martes, 19 de junio de 2007

La delgada línea roja (The thin red line, Terrence Malick, 1998) (II)


No hay nada que te haga olvidarla, aunque vuelvas a empezar de cero. La guerra no ennoblece a los hombres. Los convierte en bestias. Corrompe su espíritu.

Mi querida esposa. Tanta sangre e inmundicia me revuelven las tripas y el ruido me atormenta. Intento que esto no me afecte. Quiero ser el mismo de antes cuando vuelva a tu lado. ¿Cómo podemos llegar a otras orillas? A las colinas azules. El amor ¿de dónde proviene? ¿Quién aviva su llama? Ninguna guerra podrá apagarla, ni robarla. Yo estaba prisionero y tú me liberaste.

Éramos una familia. Tuvimos que separarnos y nos distanciamos. Y ahora estamos en bandos enfrentados. Nos arrebatamos la luz unos a otros. ¿Cómo perdimos la bondad que nos fue otorgada? La dejamos escapar, la desparramamos sin miramientos. ¿Qué nos impide extender la mano y alcanzar la gloria?

Un hombre contempla un ave moribunda y piensa que sólo existe el dolor, que la muerte tiene la última palabra y se ríe de ella. Otro hombre ve la misma ave y siente la gloria. Le recorre una sensación de bienestar.

Todo es mentira. Todo lo que oímos, lo que vemos. Cuántas mentiras escupen. Cambian constantemente uno tras otro. Esto es un ataúd, un ataúd móvil. Nos quieren muertos o viviendo su mentira. Lo único que puede hacer aquí un hombre es encontrar algo que sea suyo, crear una isla para él solo. Si no llego a conocerte en esta vida, déjame sentir tu presencia. Una mirada de tus ojos y mi vida será tuya.

¿Dónde estuvimos juntos? ¿Quién eres tú que estuviste a mi lado? ¿Quién caminó conmigo? El hermano, el amigo. La oscuridad tras la luz, el conflicto tras el amor, ¿son el producto de una sola mente o las facciones de un mismo rostro? Oh, alma mía, déjame entrar en ti. Mira a través de mis ojos, contempla las cosas que has creado. Mira como brillan.

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