viernes, 30 de noviembre de 2007

Mi querido Mijael (Mijael sheli) (y I)



Noa. Trío de música tradicional.

También la desierta estepa rusa me atraviesa por las noches. Llanuras vidriosas con una capa de escarcha azulada que refleja los rayos de una luna salvaje. Y hay un trineo y una piel de oso, y la espalda negra de un cochero muy abrigado y una carrera de caballos desbocados, y en la oscuridad brillan los ojos de los lobos, y un árbol solitario, en árbol muerto, permanece en la ladera blanca, y las noches se suceden en la estepa y las estrellas están despiertas, tramando algo. De pronto, el cochero dirige hacia mí un rostro tosco, como esculpido por la mano de un escultor ebrio. De su espeso bigote cuelgan carámbanos. De su boca entreabierta parece salir el aullido del viento helador. El árbol muerto que permanece solo en la ladera no está allí en vano, tiene una función que desconozco despierta. Pero incluso cuando me despierto recuerdo que la tiene. Y así no vuelvo con las manos completamente vacías.


Cuando pasamos cerca del patio de la guardería de Sara Zeldin, le conté a Mijael que trabajaba allí. ¿Soy una maestra severa? Él cree que debe ser una maestra severa. ¿Por qué lo cree? No lo sabe. Es como un niño, digo yo, que empieza a decir algo y no sabe cómo terminar. Expresa una opinión y no es capaz de sostenerla. Igual que un niño.
Mijael sonrió.
De uno de los patios, en la esquina de la calle Malaquías, salieron chillidos de gatos. Eran gritos fuertes, histéricos. Luego oímos dos gemidos ahogados, y al final un llanto monótono, débil, rendido, como de resignación y desesperanza.
Un llanto perdido.



Noa. We.

Cuando estoy junto al fregadero de la cocina puedo ver por la ventana el patio trasero. El patio de nuestra casa está abandonado, cubierto de un espeso barro en invierno y de cardos y polvo en verano. Los trastos ruedan por el patio. Yoram Kamnitzer y sus amigos construyeron fortines de piedra en los que sólo quedan las ruinas. También hay un grifo roto en un extremo del patio. Existe la estepa rusa, existe Terranova, existen archipiélagos y yo estoy encerrada aquí. Pero a veces abro los ojos y el tiempo se manifiesta. El tiempo es como una patrulla de policía que pasa por la calle de noche: una luz roja brilla con rápidos destellos y en cambio los neumáticos giran despacio. Hacen un leve ruido. Un movimiento prudente. Lento. Acechante. Tanteante.
Me gustaría pensar que los objetos inanimados están sometidos a un ritmo distinto porque no tienen capacidad de pensar.

Mijael se va y las lágrimas me hacen un nudo en la garganta. Me pregunto de dónde sale esta tristeza. Desde qué maldita guarida irrumpe para estropearme una mañana azul y plana. Como la contable de una oficina comercial hurgo entre un montón de recuerdos hechos añicos. Reviso cada cifra de una larga cuenta. ¿Dónde se oculta un grave error? ¿Acaso es un espejismo? ¿Dónde me ha parecido ver un fallo garrafal? La radio empieza a cantar. De repente habla del creciente descontento en algunos pueblos. Me sobresalto: las ocho. El tiempo no descansa y no deja descansar. Cojo mi monedero. Apuro sin necesidad a Yair, que está listo antes que yo. Con su mano en mi mano, nos vamos a la guardería de Sara Zeldin.



Noa y Carlos Nuñez. A lavandeira da noite.

- Ha habido un malentendido entre nosotros, Mijael. Lo terrible no es que seas hijo de tu padre. Lo terrible es que tu padre haya empezado de pronto a hablar por tu boca. Y tu abuelo Zalman. Y mi abuelo. Y mi padre. Y mi madre. Y después será Yair. Todos nosotros. Como si uno y otro y otro fuésemos copias defectuosas. Se pasa a limpio y su vuelve a pasar a limpio y se descarta y se arruga y se tira a la papelera y se vuelve a copiar con algún cambio imperceptible. ¡Qué estupidez, Mijael! ¡Qué desolación! ¡Qué chiste tan malo!


Hacia las cinco despuntó el sol. Salió envuelto en una densa niebla. Sobre la tierra yacían borrosos los arbustos silvestres. En la ladera de enfrente había un joven pastor árabe y unas cabras grises que pacían con furia a su alrededor. Oí campanas lejanas sonando en las alturas. Era como si otra Jerusalén hubiese surgido de sueños melancólicos. Fue una visión terrible y lúgubre. Jerusalén me perseguía. Las luces de un coche brillaban en una carretera que no veía. Árboles solitarios, grandes, ancestrales, crecían con fuerza. Jirones de niebla se perdían en valles desiertos. El espectáculo era gélido y turbio. Una tierra extraña iba siendo anegada por una luz fría.

3 comentarios:

Alfredo dijo...

hola

hace algun tiempo que no pasaba por aca, como siempre muy interesantes tus articulos, muy instructivos con obras que no conocia.

saludos

Milagros Sánchez dijo...

Me ha parecido de una exquisitez absoluta, aunque con bastante carga dramática el transfondo que late en esta novela, de la cual ya me comentaste hace tiempo y me la recomendaste, si mi memoria no me falla ¿verdad?
Ciertamente este autor es un mago del lenguaje y me gusta su estilo.
Y no quiero olvidarme de Noa y de ese último vídeo junto a mi admirado compositor gallego Carlos Núñez y esta entrañable canción: A lavandeira da noite.
Un abrazo y que tengas un ¡buen finde!

Alfredo dijo...

ALFREDO: Gracias por la vuelta por este lugar. Yo sigo echándole un vistazo al tuyo.

Un saludo!

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MILAGROS: Es verdad que te recomendé esta novela al hilo de un post tuyo, y me alegro de que te haya gustado esta historia contada con gran lujo de detalles con muy pocas cosas. Para mí un descubrimiento que también me llegó por una recomendación.

Luego está Noa que tiene una voz que me gusta mucho, y la combinación con Carlos Nuñez en ese tema en concreto, alcanza momentos mágicos.

Un abrazo!