sábado, 2 de enero de 2016

True Detective segunda temporada: La competencia imposible



Después de una primera temporada absolutamente fantástica y que la convirtió por derecho propio en una serie de culto, la segunda campaña se esperaba con una mezcla de ilusión y escepticismo. Ilusión por el más que buen sabor de boca que dejó la primera, y escepticismo porque el listón estaba a nivel de record del mundo y esas marcas no están al alcance de cualquiera.


Ha ocurrido lo que tenía que ocurrir, que se hace bueno el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas, precisamente por ese espejo en el que tenía que mirarse y con el que todos la íbamos a comparar. Probablemente si no hubiera existido ese precedente tan brillante, esta segunda temporada no habría sufrido el aluvión de críticas que ha sufrido.


Son muchos los elementos que juegan en su contra en la comparación, y que ya han sido puestos de manifiesto en infinidad de ocasiones (una breve ojeada por Internet y nos encontramos muchas opiniones en esa línea crítica), por lo que yo voy a optar por dar mi visión independientemente de lo mucho que haya disfrutado de la primera temporada.


Estamos ante una serie coral, con cuatro personajes principales, tres policías y un gangster, todos ellos arrastrando traumas serios, generados casi todos en la infancia, y es que en esta serie la infancia se ve como un territorio problemático, donde se originan las que serán las claves de un futuro, en el caso de estos personajes, negro, duro y al que se tendrán que enfrentar de forma continua y que marcará trágicamente su devenir vital. En otro de los casos, vendrá por una sexualidad no aceptada y el hecho de pretender ser lo que no se es, también tendrá su influencia en la tragedia.


Por otro lado, también se habla de la posibilidad o la imposibilidad del amor en medio de las dificultades, rodeados como están los personajes de incertidumbres, o de certezas que terminan por venirse abajo, y ante las cuales cada cual levanta sus muros, sus protecciones que solo cuando se dejan caer les permiten alcanzar un cierto nivel de “normalidad”, rápidamente destruido por la tormenta perfecta que se genera alrededor de sus cabezas.


Eso en medio de una trama de corrupción urbanística, aderezada con fiestas sexuales, con consumo de drogas y alcohol, elementos todos ellos que hemos visto infinidad de veces en series y películas de cine negro, y que es uno de los elementos que hacen que pensemos que estamos ante un camino trillado, ya recorrido en infinidad de ocasiones y en el que pocas cosas nuevas se pueden aportar. Ese microclima corrupto en una ciudad del sur de California, rodeada de industrias y de desierto, termina siendo un protagonista absoluto, con una corrupción que se extiende como una mancha de aceite.



En definitiva, una serie que se termina dispersando en medio de humo y desolación, y en la que las almas de sus protagonistas sufren tal nivel de tortura que termina por dañar a la credibilidad de unos personajes que, por momentos, son tan etéreos como el humo que acompaña a unos diálogos en ocasiones difusos. En medio de un mundo profundamente masculino, con los hombres dominando todos los resortes, sólo a ellas se les da capacidad de redención, eso sí protección masculina mediante, sólo ellas podrán finalmente salvar sus maltrechas humanidades del caos general, a ellas se les reserva el territorio del sentimiento en el que refugiarse del cataclismo.