
Ayer martes se proyectó Los dientes del diablo, una coproducción entre Francia, Italia y Gran Bretaña, ambientada en los ambientes polares en los que habitan los inuit (nombre que se dan a sí mismos los habitantes de aquellas latitudes, y que significa “los hombres”) o esquimales (nombre despectivo que aplicamos los blancos y que significa “los que comen carne cruda”).
La combinación que el director, Nicholas Ray, hace del rodaje en estudio y de las imágenes de auténticos paisajes polares, logran convertir a esos desiertos blancos en los auténticos protagonistas de la película, ya son ellos y las condiciones climatológicas que los permiten, los que marcan las leyes de la supervivencia, las creencias y los modos de vida en unos ambientes en los que sobrevivir es una aventura de incierto final.
Inuk (interpretado magistralmente por Anthony Quinn) y su familia, viven felices (representación un tanto idealizada del buen salvaje) hasta que entran en contacto con el hombre blanco y su arrogancia de creerse superiores a todo, incluso a la propia naturaleza a la que no se esfuerzan por entender, y a todos los que no son como ellos. Son dos mundos que viven en la misma época pero en universos alejados entre sí por años luz, con necesidades, mentalidades y formas de concebir la realidad absolutamente dispares.
Inuk representa una mentalidad sencilla, capaz de comprender y de adaptarse a la naturaleza, respetuosa con sus criaturas (a cuyos espíritus se les pide perdón cuando se mata a uno de ellos) y que sólo tiene lo que necesita, mientras que el hombre blanco es depredador, violento, que piensa que sus creencias religiosas o sus leyes son universalmente válidas y que por eso las intenta imponer en todos lados sin importar con qué métodos.
Al final los dos mundos vuelven a su sitio, pero los espectadores no podemos dejar de tener la sensación de que una vez producido el primer contacto ya nada volverá a ser como antes, y que el hombre blanco, seguirá depredando todo aquello que se ponga por delante.
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