domingo, 15 de julio de 2012

El microcosmos familiar de Richard Billingham



“Es tu trabajo lo que importa, no tienes que preocuparte por lo que piense la gente. Tienes que concentrarte únicamente en tu trabajo y no distraerte, porque si haces un buen trabajo tarde o temprano serás reconocido por ello, pero tienes que tener la fuerza suficiente para mantener tus propias convicciones”.


Esa frase del fotógrafo Richard Billingham (Birmingham, Gran Bretaña, 1970) creo que resume bien el espíritu de un artista que no solo fue rechazado en 16 escuelas de arte antes de conseguir acceder a la Universidad de Sunderland, sino también la fuerza interior que tuvo que necesitar para sobrevivir a una familia sin desperdicio alguno.


Resumiendo, diremos que su padre era maquinista hasta que se quedó sin empleo en plena época de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, y ante las nulas perspectivas laborales tomó la nefasta decisión de convertirse en alcohólico y empezar a vivir únicamente de los subsidios. La necesidad de dinero, le hizo vender su casa para pasar a vivir en un bloque de viviendas sociales. Su madre, con un problema de obesidad, fumadora compulsiva y únicamente interesada por los animales domésticos, las chucherías, los tatuajes y los puzzles. Durante dos años abandonó a su familia, mientras el hermano de Richard era acogido por los servicios sociales.


En medio del desolador panorama familiar, Richard Billingham optó por el arte como forma de poner un poco de orden en el caos familiar. Así sus primeros pasos los dio a través el dibujo y de la pintura y decidió utilizar su familia como modelos, sin embargo, le costaba que se mantuvieran el tiempo necesario inmóviles para poder pintarlos y por eso decidió empezar a hacer fotografías, y así utilizar esas imágenes para componer sus cuadros.


Él mismo cuenta que en esos primeros años, utilizaba la película más barata que podía encontrar y luego revelaba el resultado también en el sitio más barato. Eso da una textura especial a sus fotografías que pronto pasaron a ser la forma de expresión artística que le permitirá abrirse camino en el mundo del arte.


Esas imágenes tomadas de las escenas cotidianas de su casa, con su padre durmiendo, comiendo o borracho, su madre haciendo puzzles o reclinada en un sofá a lo maja vestida, o de su hermano aplicado con total concentración a la Playstation, las reunirá en un libro que titulará Ray’s Laugh y que le abrirá las puertas del mundo del arte.


Richard Billingham nos muestra su realidad familiar sin artificios ni técnicos ni de otro tipo, solo la vida en estado puro, sin contener ningún tipo de mensaje social, político o cualquier otro tipo, como alguna vez ha explicado el propio Billingham. “Mi intención no es la de causar ningún tipo de impacto, de ofender, ni ser sensacionalista o dejar un mensaje político o de lo que sea, solo quiero hacer un trabajo con el máximo contenido espiritual del que soy capaz”, afirma.


Son fotografías que “pueden ser entendidas por todo el mundo sin pedirle al espectador ningún tipo de esfuerzo ni intelectual ni conceptual; solo presenta de una forma directa la lucha diaria”, según afirma Emma Safe.


Otras de sus series fotográficas recorren paisajes fronterizos, lugares que tienen una especial significación para él, muchas veces vinculados a paisajes industriales en decadencia, patios de juegos entre edificios de viviendas estatales. En 2006, comenzó a hacer una serie tomando como inspiración sus visitas al zoo cuando era niño, y en los últimos tiempos ha recorrido el área de Essex y Suffolk a la búsqueda de los paisajes que pintó Constable.

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miércoles, 11 de julio de 2012

Encadenados (Notorius, Alfred Hitchcock, 1946)



Estamos ante una de las obras cumbres del mago del suspense, al menos por lo que toca a su cinematografía en blanco y negro, y uno de los pasos que le ayudaron a asentarse en Hollywood. Una película que costó dos millones de dólares y que terminaría recaudando ocho, según le reconoce el británico al director de cine francés François Truffaut en el libro de éste El cine según Hitchcock.

Ahí también se nos cuenta que la base de la película está en un relato corto aparecido en las páginas del periódico Saturday Evening Post varios años antes, titulado La canción de las llamas, y que el propio Hitchcock pensaba que era una historia trasnochada. Sin embargo, junto con el guionista Ben Hecht, se pone manos a la obra en 1944 para lograr sacar de ahí una historia fundamentalmente amorosa enmarcada en un contexto de espionaje internacional y con fuertes dosis de suspense.

