domingo, 24 de noviembre de 2013

Algo huele a siniestro en Blackout



De nuevo a vueltas con una miniserie producida por la BBC. Esta vez se trata de Blackout o la historia en tres capítulos de Daniel Demoys (Christopher Eccleston), un oscuro político que toca el fondo de sus adicciones al alcohol, la cocaína y el sexo en una noche de lluvia en medio de un callejón oscuro donde dará comienzo su particular odisea siniestra.


Una serie en las que las calles, los callejones, la oscuridad, el ambiente general, apoyado magníficamente por una banda sonora muy efectista, terminan convirtiéndose en una gran metáfora sobre la oscuridad del alma humana. En esa noche, en esos clubes siniestros propicios para encuentros sexuales que nada tienen que ver con el amor, solo cabe oscuridad, solo caben encuentros fugaces y resacas espantosas de las que mejor no acordarse.


De un suceso recluido en lo más profundo del inconsciente alcohólico del protagonista, se iniciará un camino con múltiples recodos y en el que hasta una función de ballet de un grupo de adolescentes adquiere tonos siniestros, tanto que nada más terminar de ver el primer episodio la impresión que se tiene es la de que la historia no puede acabar bien, es imposible, no cabe un final feliz en esta historia.


Después de tocar fondo parece que algo puede cambiar, que se puede iniciar un nuevo camino dejando atrás el pasado, un pasado que lucha por volver a salir a la luz y la lucha que se plantea es encarnizada, y las buenas intenciones chocarán frontalmente con intereses oscuros en una ciudad que se debate entre entregar el destino a los ciudadanos o dejarlo en manos anónimas pero muy poderosas.


Bajo una lluvia pertinaz (paradójicamente creada por máquinas ya que la grabación coincidió con unos meses de enero y febrero de 2012 inusualmente secos en la ciudad de Manchester) todos los personajes cruzan sus particulares rubicones para intentar recuperar el rumbo de sus vidas. La oscuridad, ya se lo anticipo, es profunda y cruel.