lunes, 14 de abril de 2014

Southcliffe tragedia a cámara lenta




La tragedia cocinada a fuego lento termina llegándonos con mucha más fuerza que cuando se diluye detrás de explosiones imposibles, persecuciones interminables y malos malísimos perseguidos por buenos de cartón piedra. Eso que podría ser la definición de muchas de las películas que toman por asalto las pantallas de cine cualquier fin de semana convertidas en producto de consumo rápido y de las que nadie se acuerda al día siguiente, contrasta vivamente con muchas de las cosas que se están viendo en televisión, transformando la llamada “caja tonta” en una “caja” a la que merece la pena prestar atención.




Un ejemplo de ello es Southcliffe, una mini serie de cuatro capítulos del Channel 4 británico, ambientada en un pueblecito inglés de esos que dan el aspecto de que en ellos nunca pasa nada, y que se despierta de la noche de los muertos (uno de noviembre) con el sobresalto de ver como varios de sus vecinos son asesinados a sangre fría.




Y como insinuar siempre es mejor que enseñar, a partir de unos disparos que se oyen en la distancia se genera una historia con continuas idas y venidas temporales, para llegar a conocer los motivos que han puesto en marcha el implacable mecanismo de la tragedia. En ese recorrido tendrá un papel fundamental un periodista, natural del pueblo, que nos servirá de cicerone, a partir de un hecho traumático de su infancia, por los intrincados caminos de una comunidad incapaz de enfrentarse a la tragedia de un modo activo.




El papel de la comunidad, de los medios de comunicación, de los vecinos de forma individual (aquí no hay investigación policial), se pondrán en un terreno de juego gris como el cielo plomizo de Southcliffe y tan resbaladizo como los pantanos de la campiña circundante. Un medio natural a través del cual irán desfilando unas personas que verán sus vidas trágicamente afectadas y un año después, cuando el periodista que también sufrirá las consecuencias del suceso, las cosas sólo han ido a peor.




Con un ritmo pausado pero no por ello menos efectivo se van desgranando los entresijos del suceso que pondrá, aún a su pesar, al pueblo en el mapa al menos informativo, hasta dejarnos una sensación desagradable por el hecho de hacernos pensar si en el origen de determinados comportamientos individuales no habrá también unos comportamientos sociales que los favorecen. Como la incomprensión, la agresividad general con la que nos comportamos en muchas ocasiones, terminan por generar una mezcla incendiaria que sólo está esperando por la chispa adecuada para que todo explosione.




Todo tiene un origen en alguna parte, sin que eso nos lleve a justificar, ni siquiera entender por un instante fugaz, el asesinato, pero sí hay que saber que de las fallas que tienen nuestras sociedades pueden producirse estallidos de violencia que mueven los cimientos de la seguridad en la que nos gusta creer que vivimos.


jueves, 10 de abril de 2014

Jane Harvey, la voz sin edad



Después del fallecimiento de la británica Marian McPartland, figura de la que ya nos ocupamos en este mismo espacio hace unos meses, el mundo del jazz perdió en 2013 a una de esas voces que se mantuvieron durante muchos años por debajo de la señal del radar musical, pero que, sin embargo, gozaba de un amplio respeto dentro del mundo jazzístico. Ella es Jane Harvey (1925-2013).
Cuando después de dos décadas de silencio y ya con 87 años de edad, Harvey volvió a salir a la luz, los aficionados y los críticos se dieron cuenta de que no importaba el tiempo que hubiera pasado, que ahí seguía estando viva una de esas voces por las que no parece pasar el tiempo. Un tiempo que la condujo desde la edad de oro de las big band hasta el circuito de clubes de jazz de la zona de Los Ángeles, donde desarrolló buena parte de su carrera.
Una trayectoria a lo largo de la cual, como no podía ser de otra forma, vivió momentos de decisiones erróneas pero que ella siempre se tomó con humor, aceptando el error como una parte intrínseca del ser humano y sin culpar a otros de esos errores. Son cosas que pasan y es imposible transitar por la vida sin cometer algunos fallos de cálculo.


Sus inicios llegaron nada más terminar su estancia en la enseñanza secundaria en Jersey City, su lugar de nacimiento, cuando un primo suyo le gestionó una primera jira por Baltimore. Una primera experiencia musical sin duda inolvidable, cantando en locales de striptease como interludio musical entre striper y striper, con canciones que tenían que sonar de una forma especial en ese ambiente que llevaban títulos como The Man I Love (El hombre al que quiero).
Mejor le fueron las cosas al verano siguiente, cuando el punto de destino fue la ciudad de Nueva York, donde conocería a una persona que le aseguró una audición con el propietario de un local muy conocido de la ciudad, el Café Society. Su propietario, Barney Josephson, le cambió su nombre real, Phyllis Taff, por el que ya le acompañaría durante toda su carrera musical, Jane Harvey.


