martes, 15 de julio de 2014

Horacio Coppola, el fotógrafo de Buenos Aires


Calle Corrientes, 1936.


Cuando en 2012 fallecía el argentino Horacio Coppola, la ciudad de Buenos Aires, esa que en la película de Hernán Gaffet Ciudad en celo, se discutía si era femenina o masculina, se quedaban huérfanas de uno de sus más insistentes paseantes desde que viera la luz allá por el año 1906. Paseos en los que muchas veces le acompañaba Jorge Luis Borges, y juntos contribuyeron a crear, cada uno a su manera, la leyenda de la ciudad porteña.

Villa Miseria sobre el riachuelo, 1936.

O si leyenda se considera una expresión exagerada, podemos acordar que ayudaron a trasladar a aquellos que no tenemos el placer de conocerla más que a través de relatos, fotografías, películas  o informaciones periodísticas, la magia, el espíritu que anima las calles de una urbe construida en una sucesión de capas arqueológicas, tantas como la diversidad de los habitantes, autóctonos o emigrantes, que la han marcado con un sello distintivo.

Vista bajo un puente ferroviario, 1936.

Como tantas veces ocurre, Horacio Coppola, después de haber sido introducido en el mundo de la fotografía por uno de sus hermanos mayores, recorrió Europa para luego volver para apoderarse de forma definitiva de las calles, las aceras, del ritmo trepidante de la urbe sobre la que posa una mirada muy particular, autodidacta, innovadora, vanguardista.

Calle Corrientes al 3000, 1936.

Una mirada deudora también de las enseñanzas emanadas de la Bauhaus alemana, institución que conoció en su sede berlinesa en los años 30 y a la que sería su primera mujer, la también fotógrafa Grete Stern. El ascenso del nazismo y la atmosfera asfixiante que trajo consigo, le llevó a viajar a París y a Londres antes de regresar a Buenos Aires.

Londres, 1934.

"En Londres disfruté como pocas veces de mi costumbre de pasear por las ciudades de noche. Me gusta caminar cuando cae el sol, me gustan los personajes que aparecen, las escenas que se arman; la vida que adquiere entonces la ciudad me parece siempre digna de ser vivida."

Nocturno. Avenida Costanera, 1936.

La noche, la niebla, elementos que introducen cambios dramáticos en las condiciones no solo climáticas sino de las propias calles, de la misma ciudad que, por un lado, se aletarga, mientras que, por otro, cobra una nueva vida que se da cita en los rincones, en las esquinas definidas por fachadas de cafés, de puertas iluminadas con luces prometedoras de no se sabe qué otra clase de penumbras.

Bartolomé Mitre y Montevideo, 1936.

"Cada vez que estaba en mi casa y veía que afuera todo se volvía brumoso, me abrigaba y salía. Adoro la niebla y no tanto como experiencia óptica, sino como fenómeno generador de atmósfera: uno se va internando en una materia extraña, los sonidos y el entorno se opacan, y entonces empieza a sentirse solo, aislado. Pero no hay en ello nada de temor ni de nostalgia, es como caminar sin paisaje."

Calle Corrientes, 1936.

Cuando al final de su vida un periodista quiso saber qué era lo que hacía feliz a Horacio Coppola, el dijo: “ver”. A la vista de sus fotografías no cabe más que sospechar que Coppola fue un hombre inmensamente feliz.

Más información: El País, Revista Enie, La Nación, La Nación.