martes, 19 de agosto de 2014

Harry Brown: Michael Caine y poco más



El actor británico tiene uno de esos rostros tallados por el tiempo y una de esas voces, que a fuerza de oírlas, ya se ha convertido en familiar para todos aquellos que disfrutamos con el trabajo actoral de este grande de la pantalla. Por eso cuando uno de estos días me encontré por casualidad con Harry Brown, tuve claro que la única opción posible era la de sentarme en el sofá a disfrutar.


Y lo hice a medias. Por un lado estaba el gran Michael Caine que vuelve a dejar un personaje muy sólido, y, por otro, una historia que no dejaba de sonar a conocida. A saber, un antiguo soldado de élite, viudo y con una hija fallecida con 13 años, veterano de Irlanda de Norte, habitante de un barrio conflictivo dominado por unos adolescentes dedicados al tráfico de drogas.


Punto de partida que ya nos suena de infinidad de historias, en las que se produce un detonante que convierte a nuestro protagonista en uno de tantos habitantes del barrio pasivos ante lo que ocurre alrededor, consentido al mismo tiempo por una policía incapaz de fijar la ley y el orden en el barrio. Cuando su único amigo es asesinado, Harry Brown decide tomar cartas en el asunto.


A partir de ahí se desarrolla una historia del vengador solitario, de una policía atada por la ley a la hora de acusar a los asesinos del anciano, y que no ve con malos ojos que un particular limpie el barrio por su cuenta. De nuevo estamos ante la filosofía que justifica que la gente haga justicia por si sola si el Estado y sus fuerzas del orden, son incapaces de hacerlo sin llegar a profundizar en las razones que permiten que eso ocurra.


De hecho cuando la policía se decida a intervenir en el barrio se va a generar una serie de disturbios callejeros, una suerte de guerrilla urbana que pone el barrio en auténtico pie de guerra creando el caldo de cultivo necesario para plantear el final de una película que arranca muy bien para luego meterse en un tono medio que si bien no llega a despeñarse, tampoco nos deja grandes momentos y sólo al final nos regala una metáfora visual muy apreciable.



Una más de justiciero veterano, que convive con sus experiencias de lucha contra el IRA, personas que desde el punto de vista de Harry Brown tenían razones para luchar, mientras que es incapaz de comprender el por qué de la violencia de unos adolescentes que no tienen más objetivo en la vida que la droga, y en la que lo mejor termina de ser el, una vez más, sólido Michael Caine.