lunes, 2 de marzo de 2015

Käthe Kollwitz: naturalismo, expresionismo y movimiento obrero


Final, 1897.

La muerte bien por causas naturales bien por causas bélicas, va a marcar profundamente la obra de esta artista alemana, nacida en Prusia y fallecida en el estado de Sajonia, unos días antes del final de la Segunda Guerra Mundial. Primero fue el fallecimiento de sus dos hermanos, después de la uno de sus dos hijos en los campos de batalla de la Gran Guerra, y la de su nieto en los de la Segunda, son episodios determinantes en la obra, especialmente en sus grabados, de Käthe Kollwitz.

Muerte, mujer y niño, 1910.

Y el compromiso político con los más desfavorecidos, en unos años del siglo XX muy convulsos para la historia de Alemania, con fuertes convulsiones sociales, con el nacimiento del movimiento obrero y el desarrollo de las ideas de izquierdas. Su padre, socialdemócrata y masón, impulsará la afición artística de su hija, quien luego contraerá matrimonio con un médico y militante socialista. La vida en uno de los barrios marginales de Berlín y el conocimiento en primera persona de las condiciones de vida de los más desfavorecidos, van a tener reflejo en la pintura, los grabados y la escultura de Kollwitz.

Trabajadores volviendo a casa, 1897.

Compromiso social y político que la condenó a la etiqueta de arte degenerado y la pérdida de su plaza de profesora en la Academia de Prusia, con el ascenso de los nazis al poder. Sufrirá la pérdida de su estudio, de su marido en 1940, y de su nieto, obligada a refugiarse en Sajonia, después de ser amenazada con la deportación a un campo de concentración, no pudo ver por unos días la caída de Hitler y su imperio del mal.

Las madres, 1921.

Estilísticamente la obra de Kollwitz se mueve entre el naturalismo y el expresionismo, aunque ella siempre quiso que se la relacionara con el nacimiento del movimiento obrero, de las inquietudes sociales y políticas de los trabajadores, de los desfavorecidos. Sin duda, el conocimiento de las obras literarias de autores como Zola, Ibsen o Gorki, va a impregnar una parte de su producción. Asimismo, el expresionismo desarrollado en Alemania después del shock de la Primera Guerra Mundial, va a ser otro elemento determinante.

Autorretrato, 1924.

La respuesta a los horrores de la guerra se va a traducir en una militancia pacifista muy destacada, con obras nacidas del dolor sentido en carne propia por la muerte de uno de sus hijos, en las que se muestra a madres sosteniendo en sus brazos a sus hijos muertos o a padres devastados por el dolor.

La pobreza, 1893-94.


Los temas más representados en la obra de Kollwitz, fueron los de la muerte, la madre con su hijo, la guerra, la miseria y los autorretratos, temas que vamos a ver repetidos a lo largo de toda su vida, temas dotados con una fuerte carga expresiva fruto también de un estudio profundo de las distintas técnicas con las que trabajó a lo largo de su vida.

Más información: Biografías y vidas, MoMA, My studios.

miércoles, 25 de febrero de 2015

José Gutiérrez Solana: Expresionismo tenebroso


Las coristas, 1915.

Cuenta Paco Umbral en un artículo dedicado a este pintor madrileño, aunque muy vinculado a Cantabria, que Solana, independientemente de lo tétrico que fuera el cuadro que había pintado, siempre decía que era “elegante”, en una clara actitud bromista o por un peculiar sentido de la elegancia pictórica.

El entierro de la sardina, 1912.

Una afirmación acorde con una personalidad peculiar, estudiante en la Academia de San Fernando, y que pintaba para luego enrollar los cuadros y meterlos directamente debajo de la cama, de donde únicamente los sacaba cuando había que enseñarlos a algún posible comprador o los había que preparar para una exposición. Esto también lo cuenta Paco Umbral.

Payasos, 1920.

Un artista peculiar, con un estilo pictórico que le emparenta con algunas de las grandes figuras del arte español, tipo Velázquez, Ribera o Goya, por citar sólo algunos, además de otros como Brueghel el Viejo, o algunos expresionistas europeos. El particular estilo de Solana, con una paleta de colores reducida, oscuros, con líneas de contorno muy marcadas, se define por unas atmósferas densas, tenebrosas, acordes probablemente con la España que le rodeaba.

Mujeres de la vida, 1917.

Un país de criadas, de fiestas populares, de ambientes de taberna, de locales de prostitución, escaparates, mataderos, coristas, puertos; una España de muertos, de esqueletos que parecen salir de fiesta unas veces, mientras que otras dan una imagen perturbadora, inquietante. Una España, al mismo tiempo, sin futuro, sin traza de mejoría, atrapada en una forma de ser y de entender la vida incompatible con la modernidad, sin posibilidad de salir del ensimismamiento y de aquello del “que inventen ellos”.

El espejo de la muerte, ca 1929.

Un país de Valle Inclán, de pillos, de tramposos profesionales a los que se llama listos, un país con los valores absolutamente cambiados, de historia imposible y futuro incierto, una España negra, corriente telúrica que recorre los subterráneos esperando salir a flote a la menor ocasión. País de un costumbrismo ya retratado por muchos y  muy buenos artistas, caso de Goya y sus pinturas negras para denunciar la barbarie en general, pero también la ignorancia galopante del país, una situación que en los tiempos de Solana aún se mantenía viva.

