martes, 15 de septiembre de 2009

Génesis (Bernard Beckett, Ediciones Salamandra, 2009)

No conviene contar demasiadas cosas de esta novela, y no porque no se pueda hacer, sino porque nos encontramos ante un mecanismo de relojería en el que todo va tan engranado que uno corre el riesgo de desvelar algo que estropee la sorpresa final que nos reserva un libro que en 159 páginas condensa ideas de enorme calado.

Este novelista neozelandés ubica en un lejano año 2075 a su personaje principal, una joven llamada Anaximandro ante un hecho decisivo para su vida. Y es su mayor deseo es el de ser admitida en la Academia, la principal institución en la toma de decisiones del país. Para llegar hasta ahí, ha contado con la ayuda de su mentor, Pericles, y ha decidido defender su versión acerca de un acontecimiento decisivo en el devenir histórico de su sociedad y que se enseña a todos los niños desde su entrada en el colegio.

A partir de ahí se va construyendo un engranaje de fácil lectura pero no por ello menos complejo, hasta el punto de que podríamos calificar a esta novela como un thriller filosófico, en el que siguiendo el estilo de los diálogos platónicos se nos van planteando una serie de preguntas acerca de temas como la identidad humana, las barreras que levantamos para proteger nuestras sociedades, si conseguimos que las máquinas piensen como humanos ¿dónde está la diferencia?, cuál es la medida del ser humano, la muerte, la vida…

Una sociedad que antepone a cualquier otra consideración, incluso las relaciones personales, el bienestar colectivo y en el que los comportamientos individualistas, las decisiones personales están rigurosamente controladas. Una sociedad hasta cierto punto, deshumanizada, en la que todo está subordinado a decisiones superiores, blindada ante cualquier presencia extranjera para evitar la entrada de un virus que está asolando a islas cercanas.

Con todo eso, y muchas más cosas, Beckett construye un relato que se va desarrollando como una tela de araña en la que quedamos atrapados de forma irremisible, para llegar a un final que nos deja con la boca abierta cuando nos damos cuenta que casi nada era como nos habíamos imaginado. Y suscribo totalmente las palabras de Cristina Monteoliva cuando escribe que se trata de una “novela inteligente, inquietante e interesante que no deberías dejar pasar de largo.”

Fragmentos

Yo no soy una máquina. ¿Qué puede saber una máquina del olor a hierba mojada por la mañana, o del llanto de un recién nacido? Yo soy la sensación del calor del sol en mi piel; soy la sensación de una ola fría rompiendo sobre mí. Soy los lugares que nunca he visto, y que sin embargo imagino cuando cierro los ojos. Soy el sabor del aliento de otro, el color de su pelo.
Te burlas de mí por la brevedad de mi vida, pero es precisamente ese miedo a morir lo que me infunde vida. Soy el pensador que piensa en el pensamiento. Soy curiosidad, soy razón, soy amor y soy odio. Soy indiferencia. Soy hijo de un padre, quien a su vez era hijo de otro padre. Soy la razón por la que mi madre reía y la razón por la que lloraba. Soy asombro y soy asombroso. Sí, el mundo puede pulsar tus botones cuando pasa por tu sistema de circuitos. Pero el mundo no pasa a través de mí. Yo soy el medio a través del cual el universo se ha conocido a sí mismo. Soy eso que ninguna máquina podrá fabricar nunca. Soy el significado. –De pronto se interrumpió, temblando. Era imposible distinguir si se había quedado sin aliento o sin palabras.

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Arte tenía razón. Al fin y al cabo, la vida viene definida por la muerte. Limitados por el olvido, estamos atrapados en el torno del terror, constreñidos hasta estallar a causa del fin que se acerca. El miedo está siempre presente, esperando a que lo llamen para emerger a la superficie.

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Es posible saber sin entender –le había dicho una vez Pericles-. El conocimiento empieza como una sensación. La comprensión es el proceso de excavación, de despejar un camino desde la sensación hasta la luz del día.

7 comentarios:

calamanda dijo...

¡Hola! Estoy segura de que es una
buenísima recomendación.¡Qué suerte que lo hayas mostrado!

Un beso.

sonoio dijo...

muy linda reseña,
tanto que me interesó la novela

un abrazo!

Alfredo dijo...

CALAMANDA: Ya me dirás algo si le echas un vistazo. Sin ser una obra cumbre de la literatura mundial, está bien leerla.

Un abrazo!!

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SONOIO: Gracias y espero que la disfrutes si decides leerla.

Saludos!!

Lucía dijo...

Parece que promete pero me cuesta tanto leer otras cosas que no sean novela negra... Ayer estuve de compras y tardé en decidir si me llevaba un libro de narrativa o de novela negra, al final me pudo la costumbre.

Un abrazo.

Alfredo dijo...

Comparto contigo afición por la novela negra, con la que también disfruto, y creo que es la novela que mejor explica los mecanismos ocultos de estas sociedades occidentales en las que vivimos.

Saludos!!

CAS dijo...

Con tu reseña y ese fragmento, lo consigues de nuevo: me lamento de la falta de tiempo para poder leer tanta buena literatura.
Hasta el miedo a morir, infunde vida...me parece que leyendolo nos nutrimos de muchos significados para que nuestra vida, que todavía parece poder ser nuestra, se nutra de todas esas sensaciones, que justifican nuestra permanencia en la Tierra.
...días que no pasaba, y como siempre encuentro tanto para leer y nutrirme. Un beso.

Alfredo dijo...

Este es un libro que se lee de una forma muy fácil y rápida, aunque es de los que deja cuestiones importantes flotando en el aire. Anímate.