martes, 3 de febrero de 2015

Fargo: humor negro bajo cero



Hablo de Fargo la serie y no de Fargo la película, aunque es prácticamente imposible hablar de la primera sin tener en mente a la segunda, lo que no excluye para nada que la serie se pueda disfrutar en toda su intensidad sin necesidad de haber visto la película, pero no es menos cierto, que quienes hayan visto la película de los hermanos Coen seguro que disfrutarán un poco más de la serie.


Hasta ahí la simbiosis entre ambas obras aún con el vuelo particular seguido por la serie, porque si bien la serie tiene algunos puntos en común con su hermana fílmica, se trata de un producto original, con personalidad propia superadas las sospechas iniciales que apuntaban hacia una suerte de remake destinado al público televisivo.


Bendecida por crítica y público, la cadena FX ha confirmado una segunda temporada basada en una historia que no tiene nada de real, salvo el frío de una Minnesota profunda, de un pueblo en medio de un páramo blanco bajo el cual discurre como un caudal de lava, la maldad propia y ajena en un lugar de esos nacidos para que nunca pase nada, pero que cuando algo ocurre llega a consecuencias inimaginables, como si la explosión de una olla expres se tratara.


Explosión causada en gran medida por la estupidez humana, capaz como sabemos de alcanzar grados infinitos, y de unas malditas casualidades engranadas de modo fatídico y que van precipitando los acontecimientos a un ritmo pausado y, tal vez por eso, de mayor crueldad. Eso combinado con buenas dosis de humor negro, nos hace tener la sensación de que lo estamos viendo no es real, sin embargo, si nos paramos un poco a pensar bien podría tratarse de una historia totalmente anclada en la realidad de cada uno.


Como en toda buena historia de crímenes el malvado es una pieza clave, y esta vez Fargo nos deja a uno de esos malos antológicos, al que da vida un gran Billy Bob Thorton, que junto con el malo malísimo de The Shadow Line, son dos de los más grandes personajes siniestros de los últimos años, al menos en el formato televisivo. Un malo por un lado y un estúpido recalcitrante por otro, Lester Nygaard, interpretado por Martin Freeman (el doctor Watson de la serie Sherlock), aplastado por sus complejos de inferioridad, un trabajo aburrido en grado sumo (es vendedor de seguros), y una esposa que no deja de recordarle lo inútil de su existencia.


Nygaard llegará a las más altas cumbres de la inhumanidad para remontarse como un ser triunfador, seguro de sí mismo hasta que, ay, esa estulticia genética vuelva a salirle por los poros y vuelva a poner en marcha una tragedia que parecía ya cosa del pasado, hasta desembocar en un estúpido final, remate último de una estulticia galopante, capaz de alcanzar, a excepción de la mujer policía única persona sensata e inteligente de la serie al menos entre los personajes relevantes, a todo el mundo hasta niveles caricaturescos.