A pesar de contar con Cary Grant e Ingrid Bergman y una historia más que notable, no logró convencer al productor por lo que el lote completo terminó vendido a la RKO compañía con la que finalmente sacaría adelante la que sería una de sus obras maestras.


Una historia en la que resalta con fuerza la lucha entre el deber y los sentimientos, una dicotomía puesta al servicio de un primer nivel de tensión entre los dos protagonistas, dos personas que se enamoran perdidamente pero que están inmersos en unas circunstancias que les colocan al borde de una decisión enormemente dificultosa. El escudo del alejamiento, de una frialdad que oculta todo lo contrario, les va a llevar a una travesía llena de recovecos, de idas y venidas, de dudas y peripecias por las que al espectador no le queda otro remedio que transitar con angustia y emoción. Eso después de habernos regalado la que pasa por ser una de las escenas de beso más intensas de toda la historia del cine.


Desde ese primer nivel de tensión, se deriva otro que es el los malos, por decirlo de alguna manera, el de esos científicos nazis de postguerra trabajando por lograr algo que les devuelva al primer plano de la historia y les haga recuperarse de la derrota en la guerra, que ya se ha producido cuando se estrena la película, pero que en 1944, cuando se empieza a trabajar con el guión, ya era muy evidente.


Con el habitual gusto por detenerse en detalles (una llave, una mirada, una sospecha que nace y crece, una botella, una taza de café, ese pañuelo que la Bergman le devuelve a Grant), Hitchcock nos regala un puñado de grandes momentos cinematográficos (impagable por su tensión la escena de la bodega), en la que se nos escamotea la violencia lo que la hace aún más amenazadora, más real, oculta debajo de un disfraz de buenas maneras y de sutilezas terribles, hasta desembocar en un final apoteósico con esa puerta que se cierra para que el drama pueda culminar finalmente pero, eso sí, lejos de la mirada del espectador que se ha quedado prendada en otra cosa.


Y como decía aquella presentadora del programa Un, dos, tres, Mayra Gómez Kemp: “Hasta ahí puedo leer”. Si no han visto esta película, véanla y disfrútenla. Es simplemente maravillosa.

domingo, 8 de julio de 2012

La noche de la iguana (The night of the iguana, John Huston, 1964)



T. Lawrence Shannon (Richard Burton) es un excéntrico párroco anglicano capaz de acosar a sus feligreses con sermones poco menos que ateos en medio del escándalo de sus bienpensantes feligreses. Ahí está el arranque de una película llena de humor y de sensualidad al calor de las tórridas noches mexicanas y baños a medianoche en las playas por aquel entonces aún por descubrir, de Puerto Vallarta, una población convertido por mor de la película en uno de los destinos turísticos más importantes del país azteca.

El estallido del reverendo Shannon, ya en vigilancia por un turbio asunto con una feligresa que buscaba el perdón de sus pecados, va a la condenarle a la expulsión de la profesión obligándolo a ganarse la vida guiando viajes turísticos por México para aburridos ciudadanos norteamericanos que solo saben quejarse de los hoteles, las carreteras, el calor y de cualquier otra cosa.

Para tormento de Shannon, en esta ocasión le toca guiar a un grupo de maestras solteronas, en una edad camino de avanzada, y protegidas por una severa señorita Fellows incapaz de reconocer su propia naturaleza y preocupada por controlar a una rubia adolescente de esas capaces de derretir el hielo y que no tendrá más ocurrencia que intentar seducir a un Shannon aterrado ante sus propios fantasmas y el miedo a perder su trabajo.


Para evitar las represalias de la señorita Fellows en forma de denuncia judicial, Shannon conduce al grupo, secuestro se podría llamar, hasta llegar al coqueto hotelito que regenta la espléndida madurez de Ava Gardner, en un papel de viuda y que mantiene en el hotel a dos buenos mozos para todo tipo de trabajos. El plantel se completa con el personaje al que da vida Deborah Kerr, otra mujer madura que en su vida ha tenido únicamente dos experiencias sexuales muy particulares, acompañada por su anciano abuelo poeta que se ganan la vida con los dibujos rápidos de ella y los recitados del abuelo.


La noche de la iguana está basada en una obra teatral del mismo título escrita por Tennesse Williams, y en ella destaca el tema de la incomunicación entre unos seres humanos, hombres y mujeres, diríamos que disfuncionales, que arrastran tras de sí infinidad de fantasmas, conviven de forma dificultosa con unos demonios que tienen mucho que ver con el sexo, con una sexualidad reprimida.


