lunes, 22 de julio de 2019

La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013): El extraño ritual de la decadencia



Llevamos unos segundos de película cuando vemos a un turista suponemos que japonés, alejándose mientras su grupo sigue atentamente las explicaciones de una guía. El turista se asoma a la ciudad de Roma e incapaz de soportar tanta belleza se desploma, ¿simple desmayo? ¿fallecimiento? A nadie le importa, es un simple turista, uno más. “Los únicos habitantes de Roma son los turistas”, dice uno de los personajes en un momento determinado de la película.



Luego saltamos a una desenfrenada fiesta de cumpleaños, concretamente, del 65 cumpleaños de Jep Gambardella, al que da vida un inconmensurable, Toni Servillo, un personaje que en su juventud decidió convertirse en el alma de todas las fiestas de Roma, incluso con el poder para hundirlas. Lo mismo que fluyen las aguas del Tíber o las de ese mar que Jep ve en el techo de su habitación, su vida fue yendo por cenas, fiestas y demás saraos sociales donde se cruzan intelectuales, periodistas, vendedores de juguetes, mujeres socialmente comprometidas o no, de una alta sociedad tan vacua como sus vidas.


Es una película sobre la belleza, por lo tanto sobre lo efímero, sobre la nada que queda después de ese momento de extraordinaria belleza que vamos a recordar para siempre, y que muy bien puede valer por toda una vida. Eso es lo que da algún  resquicio de sentido a la vida de los personajes que van transcurriendo por la película, todos ellos náufragos de una juventud que ya fue y de una senectud que ahí está llamando a las puertas.


Mientras los jóvenes contemporáneos, o bien se refugian en la religión (ese colegio de monjas adolescentes) o en el desorden mental, náufragos también de esa nada inmensa de la que hablaba Ángel González, que les lleva al suicidio o a una creación artística pretendidamente intelectual pero que detrás de la fachada, de nuevo, se esconde una nada igualmente inmensa. 


Belleza hay a raudales en esta película, desde la música, hasta cada uno de los planos, los monumentos de Roma, la magnífica terraza con vistas al Anfiteatro en el que transcurre buena parte de la película, la forma tan elegante con la que Jep deja transcurrir una vida en la que ha dejado de crear, de sentir, a la que se enfrenta desde una hermosa lucidez.



Y Roma, esa ciudad eterna, decadente, un espacio urbano que es más un estado del alma, donde las palabras echan abajo máscaras de pretendida intelectualidad, de compromiso ciudadano impostado mientras se vive rodeado de criados, y se sale en televisión incluso los lunes, un día en el que ni siquiera los “camellos” salen a la calle, como señala Gambardella en uno de los mejores momentos de la película. Os dejo el vídeo por si alguien lo quiere ver.


Mientras tanto la cámara de Sorrentino nos lleva a ver Roma desde las alturas, a bajar al fondo de las criptas de las iglesias, a deambular por viejos pasillos oscuros llenos de esculturas clásicas, por interiores minimalistas, por la decadencia, por la desidia moral, por los caminos, en definitiva, de la vida.


2 comentarios:

Ikana dijo...

Caray, qué película más curiosa :O

Alfredo dijo...

A mí me encanta.