jueves, 20 de noviembre de 2014

John Adams, serie a mayor gloria de la historia



Última de las series de la HBO a la que le he echado el ojo, un poco tarde eso sí, porque ya es de 2008, pero ya se sabe que nunca es tarde si la dicha es buena y esta vez el dicho se ha cumplido, especialmente por tratarse de una serie histórica de factura impecable que desarrolla los primeros cincuenta años de vida de los Estados Unidos de América a través de la figura del segundo de sus presidentes, John Adams, vamos el que sucedió a Washington y antecedió a Jefferson, dos nombres que seguro a los europeos nos suenan bastante más.


Siete episodios para contar un momento decisivo en la historia del mundo, cuando las trece colonias decidieron, más o menos, unirse para crear una nueva nación, aunque al principio se hablaba más de independencia de la Corona británica que de unirse bajo una misma bandera, preocupados también por mantenerse al margen unas de otras.


El caso es que el abogado John Adams se convertirá en una figura clave de ese proceso, y no menos clave su mujer, Abigail, personaje secundario por minutos de aparición pero absolutamente fundamental como mujer leal, inteligente, contrapeso ideal de un marido tendente a la vanidad, luchadora por su familia, capaz de soportar muchos años alejada de su marido, y tremendamente valiente. Un personaje femenino de los que no se suelen encontrar en este tipo de historias, siempre muy preocupadas por destacar el papel de los varones. Y este es uno más de los alicientes de la serie.


La vida familiar de John Adams daría casi para un drama de época por sí sola, y aquí se convierte en un contrapunto perfecto del devenir político de una nación en pañales, que pone en el abogado bostoniano muchas de sus esperanzas, primero como miembro del congreso constituyente y luego como embajador en Francia y Holanda, para regresar como vicepresidente de Washington y, finalmente, presidente.


Una carrera orlada por la incomprensión de sus conciudadanos, con duros ataques patrocinados en la prensa por uno de sus mejores amigos, Jefferson, incapaces de comprender la visión a largo plazo de Adams, modulada por su contacto con las cortes europeas (hedonista y decadente la francesa, envarada la británica, y con los protestantes holandeses sólo pendientes del dinero), que le hicieron comprender la necesidad de anteponer un proyecto de nación por encima de los intereses particulares de trece colonias no siempre bien avenidas entre ellas, y donde la división entre el norte y el sur empezaba a florecer.


Un hombre íntegro, de moralidad intachable, capaz de amar profundamente a su esposa, tanto que no le quedaba cariño para sus hijos, obligados a crecer en ausencia de un padre, lo que va a generar alguno de los momentos más dramáticos de la serie, obstinado en sus opiniones, con un punto de arrogancia intelectual y con toques de vanidad, controlados con enorme dulzura y astucia por su esposa, siempre dispuesta a criticar los discursos de su marido, un mérito que se reconoce y mucho, como tiene que ser, a lo largo de la serie.


La causalidad quiso que el mismo día en el que se celebraba el cincuenta aniversario de la independencia del país, murieran el segundo y tercer presidentes de los Estados Unidos, dos grandes amigos a los que la política distanció y a los que el tiempo ayudó a reconciliar.