Personajes a la deriva, perdidos, al borde, cuando no están directamente despeñados, del desarraigo, a merced de impulsos que explotan a veces de forma violenta y que harían las delicias de cualquier psicoanalista de tradición freudiana.


Solo al final y solo para algunos de ellos, una vez pasado por el proceso de negación, de violencia hasta llegar a una cierta aceptación, el intenso melodrama sexual, no exento de humor, que nos plantea Huston, recalará por fin en una de las paradisíacas playas aztecas, mientras otros tendrán que seguir su viaje incierto por las aguas procelosas del destino.

jueves, 5 de julio de 2012

Tina Barney y el teatro de la conducta


Jill and I, 1993.

Nacida en el seno de una familia perteneciente a la élite social de la zona de Nueva York y Nueva Inglaterra, Tina Barney (Nueva York, 1945), tuvo la vida propia de las clases altas, esto es colegios de lujo, servicio, buenas casas, despreocupaciones económicas. Realidades que algunas veces se han utilizado para rebajar la calidad de Barney como artista.

Marina's room, 1987.
Fue su abuelo el primero de darle nociones de fotografía cuando era una niña, y quien le enseñó a sacar sus primeras fotos de un modo totalmente amateur. Ese temprano contacto con la fotografía la llevará, a los 26 años, a introducirse en el coleccionismo. El matrimonio la convirtió en la típica mujer de clase alta norteamericana centrada en la gestión del hogar, la crianza de los hijos y ocupar el tiempo libre el compras o practicando el esquí.

The Daughters 2002.
Una vida que terminó por aburrir a nuestra protagonista que empezó a sentir la necesidad de un realización personal y profesional. Divorcio mediante, mediados de los años 70 Tina Barney empezó a introducirse en el mundo de la fotografía hasta llegar a desarrollar un estilo muy personal en el que se borran las fronteras entre la fotografía documental y la artística.

The Young Men, 1993.
Barney se sumerge con su cámara en su propio universo familiar y de amistad, retratando a las personas en sus propios ambientes, en sus propios domicilios, en los universos en los que se sienten cómodos y forman parte de su rutina diaria. Unos modelos que traslucen una cierta distancia, una cierta incomodidad o tensión, algo que forma parte de la educación que reciben las personas de un determinado estatus social.

The Tapestry, 1993.

“Cuando me dicen que en mis fotografías existe un distanciamiento, una frialdad, que la gente siente que no conecta con lo que está viendo, eso es lo mejor que puedo hacer. Esa incapacidad para mostrar un afecto físico forma parte de nuestra herencia”, reconoce la propia Tina Barney.

La artista lo que consigue es penetrar en un microcosmos cerrado para trazar un mapa psicológico y sociológico de él, de unas personas que autorizan la presencia de Barney tal vez únicamente porque es una más de ellos, y eso le permite tener una acercamiento insólito a su intimidad.

En ocasiones la propia Barney ha definido su obra como una suerte de “teatro de la conducta”, algo que también tiene que ver, como decíamos antes, con los modales, con esa educación que tiende a mantener la distancia con aquellas personas con las que no tenemos la confianza suficiente, con el doble motivo de proteger nuestra propia intimidad y, al mismo tiempo, no invadir la del otro.

Fotografías en ocasiones de gran tamaño, de hecho Tina Barney fue una de las primeras fotógrafas en hacer obras en color de un tamaño suficientemente grande como para competir en tamaño con los cuadros de grandes dimensiones. Un tamaño que le permite a la artista trasladar al espectador la sensación de estar dentro del espacio, toda vez que puede apreciar todos los detalles de las personas, los objetos y los espacios que las acogen.

The Waterview, 2011.
A partir de 2005, Tina Barney empezó a desarrollar un trabajo que tituló Small Towns (Ciudades pequeñas), esas localidades en las que desde tiempos inmemoriales se hacen desfiles de bandas de música durante las fiestas, se organizan comidas campestres de ambientación antigua o recreaciones de batallas de la Guerra Civil.

The Rehearsal, 2006.

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martes, 3 de julio de 2012

Doc Watson, la leyenda del folk con raíces



Cuando el pasado mes de mayo moría en un hospital de Carolina del Norte, Arthel Lane Watson, más conocido por Doc Watson, el mundo de la música country de los Estados Unidos se quedaba sin una de las figuras de referencia de ese estilo musical. Se quedaba sin una auténtica leyenda musical capaz, como han dicho algunos músicos que tocaron con él, de coger un tema un tema tradicional y hacerlo sonar como si fuera nuevo y tocar un tema recién compuesto y hacerlo sonar como si fuera una pieza antigua.