En ese local recibió una oferta de esas que son imposibles de rechazar. El gran BennyGoodman, sin ni siquiera saludarla, le lanzó a quemarropa la gran pregunta: “¿Quieres venir a cantar con mi banda?”. No hace falta decir que le faltó tiempo para aceptar la propuesta. Seis meses estuvo con Goodman y participó en un par de sesiones de grabación.
Luego llegaría la colaboración con el cubano Desi Arnaz y su grupo y, en 1958, con la big band de Duke Ellington. Año en el que también se retirará durante un tiempo de los escenarios para dedicarse a criar a su hijo. Unos diez años antes, también había participado con Bob Hope en una serie de actuaciones por Europa para las tropas norteamericanas estacionadas en el continente tras la Segunda Guerra Mundial.
Personas que trabajaron con ella, destacaron siempre a parte de su calidad vocal, sus ideas a la hora de grabar, casi como si fuera más una productora que una cantante, y la muerte, después de una tenaz lucha contra el cáncer, puso fin a un proyecto para hacer una gira de conciertos por Japón. Ahora nos queda su voz y ese indudable toque de clase que supo poner a todas y cada una de sus interpretaciones.


Más información: Wikipedia [en], Billboard [en], Playbill [en], Jazztimes [en], El Mundo, Telegraph [en], Cabaret Exchange.

lunes, 7 de abril de 2014

Eden Lake (Lago Edén, James Watkins, 2008): Terror en el paraíso



Lo que tenía que ser un fin de semana romántico, petición de mano incluida, en un entorno natural en las orillas de un lago que responde al nombre de Edén, y a punto de ser arrasado por una urbanización de lujo, termina por convertirse en una pesadilla violenta, llena de irracionalidad, de instinto de supervivencia y de dolor, mucho dolor.


Película inscrita dentro del subgénero “survival”, dentro del cine de terror, Eden Lake, al margen de buenas dosis de tensión, bien rodadas a pesar de alguna trampa que otra, deja en el aire varios temas de reflexión inquietantes, o quizá no tanto, acostumbrados como estamos a asistir a los estallidos de violencia más irracional prácticamente sin levantar una ceja.


¿Qué convierte a un grupo de adolescentes en una jauría humana incapaz de sentir respeto por nada?. Estamos ante un grupo de miembros que eso que los anglosajones llaman “White trush” (basura blanca), o lo que es lo mismo, representantes de la clase trabajadora marginal, de contextos familiares a lo que parece fallidos.


Con padres incapaces de afrontar lo que llamaríamos una paternidad responsable, esa que ayuda a los niños a conocer los límites de su comportamiento, y con una educación (seguramente el hecho de que la protagonista sea una maestra acosada por los jóvenes), incapaz de romper los moldes fijados en la familia, a lo que podemos unir un líder que se impone al grupo por medio de la violencia y que tiene en el miedo la mejor de sus armas, para terminar de formar un cóctel explosivo.


Jóvenes que tienen más empatía con sus animales de compañía, en este caso un rottweiler igualmente agresivo, que con sus iguales, tal vez porque los perros tienen esa cualidad que tanto estimamos que es la capacidad de mostrar un amor y una lealtad incondicionales, sin juzgar, sin imponer, liberados como están de la mala costumbre que tenemos los humanos de juzgar a los demás con una ligereza irritante.


Otro punto para la reflexión es el que tiene que ver con el hecho de cómo reaccionan las comunidades cuando llega un extraño a ellas, sea como nuevo residente o como simple turista. Personas a las que se niega la capacidad siquiera de queja cuando son objeto de una agresión por parte de un vecino nativo de esa comunidad, como si la pertenencia fuera una especie de carta blanca para agredir al recién llegado.


Algo que se extienda al ámbito familiar cuando se tiende a disculpar los hechos violentos o simplemente maleducados, de uno de sus miembros y cualquier intento de comunicación al respecto se encuentra con una respuesta cuando menos hostil. Y todo eso acaba llegando a la calle y la sensación de impunidad se extiende como una mancha de aceite.


Más allá del barro, de la suciedad, de la sangre, de la angustia, de la violencia,  Lago Edén dibuja una sociedad que si no se ha roto ya, está al borde del abismo y lo que hay en el fondo no es más que puro y duro salvajismo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Peaky Blinders: Mafia made in Birmingham



Corre el año 1919 y la industriosa ciudad británica vive una agitación reflejo de la que vive el resto del país. El regreso de los soldados después de la terrible experiencia vivida en los campos de batalla de la Europa continental durante la Primera Guerra Mundial, trae también el regreso de la canalla, de los clanes familiares encargados de manejar los negocios ilegales de la ciudad.


