a sus máquinas de coser como elementos indispensables dentro del rol de guardianas del hogar que les había otorgado la ideología nazi.



Unas máquinas que en medio de las ruinas de la Alemania postbélica, en palabras del propio artista, “eran lo contrario [a la ruina]; eran una imagen de perfección". Con toda esa concepción de fondo, los objetos de Klapheck, aparentemente realistas, devienen en fetichistas, en contenedores de mensajes secretos, de arcanos a desentrañar. Más adelante, incorporará a su universo creativo retratos de sus amigos o de figuras del jazz o del boxeo.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Gregory Porter: “Mis canciones salen de algún lugar de mis experiencias personales”


“No trato de imponer ninguna perspectiva musical particular. Quiero que cada una de las personas que escuchan mis canciones se vean afectadas por ellas de una forma totalmente personal, y se conmuevan y lean entre líneas lo que dicen las letras de mis canciones”. 

“Mis canciones salen de algún lugar de mis experiencias personales”.

Dos afirmaciones del que está siendo el cantante masculino revelación de los últimos años, y que sólo con tres discos en el mercado (Water, 2010; Be Good, 2012 y Liquid Spirit, 2013), se ha colocado en lo más alto no sólo de ventas sino también en la consideración de público y crítica, especialmente en Europa.

Gregory Porter nace en el año 1971 en California, concretamente en Los Ángeles, y es el más joven de una familia de seis hermanos de madre soltera, que al mismo tiempo, es ministro en una iglesia, hecho que puso en contacto a Porter muy pronto con el gospel, base que se aprecia en algunas de sus canciones, apoyado por una voz realmente extraordinaria. La fuerza de su madre para sacar adelante una familia numerosa, la ha destacado Porter en alguna de sus canciones.


En relación al gospel, Porter explica que “descubrí la música con esos cantantes, los profesionales y los simples feligreses que cantaban. Yo no soy muy religioso pero mi madre, que trabajaba en una iglesia, me hizo ver que todos ponen algo de si mismos en cada interpretación. Comprendí que gozan de la misma libertad que un músico de jazz.”

No en vano Porter más que un fotógrafo es un pintor musical, como pone de manifiesto Motema Music, un hombre capaz de hacer llegar a través de sus temas muy bien escritos y llenos de poesía, reposados unos, agitados otros, sus ideas acerca del amor, los sueños, la cultura o la sociedad, porque nada de lo que ocurre a su alrededor le es ajeno, y es fácil detectar la energía de barrios neoyorquinos como Harlem en sus composiciones.

Sus primeras influencias musicales le llegaron a través de los discos de Nat King Cole, al que siguieron Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, dentro de unos gustos musicales eclécticos que incluyen a Michael Jackson o The Temptations. Ya como intérprete los críticos lo están comparando con las voces de Joe Williams, el propio Nat King Cole, Donny Hathaway o Marvin Gaye. Algo que no está nada mal para un joven que iba para jugador de fútbol americano al que una lesión de espalda truncó esa posibilidad. Eso que hemos ganado los aficionados a la música.


Jazz Wise describió la música de Porter como un conjunto “extraordinario de canciones, con unas letras líricas y de contenido social, grandes músicos y una voz increíble”, al mismo tiempo que se pone de manifiesto el bagaje de soul y blues que está detrás de su forma de entender el jazz apoyado por un grupo de músicos con Chip Crawford al piano, Aaron James en el bajo, Emanuel Harrold en la percusión y Yosuke Sato al saxo alto, sin olvidarnos del productor Brian Bacchus que tiene mucha responsabilidad en el sonido de Gregory Porter.

“Tomé clases como actor y eso informa mis directos. Un actor tiene que ser bueno cada noche. Necesita estar dotado de empatía para conectar con el público. Debe creerse su personaje. ¿Mi personaje? No estaba planeado pero veo que en mis discos siempre aparece la palabra 'agua'. Creo que estoy invocando a algo poderoso, que se mueve por leyes propias: llámalo cultura, amor, espíritu”.