lunes, 31 de agosto de 2009

Rosemarie Trockel (Schwerte, Alemania, 1952)



No lo tuvo nada fácil esta estudiante de biología luego pasada al mundo del arte, para destacar en el panorama artístico alemán de los años 80 dominado por poderosas figuras masculinas de la talla de Gerhard Richter, Anselm Kiefer, signar Polke y otros. A pesar de ello, Trockel logró hacerse hueco, no sin dificultades, lo mismo que Hanne Darboven o Isa Genzken, por ejemplo, que se convirtieron en el contrapunto femenino a la primacía masculina que presentaba el panorama de la época.

Probablemente por ello, una de las constantes en la obra de Trockel es el cuestionamiento de las cuestiones de género, de la diferencia entre actividades propiamente masculinas y propiamente femeninas. Eso subyace en la base de obras como aquellas en las que utiliza la técnica del tejido (actividad tradicionalmente femenina) trabajados por medio de procesos mecánicos (las máquinas se asocian a lo masculino), uniendo así los dos mundos y generando unas obras en las que la ironía sobresale de una forma muy evidente. Así, podemos encontrarnos con una hoz y un martillo sobre un fondo que recuerda a la bandera norteamericana, por ejemplo, en una muestra de un sentido del humor en la onda duchampiana. Y es que los postulados dadaistas de Duchamp y los de Joseph Beuys, son influencias importantes en la trayectoria artística de Trockel.


Una obra que toca todas las formas posibles, lo que imposibilita para incluirla en etiqueta concreta alguna, y en la que se cuestiona casi todo, desde el ordenamiento social, la autoría artística, los cambios que experimentamos los seres humanos a lo largo de la vida, los roles de género, la moda, los iconos culturales femeninos, entre otras muchas cuestiones que no escapan a su fino sentido del humor y compromiso con la causa feminista.

Todo está en constante movimiento y por eso la metamorfosis, los procesos de cambio entran dentro del abanico de interesas de Trockel, así en una de sus obras muestra una posible metamorfosis de un hombre en mono y viceversa, al ser humano convertido en alguien famoso, o un ser monstruoso o en un dibujo animado. Trasvase entre identidades que nos habla de la dificultad de mantener la certeza de la identidad o, dicho de otra forma, lo difícil que es mantener una propia identidad inmutable.


Ese trasvase de identidades lo extiende también a las formas artísticas, en obras en las que se entremezclan al pasar de una a otra, en lo que parece ser una huída constante del encasillamiento, de la repetición de unas formas que pudieran estar consagradas, sin dejar de lado la noción de autoría artística cuestionada fuertemente en su Máquina de pintar, tanto en su versión de ocho pinceles como de 56, en la que adosa a una máquina un número determinado de pinceles formados por el pelo de otros artistas que lo donaron para ello, y cuyo nombre aparece en cada uno de los pinceles. Al movimiento generado por la máquina se va generando una obra pintada sobre papel que tiene múltiples autores.


Otras veces saca a la luz situaciones que suelen permanecer escondidas o de las que sólo se habla en voz baja. En ese sentido es significativo el título que dio a la retrospectiva que tuvo lugar en la ciudad en la que trabaja habitualmente, Colonia, y que fue el de Post menopausia. Un título del que Helena Tatay dice: “El título alude al final de un ciclo creativo, porque esta exposición es una mirada atrás a 30 años de trabajo, pero lo hace desde una perspectiva femenina, y a la vez juega a nombrar públicamente lo que se suele mencionar en privado, resucitando en el espectador los sentimientos contradictorios y las ansiedades que los clichés de genero suelen provocar.”


Entrar en una exposición de esta artista exige al espectador que se enfrente “a un paisaje saturado de temas y referencias que le exige participar activamente desentrañando un universo de códigos que a veces le supera, pero de la que paradójicamente sale reconfortado y con la sensación de haber visto la punta del iceberg de un universo familiar y extraño a la vez.” (Helena Tatay)

2 comentarios:

CAS dijo...

movilidad
trasvase de identidades
identidad inmutable
metamorfosis,
género..
Cuánto por recibir de esta artista
que utliza todos los medios para expresar su arte, como vos decís.
Me fascinó la máquina de pintar...
dos gracias y un abrazo.

Alfredo dijo...

Una obra que esconde una serie de reflexiones muy profundas y que, por lo menos a mí, me parecen muy interesantes y que hacen que uno se pare a pensarse a uno mismo.

Besos!!