domingo, 14 de febrero de 2010

Cuando éramos honrados mercenarios (Arturo Pérez Reverte, Alfaguara 2009)

Los presos de la Cárcel Real

Hoy vamos de historieta histórica, si me permiten. Merece la pena. En los últimos tiempos, y por razones de trabajo, me he visto entre libros y documentos bicentenarios de esos que a veces estremecen y otras te dejan una sonrisilla cómplice cuando proyectas, sobre la prosa fría del documento, imaginación suficiente para revivir el asunto. El de hoy se refiere al dos de mayo de 1808, cuando Madrid estaba en plena pajarraca insurreccional contra las tropas francesas. Es rigurosamente verídico, aunque parezca esperpento propio de una película de Berlanga. Y es que, a veces, también la España negra tiene su puntito.

Todo empezó con una carta escrita a media mañana, cuando la ciudad era un tiroteo de punta a punta, la gente sublevada peleaba donde podía, y la caballería francesa cargaba contra paisanos armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. La carta iba dirigida al director de la Cárcel Real de Madrid -situada junta a la plaza Mayor, hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores- por Francisco Xavier Cayón, uno de los reclusos, y estaba escrita en nombre de sus compañeros: "Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros". Entregada al carcelero jefe Félix Ángel, la solicitud llegó a manos del director. Y lo asombroso es que, en vista del panorama y de que los presos, ya artillados de hierros afilados, tostones y palos, estaban montando una bronca de órdago, se les dejó salir a la calle bajo palabra. Tal cual.

Ahora imagínense el cuadro. Sin mucho esfuerzo, porque la Historia conservó los pormenores del episodio. De los noventa y cuatro reclusos, treinta y ocho prefirieron quedarse en el talego, a salvo con los boquis, y cincuenta y seis caimanes se echaron al mundo. Eran, claro, lo más fino de cada casa: gente del bronce y de puñalada fácil, chanfaina de los barrios crudos del Rastro, Lavapiés y el Barquillo, brecheros, atufadores, jaques de putas. Monipodios, Rinconetes, Cortadillos, Pasamontes y otras prendas, incluido un pastor de cabras que había dado unas cuantas mojadas a un tabernero por aguarle el morapio. Y, bueno. Como digo, salieron. De estampía. Lástima de foto que nadie les hizo. Porque menuda escena. Ignoro cuántas ermitas visitaron de camino aquellos ciudadanos para entonarse de uvas antes de la faena; pero unos franchutes, que manejaban en la plaza Mayor un cañón con el que hacían fuego hacia la calle Toledo, vieron caerles encima una jábega de energúmenos morenos, patilludos, tatuados y vociferantes, que a los gritos de "¡Viva el rey!" y "¡Muerte a los gabachos!" se los pasaron literalmente por la piedra de amolar, dándole ajo a siete. En pleno escabeche, por cierto, se incorporó a la peña otro preso del talego del Puente Viejo de Toledo, que se había abierto sin ruegos ni instancias, por la cara. Se llamaba Mariano Córdova, era natural de Arequipa, Perú, y tenía veinte años. Venía buscando gresca y se les unió con entusiasmo. Ya se sabe: Dios los cría.

El zafarrancho de la plaza Mayor duró un rato, y tuvo su aquel. Los presos dieron la vuelta al cañón de los malos y le arrimaron candela a un escuadrón de caballería de la Guardia Imperial que cargaba desde la puerta del Sol. Al cabo, faltos de munición, inutilizaron el cañón y se desparramaron por las callejuelas del barrio, cachicuerna en mano, buscándose la vida. Entre carreras, navajazos y descargas francesas, palmaron el peruano Córdova y el ilustre manolo del barrio de la Paloma Francisco Pico Fernández. Su compañero Domingo Palén resultó descosido de asaduras y acabó en el Hospital General, y dos presos más se dieron por desaparecidos y, según los testigos, por fiambres. Pero lo más bonito, lo pintoresco del colorín colorado de esta singular historia, es que, de los cincuenta y dos restantes, sólo uno faltó al recuento final. Entre aquella noche y la mañana del día siguiente, cincuenta y un cofrades regresaron a la Cárcel Real, solos o en pequeños grupos. Me gusta imaginar a los últimos llegando al alba -alguno visitaría antes a la parienta, supongo- exhaustos, ensangrentados, provistos de armas y despojos franceses, con los bolsillos llenos de anillos, monedas gabachas, dientes de oro y otros detallitos, tras haber hecho concienzudo alto en cuantas tabernas hallaron de camino. Con una sonrisa satisfecha y feroz pintada en el careto, supongo. Cincuenta y un presos de vuelta, y sólo uno declarado prófugo. Cumpliendo como caballeros, ya ven. Gente de palabra.

5 comentarios:

Carla dijo...

Interesante artículo el que escribiste. Es realmente apasionante!

Alfredo dijo...

Universo hispánico en estado puro. Reverte domina el idioma como nadie. Lo tengo en mi galería de imprescindibles desde hace mucho tiempo.

Besos!!

PACO HIDALGO dijo...

Alfredo, las cosas y las miserias de esta España cañi. Te agradezco tu visita y te recomiendo que veas el Tormento y el éxtasis, aunque sólo sea por las dos magníficas interpretaciones de Harrison y Heston, sí nos podemos hacer una idea del carácter del Papa y del divino Miguel Ángel. Un abrazo

Mimí dijo...

Me hace mucha gracia el título, porque resulta que los mercenarios de antaño ahora nos parezcan angelitos con alas comparado con lo que nos está viniendo.
Indagaremos en la prosa de este rescatados de épocas entre la espada y la picardía.

Un abrazo de mares de encinas... Extremadura.

Alfredo dijo...

PACO: Buscaré la película, aunque ya te digo que Heston no están entre mis actores favoritos. De hecho me parece que la única interpretación suya que me gusta es la que hace en De aquí a la eternidad. Cuando vea la película que me recomiendas, dejaré constancia en este espacio.

Gracias.

Saludos!!

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MIMÍ: Los mercenarios dejan claro que lo son y que van donde les pagan mejor, son peores esos que van de una cosa y luego se piran con la pasta y con lo que sea.

Reverte en este artículo revela, me parece a mí, una parte importante del alma hispánica, esa que es capaz, al mismo tiempo, de lo mejor y de lo peor.

Abrazos!!