Pero no sólo eso, sino que también se vive una efervescencia política, con una persecución despiadada a los líderes de ideas de izquierda y anarquistas, el IRA tiene ramificaciones no sólo por Irlanda sino también en la Gran Bretaña, y una policía corrupta y violenta. Y todo eso y alguna cosilla más, forma el telón del fondo de una nueva miniserie de la BBC, Peaky Blinders, emitida allí el año pasado y que este año verá la emisión de la segunda temporada.


Thomas Shelby se hace cargo de dirigir a su familia en el arduo camino desde un pequeño local de apuestas de carreras de caballos amañadas, hasta lo que pretende ser el tercer imperio en las apuestas hípicas del país. Por el camino iremos viendo guerras con clanes gitanos, con otro grupo mafioso, manipulaciones, negociaciones inverosímiles, conspiraciones con un cargamento de armas por el medio.


Todo al servicio de contarnos una parte de la historia británica poco contada al menos en televisión, en el marco de unos barrios obreros degradados, de calles llenas de charcos, de locales infectos y con la violencia siempre a punto de estallar cuando no estalla en toda su fuerza. Pero también hay lugar para el sentimiento, para el amor, para la necesidad de asegurar el futuro de la familia, porque aunque el inspector enviado desde Belfast para limpiar la ciudad le diga a Shelby que ambos son iguales porque odian a la gente y son odiados por los demás, Shelby sabe que tiene a su familia a su lado, mientras el inspector tiene que lidiar con su soledad.


Seis capítulos que sirven para concentrar la historia en los asuntos trascendentales, sin giros inverosímiles o que pudieran hacerle perder fuerza, pura historia, pura presentación de personajes y conflictos, incluso los personales, las pesadillas importadas desde la guerra, las ansias de poder, de respeto, de tener bajo control el microcosmos de su existencia.


Bien resuelta la serie añade otro toque original como es el de una banda sonora no compuesta con música de la época, sino con temas de rock de vanguardia que empasta perfectamente con las imágenes, especialmente en los momentos de tensión dramática.

En definitiva, una buena primera temporada que abre las ganas para disfrutar de la segunda.

lunes, 31 de marzo de 2014

Mayor Dundee (Major Dundee, Sam Peckinpah, 1964): Gran película que pudo haber sido obra maestra



El duelo que tuvo que mantener el director, elegido después del éxito que había obtenido con Duelo en la Alta Sierra, con los productores y la Columbia, nos ha hecho llegar un reflejo (todavía con bastante brillo) de lo que pudo haber sido una gran película y que se ha quedado en una buena película. Desencuentro que hizo que el director se desentendiera del montaje final y que incluso estuviera a punto de ser despedido en pleno rodaje, situación solventada por Charlton Heston cuando se ofreció a no cobrar parte de sus honorarios a cambio de que Sam Peckinpah siguiera al frente del rodaje.


De todos modos nos queda la historia de un mayor del ejército de los ya Estados Unidos (estamos con la Guerra Civil recién terminada), al que un error táctico en la batalla de Gettysburg condena a dirigir un penal militar que acoge a un buen número de soldados del sur, entre ellos un viejo amigo, el capitán Tyreen (Richard Harris). Ambos compañeros en West Point, con la guerra de por medio tomaron caminos distintos que ahora se reencuentran.


Después de un ataque de un grupo de apaches que termina con varios colonos muertos y el secuestro de tres niños, Dundee decide formar una columna con “panzas azules” (así llamaban los del sur a los militares del ejército del norte), soldados sudistas, varios soldados de color, y toda una ralea de ladrones, borrachos y un pastor de almas, con el fin de recuperar a los niños y matar al jefe de la partida apache refugiada en México.


Desde el inicio se palpa una gran tensión en el grupo, con los sudistas obligados a presentarse voluntarios como forma de salir de la prisión y, en algún caso, escapar de la horca, ahora obligados a pelear hombro con hombro con hombres que antaño eran sus esclavos, y con el añadido del rencor entre los personajes de Heston y Harris, con viejas cuentas pendientes a costa de un Mayor Dundee que siempre se ha movido por un rígido sentido del deber que le hace parecer completamente inhumano.


Sólo tendrá Dundee un momento de flaqueza, y la culpable será una mujer, momento que casi pone fin a la misión, y eso marca el inicio de una decadencia moral que no termina de verse en toda su intensidad en la película, seguramente debido a los cortes introducidos en el metraje (en España además se recortaron otros tres minutos extra), lo que obliga al espectador a hacer un auténtico salto acrobático para comprender determinadas reacciones.


En el paisaje mexicano tan caro a Peckinpah y al que volverá en títulos posteriores, se desarrolla un drama humano, con una violencia en momentos más psíquica que física, que terminará desembocando en una batalla final que decidirá la suerte de los protagonistas, un poco al modo de Perros de paja, aunque con mucho menos dramatismo.


Buen western que los aficionados al género disfrutamos, aunque no podamos evitar pensar que unos estudios pacatos nos han dejado con la miel en los labios, y nos han escamoteado lo que pudo haber sido una obra maestra.