

Es imposible que una película firmada por Orson Welles deje indiferente a quien la vea. Un cine capaz de despertar adhesiones incondicionales o críticas furibundas, según el caso, algo que también ocurre con esta película a cuya dirección Welles llegó casi podríamos decir que por error, y que luego los productores mutilaron por un lado, y le añadieron escenas nuevas, incluso con actores diferentes, después. Consecuencia: fracaso absoluto en su estreno.
Welles no pudo hacer nada para evitar el desaguisado, ya que en ese momento se encontraba en España intentando levantar el proyecto de rodar una adaptación cinematográfica de El Quijote, y que luego escribiría un documento de 58 páginas en el que especificaba cómo tendría que recomponerse la película, algo que no se ha hecho hasta finales de los años 90 del pasado siglo, cuando se volvió a estrenar en los cines, y disponible en DVD desde el 2000.


Para unos una obra imprescindible de la serie B y del género negro, para otros una película que no se puede encasillar como serie B ni como género negro, para unos una obra con graves defectos técnicos, mientras que para otros es genial, y así podríamos seguir un largo rato. Sin embargo, en lo que está todo el mundo de acuerdo es que el largo plano-secuencia con el que se inicia la película es uno de los hitos en la historia del cine, y que nos prepara para todo lo que va a suceder a continuación.
Y lo que vendrá es, simplificando mucho, la contraposición entre un íntegro policía mexicano, al que da vida Charlton Heston (Mike Vargas), y un policía duro, corrupto y alcohólico, interpretado por Orson Welles (Hank Quinlan), mientras intentan esclarecer un asesinato por el procedimiento del coche bomba. A partir de ese hecho inicial, se va desarrollando una película que tiene unos escenarios tirando a pobres y unos diálogos no especialmente brillantes, pero que consigue, en parte gracias a la iluminación expresionista que tiene la película, introducirnos en una atmósfera densa, de tugurios infames, calor intenso, sudor y una sed de mal que anima a casi todos los personajes.


Aunque los protagonistas son Heston y Welles, con dos destacadas actuaciones, brilla con luz propia Marlene Dietrich, en un personaje que apenas si tiene dos apariciones en la pantalla, pero en ambas su mirada traspasa esos límites, y nos regala unos momentos inolvidables. Brilla todavía más en medio del ambiente sórdido en el que se mueven los personajes, y ante ella Quinlan recupera algo de su juventud, de su pasado antes de que un suceso trágico le hiciera deslizarse por el lado oscuro.
“Sed de mal es retorcida, oscura (casi todas las escenas suceden de noche ) y trágica. Fascina por la admirable fotografía de Russell Metty, por la inspiradísima y ya inmortal música de Henry Mancini (mestizaje puro de jazz, rock and roll y música latina ) y por el delirio visual de su expresionismo”. Así describe esta película Emilio Calvo de Mora. Y sigue: “Los decorados son mínimos. Los diálogos no brillan por su genialidad. Cómo a partir de una irrelevante narrativa o de un muy escaso atrezzo el genio de un director es capaz de crear Arte. Arte malsano, claro, pero una de esas experiencias cinéfilas imperecederas, a las que uno acude de vez en cuando porque necesita una sesión vitaminada de cine en estado puro”.



