Doc Watson nació en el seno de una familia de granjeros en la zona montañosa de Carolina del Norte, tierra de músicos y de antiguas canciones, con un padre aficionado a la música e integrante del coro de la iglesia baptista, al que le gustaba poner en un viejo gramófono grabaciones de blues, jazz o country. Su madre se pasaba el día cantando himnos mientras ejecutaba las tareas domésticas y siempre tenía una canción a punto cuando tocaba mandar a los niños a dormir.

Una infección ocular dejó a Watson ciego cuando no tenía más que un año de edad, contrariedad que terminará superando gracias a la música. Siguiendo la tradición de la zona en la que nació, con cinco o seis años se le puso una armónica en las manos para que empezara a introducirse en el mundo de la música, y unos años más tarde, su padre le construirá su primer banjo aprovechando la piel de un gato que había muerto en casa.


Más tarde logrará hacerse con una primera guitarra, unos dicen que después de lograr el dinero cortando árboles en la propiedad familiar y otros que fue un regalo paterno después de prometerle una guitarra si era capaz de aprender por si mismo a tocar una canción. Sea como fuere, el caso es que Doc Watson, apodo que le pusieron a finales de los años 50 en el transcurso de un programa de radio en directo, empezó su camino por las cuerdas de la guitarra hasta convertirse en un intérprete absolutamente original tanto tocando con la púa como con los dedos. De hecho, musicólogos norteamericanos dicen que nunca antes se había tocado la guitarra de esa manera en los Estados Unidos.



El repertorio que aprendió de niño y adolescente en las montañas de la más norteña de las Carolinas, unido la necesidad de atacar con su guitarra las partes de las melodías que correspondían tradicionalmente a violines o banjos, ayudaron a configurar el estilo de Watson mientras tocaba con algunas formaciones de la zona temas de baile. Las esquinas de la ciudad de Raleigh fueron el otro espacio idóneo para los primeros pasos musicales de nuestro músico.

Durante el renacimiento que vio el country en los años 60 de la mano de figuras como Dylan y otros del panorama musical neoyorquino, puso a Watson en la primera línea de este estilo musical, un estilo que estaba convencido que se podía desarrollar perfectamente al margen de las compañías musicales porque formaba parte indisoluble del alma de los habitantes de los Estados Unidos, y esa fidelidad a una forma de entender la música y de inyectar a las canciones la autenticidad que había aprendido en sus montañas, le hicieron un músico muy admirado e influyente.

Una buena parte de su carrera la desarrollará junto con su hijo Merle, hasta que éste falleció en un accidente de tractor en 1985, en lo que fue un duro golpe para Doc Watson del que se recuperó con la determinación que caracterizaba su carácter. “Doc era fiero, pero no en el mal sentido, lo era en el sentido de la determinación”, explica David Holt, un músico que tocó con Watson durante décadas. El mismo Holt explicó que “Doc nunca tocaba algo de la misma manera más de una vez”.

La rapidez en la forma de tocar de los primeros temas de rockabilly o de rock and roll, la necesidad de adaptar las partes del violín o del banjo a la guitarra, eso va a formar parte indeleble del estilo de Doc Watson, un estilo en el que el ritmo es enormemente contagioso y uno se encuentra que sin saber muy bien cómo o por qué, sus pies empiezan a moverse para seguir el ritmo que sale de las cuerdas de Doc. Unas cuerdas que ya no volverá a tocar pero que ahí siguen en las múltiples grabaciones que nos ha dejado y que le aseguran un puesto seguro en el panteón de los inmortales.


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martes, 26 de junio de 2012

Gregory Crewdson, fotografías sin futuro



Los ambientes de urbanizaciones de viviendas unifamiliares en los extrarradios de las ciudades norteamericanas, es uno de los espacios preferidos por el fotógrafo Gregory Crewdson (Brooklyn, Nueva York, 1962), para colocar a los personajes de sus imágenes que deben mucho, como así lo ha reconocido el propio artista en varias ocasiones, a la pintura de Hooper o el cine de David Lynch, especialmente Terciopelo Azul.


Crewdson es el fotógrafo del crepúsculo, de los personajes sumidos en un silencio angustioso y angustiante, de miradas perdidas en un punto indeterminado, desnudos ante un espejo mudo que les devuelve una imagen de un realismo insoportable mientras los amantes se dan la espalda incapaces de afrontar la realidad.