La baraja de la muerte.


Usos y costumbres, bailes de máscaras, arraigan su obra en un país que conoce bien, que recorre con asiduidad, ayudado también por su desahogada posición económica gracias a los dineros hechos por su padre en México, en muchas ocasiones con su hermano, cantante. Solana fue un artista solitario, particular, sin discípulos o seguidores, sin crear escuela, y que está por derecho propio en el panteón de los artistas imprescindibles de nuestro país.

lunes, 23 de febrero de 2015

Bron / Broen: Crímenes en gris.



El puente de Oresund que une Suecia con Dinamarca, vuelve a dar nombre a una segunda temporada absolutamente fantástica, de la mano de una de las parejas de policías más peculiares de la historia de la televisión. Un enorme placer seguir las andanzas de Saga y de Martin, sueca ella, danés él, después de haberlos dejado al borde del abismo en la primera temporada.


Un barco aparece en las pantallas de control del tráfico marítimo sin hacer ningún caso a las indicaciones, en rumbo de colisión contra uno de los pilares del puente, y descubrir que se trata de un barco fantasma con varios cadáveres en su interior. Ese es el punto de partida de una trama mortal, en la que se van cruzando las historias y que vuelve a juntar a una sueca con asperger y a un danés bon vivant.


Esta segunda temporada no sólo tiene interés por saber quién o quiénes provocan la investigación policial, sino que añade las vidas personales de sus personajes principales, dos fracasados en las relaciones sentimentales por razones diferentes. En el caso de Sara por su incapacidad para la empatía, con una sinceridad absoluta a pesar de su lucha por dejar paso a los sentimientos; por el otro lado, afectado por lo vivido en la primera temporada, y que lucha por recuperar su humanidad gravemente afectada.


Los intrincados caminos de una investigación policial compleja, se van a enredar con las peripecias personales, recorriendo los mismos recovecos, poniendo en juego lo más personal, luchando por mantener relaciones sentimentales igualmente complejas. Un drama delictivo y personal abierto, que seguramente volverán a manifestarse en una tercera temporada que ya está anunciada.


Bajo cielos siempre grises, por calles en las que las farolas apenas si lograr apartar la oscuridad, en lujosas casas de interiores luminosos y fríos al mismo tiempo, por oficinas funcionales, o en naves abandonadas van pasando los miedos, la angustia, los egoísmos, las traiciones, los sentimientos, al final, la vida misma en sociedades que desde el sur juzgamos como frías, asépticas, poco dadas a mostrar sus sentimientos, muy marcados por una climatología poco hospitalaria.


De ahí otro de los contrastes divertidos de la serie, sea entre unos suecos muy nórdicos ellos, disciplinados, un tanto fríos en las relaciones personales, y los daneses, muy capaces de tirar colillas al suelo como cualquier mediterráneo, más extravertidos y desorganizados, casi como si fueran los sureños del norte.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Eric Bibb, el trovador del blues.



Si con once años y llevas tocando la guitarra desde los siete, y nada más y nada menos que recibes un consejo de Bob Dylan: “hazlo sencillo”, y además creces en una familia en la que tu padre es cantante de folk y figura de la televisión, y tienes tíos también dedicados a la música, parecen demasiados elementos puestos de acuerdo para que uno termine siendo una figura del mundo de la música.
Eso le pasó a Eric Bibb un neoyorquino que lleva más años viviendo en Suecia que en los Estados Unidos, y ahí estuvieron los inicios de una carrera que tiene su base en el blues del sur de la Unión, en eso y en los espirituales. De fingir enfermedades para no ir al colegio y quedarse en casa escuchando música y tocando, a tocar los por las estaciones de metro de Europa y de sumergirse en la escena musical de los años setenta, en Suecia, ha llegado a convertirse en un auténtico trovador del blues, como él mismo se ha definido en alguna ocasión.



Eso después de iniciar estudios de psicología y de ruso en la Universidad de Columbia, abandonarlos y, todavía adolescente, iniciar su viaje por el viejo continente, determinante tanto para su vida personal como para su trayectoria profesional, siempre con el bagaje del blues de su país natal como elemento de fondo, un estilo musical que no deja de ser extraño para una persona nacida en una gran ciudad y no en el epicentro musical del blues situado mucho más al sur.
Si algo caracteriza la música de Bibb es su sinceridad. Él mismo ha dicho en entrevistas que estaría cayendo en la falsedad si intentara cantar como lo hacen los cantantes del sur de los Estados Unidos, especialmente aquellos que llevan una vida agitada, una vida diríamos al día, de ahí que sus letras no sean tan oscuras o con tanto sentimiento trágico que caracterizan a algunos cantantes de blues. Eric Bibb dice que no podría cantar así, que eso sería cantar de mentira, y de ahí que su estilo sea más suave, apoyado en una voz con matices, y centrado en sentimientos positivos.




Unas canciones sin urgencias, sin prisas, en las que se mezclan el blues acústico con la profundidad de los espirituales, para proyectar el lado brillante del blues, para convertir a la música en una herramienta espiritual capaz de dar sentido a la vida.



Más información: Wikipedia [en], Los Angeles Times [en], Southern Maryland Newspapers [en].