domingo, 7 de marzo de 2010

Idiotas (Man Drake. Toméo Vergès)


¿Se puede ser un angustiado feliz? ¿Hay un tiempo para ser feliz? ¿Se puede vivir angustiado? ¿Con cuánta idiotez cargamos todos los días? ¿Somos esclavos de nuestra propia idiotez? ¿Somos todos una panda de idiotas?

Son muchas las preguntas que deja en el aire el espectáculo que el coreógrafo catalán, afincado en París desde hace más de 20 años, Toméo Vergès, ofreció con la compañía Man Drake, el pasado día 6 en el Teatro de la Universidad Laboral de Gijón. Un espectáculo que muy pronto genera la sonrisa en el espectador, carcajadas en algunos casos, que asiste a un juego entre cinco tipos de idiotez diferentes, encarnada cada una de ellas por un actor-bailarín (cuatro hombres y una mujer)


Sobre un escenario minimalista, un desierto de polvo de mármol blanco, con apenas dos muebles, dos cuerdas que penden del techo, una planta escuálida y una bola de discoteca, se nos van ofreciendo tres cuadros sin un hilo conductor común más que el de las preguntas, en un juego de toques surrealistas en el que ha influido mucho el cine de Buñuel, concretamente la película Simón del desierto (como reconoció el propio coreógrafo en el encuentro que mantuvo con el público al término de la función), y el libro Los hombres ebrios de Dios (Les hommes ivres de Dieu) del francés Jacques Lacarrière.

Un espectáculo a medio camino entre la danza y el teatro, más gestual que de palabra, en el que el universo sonoro no pasa, en muchas ocasiones, de sugerencias sonoras (según la definición a mi modo de ver muy acertada de uno de los espectadores), en las que el silencio es otra de las claves fundamentales en un microcosmos en el que los personajes se ven obligados a cargar con su idiotez particular transmutada en adoquines de granito que condicionan la movilidad, la relación con los demás, la interpretación del mundo que nos rodea, y contra los que se lucha, se les golpea sin conseguir hacer mella alguna.


Tal es el contenido angustioso de un montaje con mucho sentido del humor, que culmina con un final realmente impactante dentro de la sencillez, sin alharacas innecesarias pero profundamente contundente, y es que al final las moscas aparecen y cuando eso ocurre sabemos que el final es inevitable. Se trata de plantear preguntas y nunca de dar respuestas, sugerencias y no caminos trillados, para que cada uno saque la conclusión que mejor le parezca en función de su propia realidad. Es un viaje en el que sólo cabe llevar como equipaje la duda.

Un espectáculo en el que lo mismo que hay elementos muy explícitos, hay otros que entran de lleno en el terreno de lo simbólico, de lo alegórico, y que nos pide que nos sentemos en nuestra butaca y sintamos, nos bajemos de la parte racional y dejemos que nuestro corazón y nuestras tripas, sientan, o no, ya buscaremos luego colocar las piezas del puzzle en el sitio que nos parece a nosotros que encajan mejor.

Cierro con un fragmento de la crítica que se publicó en Le Monde referida a este espectáculo: “Más que el contenido, es el juego malicioso de los intérpretes, la atmósfera amablemente idiota de este patio de recreo para adultos descerebrados lo que hace correr un estremecimiento de placer y complicidad.”

2 comentarios:

calamanda dijo...

Hola, me encantaría contestar esas
primeras preguntas, pero creo que
es mejor que no lo haga aquí.
Me hubiera encantado ver esa representación.
Regardez moi bien!...¡Qué suerte
tienes!...Je ne sais pas pourquoi,
dis- moi...¿Por qué no vienen hasta
aquí para que yo las pueda ver?...

Saludos,
un beso.

Alfredo dijo...

Por lo que comentaron después de la función, deben de estar en gira, porque luego les tocaba ir a Santiago de Compostela. Lo que ya no sé es si van a dirigirse hacia el sur.

El espectáculo merece la pena, sin ninguna duda.

Abrazos!!