No importa la edad, porque la desolación, la soledad, la incomunicación, no entiende de edades ni de sexos, ni si están en interiores tan deteriorados como sus vidas, tan invadidos por la naturaleza que han perdido toda huella de espacios mínimamente acogedores, ni terminan de estar en comunión con lo que les rodea, mientras coches o taxis salidos de no se sabe dónde, los dejan abandonados a su suerte o están detenidos en medio de una ciudad vacía, más amenazadora que nunca mientras nieblas ocultan amenazantes el horizonte, y los semáforos mantienen el ámbar indeciso.


A veces, algunas veces, aparecen focos de luz al modo de la espilberiana Encuentros en la tercera fase, y los rostros se vuelven hacia esa luz, tal vez buscando una respuesta, una esperanza, una realidad trascendente que les saque de la rutina, de la mediocridad. Pero todo se congela, se detiene y el pasado y el futuro no existen, solo el presente detenido en unas vidas crepusculares, en unas vidas que no sabemos cómo serán cuando la luz del sol por fin se enseñoree del horizonte inmersos como están en un crepúsculo permanente.


Miedos, angustias, temores freudianos nacidos de aquellos espionajes infantiles de Crewdson a su padre psicólogo de la corriente del doctor austriaco, siempre más interesado en su propio padre que en los pacientes, y Crewdson tal vez esté buscando la forma de conjurar sus propios miedos, sus propias zonas oscuras.


Un territorio vital que ahí está, viviendo en el interior de cada uno de nosotros esperando las condiciones ideales para manifestarse en toda su crudeza, un mundo con el que Crewdson crea unas imágenes de una belleza desconcertante, una belleza de suburbio, una belleza en transición entre el antes y el después, congelada en el momento presente, en el momento sin causa originaria y sin consecuencia posterior.


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lunes, 25 de junio de 2012

La coreografía caligráfica de Georges Mathieu


Composition, 1958.

Este mismo mes de junio tuvo lugar el fallecimiento del pintor francés Georges Mathieu (Boulogne-sur-Mer, Francia, 1921), lo que dejaba al mundo del arte huérfano del padre de la abstracción lírica, además de ser uno de los precursores del happening y de la pintura de acción.

Dahut, 1964.
Mathieu llega a la pintura después de haber estudiado filosofía y literatura, e iniciar un camino autodidacta que le llevará a pasar de unos inicios vinculados con el realismo a través de retratos y paisajes, a un estilo de pintura en el que prima el sentimiento, la inspiración del momento, la espontaneidad, en definitiva, una pintura liberada de reglas, cánones o cualquier otro elemento represor.

Oil Riggs and Helicopter, 1962.
Jacques de Mailly au siege d'Asclon.
En 1947 empieza a definir su pintura como una “no figuración física”, definición que terminó derivando en abstracción lírica de mayor éxito entre la crítica y que Mathieu colaboró a difundir como una reacción si se quiere violenta contra la abstracción geométrica nacida al otro lado del Atlántico. Una confrontación que le llevo incluso a reivindicarse como inventor de la técnica del dripping, es decir, el goteo de la pintura sobre el lienzo, técnica muy definitoria del estilo de Jackson Pollock, pintor que pasa por el ser el auténtico padre de la criatura.

Mathieu ha sido alguna vez comparado con Dalí no en cuanto al tipo de obras generadas por uno y otro, sino por el sentido del espectáculo que caracterizó al francés y que recuerda en buena medida el que tenía el genio de Cadaqués. El caso es que Mathieu organizó en multitud de ocasiones auténticos espectáculos públicos para dos mil personas para pintar en directo cuadros de grandes dimensiones en el menor tiempo posible, en una suerte de acciones en las que el acompañamiento musical y la coreografía generada en torno a la obra, termina originando una suerte de obra de arte total con una parte efímera en contraste con la materialidad del cuadro final.

Tenebres deserts.
Obras a las que gusta de titular con nombres de sucesos históricos reales, como nombres de batallas, lo que ha hecho que alguna vez se le haya definido como “pintor de batallas”, tomando en cuenta los títulos de los cuadros pero también la impresión de que los lienzos se convierten en auténticos campos de batalla entre el artista y sus propia inspiración, su propio momento creativo, e incluso la interacción con el ambiente. En los años 50 fueron muy populares los shows televisivos en los que se retransmitían en directo las acciones pictóricas de Mathieu.

Tanysiptere.
En sus continuos viajes terminará por entrar en contacto con la caligrafía oriental, un elemento que dejará una huella muy visible en los lienzos del francés, generando unas obras de gran lirismo, de líneas sutiles trazadas sobre grandes superficies monocromas. Incluso mezclando los elementos se acuñó la expresión de “coreografía caligráfica”.


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