martes, 22 de noviembre de 2011

Blinky Palermo, el niño del sótano que quiso ser pintor


Aunque su nombre pudiera hacernos sospechar otra cosa, la realidad es que estamos ante una personalidad nacida en la ciudad alemana de Leipzig en 1943, es decir, en plena Segunda Guerra Mundial y por ello formará parte de esa generación conocida como “niños del sótano”, en alusión a una infancia pasada en los refugios antiaéreos para escapar de las bombas de los aliados.

Su fallecimiento en las Islas Maldivas en 1977 está inmerso en la incógnita y si unos aluden a “circunstancias misteriosas” otros aluden vagamente a un “fallo cardiaco”, y no falta quien piense en un suicidio “con los barbitúricos que tomaba para intentar dejar el alcohol, por culpa, según dicen, de una historia de desamor”, como señala Jaume Vidal. Sea como fuere ese hecho luctuoso truncó una carrera artística que estaba en el momento creativo más fecundo.


Una vez finalizada la guerra, el joven que por aquel entonces respondía al nombre de Peter Heisterkamp, como así lo había bautizado la familia que lo adopta al poco tiempo de su nacimiento, inicia sus estudios artísticos en lo que será uno de los epicentros artísticos más potentes de Alemania. Allí podrá seguir las enseñanzas de Joseph Beauys y conocer a figuras clave del arte contemporáneo como Sigmar Polke o Gerhard Richter, entre otros.

Será en esa academia en la que un compañero reparará en el parecido físico entre Heisterkamp y el mafioso norteamericano Blinky Palermo, promotor del boxeador Sonny Liston. Desde ese momento, era el año 1964, nuestro protagonista adoptará el nombre del mafioso.

Entrando ya en el apartado propiamente artístico, la obra de Palermo si tiene algo es una presencia que no podemos eludir, casi como si fuera un grito de afirmación de la propia personalidad del artista, como si quisiera obligarnos a ser conscientes de su presencia. Eso dentro de una contención que le acerca a postulados minimalistas.

Su personalidad artística se desarrollará a través de la pintura, hasta el punto de que algunos de sus compañeros de profesión, le considerarán un artista reaccionario por esa defensa de las capacidades expresivas de la pintura. Sin hacer caso a esas críticas, Palermo buscó los medios para expandir la pintura, utilizarla como vehículo para transformar el espacio y llegar a convertirla en un elemento más de ese espacio, siguiendo enseñanzas del constructivismo o el neoplasticismo.

Son obras profundamente abstractas, son pinturas-objeto que en ocasiones llegan a convertirse en instalaciones que plantean un conflicto entre la representación y la mirada del espectador a la búsqueda de una nueva forma de relación entre obra y público.

Así genera unas obras en las que se pueden ver formas geométricas simples que crecen y cobran importancia en su simplicidad, un terreno en el que Palermo se movió durante toda su vida. Otras veces serán las conocidas como pinturas de tela, que realiza entre 1966 y 1972, en colaboración con su mujer. Se trata de trozos de tela monocromos que “se convertían en experiencias que trascienden su cualidad objetual. Colocadas verticalmente, a apenas un palo del suelo, subvierten el carácter decorativo de la pintura”, en palabras de Ángela Molina.

Gran enamorado de Norteamérica, tiene otro conjunto de obras que remiten a las obras de Rothko y de Barnett Newman.

2 comentarios:

Balamgo dijo...

Interesante, muy interesante...

La definición tuya de mis cestas de la sorpresa, me ha encantado.

Abrazos.

Alfredo dijo...

La foto la verdad es que era muy sugerente y escribí sin pensar, lo que me surgió al verlas. Buena foto, por cierto.

Un abrazo!!