LA TOS
A Armand Silvestre
Mi querido colega y amigo,
Tengo un pequeño cuento para usted, un cuentecillo anodino.
Espero que le guste si llego a contárselo bien, tan bien como aquella que me lo
contó.
La tarea no es fácil, porque mi amiga es una mujer de
ingenio infinito y palabra libre. Yo no poseo los mismos recursos. No puedo,
como ella, prestar esa alegría loca a las cosas que cuento; y, reducido a la
necesidad de no utilizar palabras demasiado características, me declaro
impotente para encontrar, como usted, los delicados sinónimos.
Mi amiga, que además es una mujer de teatro de gran talento,
no me ha autorizado a hacer pública su historia.
Me apresuro, por tanto, a reservar sus derechos de autor en
caso de que ella quisiera, un día u otro, escribir la aventura. Lo haría mejor
que yo, no lo dudo. Como tiene más experiencia en el asunto, encontraría además
mil detalles divertidos que yo no puedo inventar.
Pero vea en qué aprieto me hallo. Desde la primera palabra
tendría que encontrar un término equivalente, y lo querría genial. La tos no
es cosa mía. Para que me comprendan necesito al menos un comienzo o una
perífrasis a la manera del abate Delille:
La toux dont il s'agit ne vient point de la gorge.
*
Dormía (mi amiga) al lado de un hombre amado. Era durante la
noche, por supuesto.
Al hombre ella lo conocía poco, o, mejor dicho, desde hacía
poco. Estas cosas ocurren a veces, en el mundo del teatro principalmente. Dejo
que los burgueses se asombren. En cuanto a dormir al lado de un hombre, qué
importa que se lo conozca poco o mucho, eso no modifica apenas la forma de
actuar en el secreto del lecho. Si yo fuera mujer, preferiría, creo, los amigos
nuevos. Deben de ser más amables, desde todos los puntos de vista, que los
habituales.
En lo que se llama la buena sociedad, hay una forma de ver
diferente y que no es la mía. Lo lamento por las mujeres de esa sociedad; pero
me pregunto si la forma de ver modifica sensiblemente la manera de actuar...
Así pues, dormía al lado de un amigo nuevo. Es esa una cosa
delicada y extremadamente difícil. Con un compañero antiguo, una está
tranquila, no se preocupa, puede una darse la vuelta a su antojo, lanzar
patadas, invadir las tres cuartas partes del colchón, tirar de toda la manta y
envolverse en ella, roncar, gruñir, toser (digo toser a falta de otra cosa) o
estornudar (¿qué le parece estornudar como sinónimo?)
Pero, para llegar a ese punto, se necesitan por lo menos seis
meses de intimidad. Y me refiero a gente que posea un temperamento familiar.
Los demás siempre mantienen ciertas reservas, que por mi parte apruebo. Pero
quizá no tengamos la misma forma de sentir sobre esa materia.
Cuando se trata de una nueva relación que podemos suponer
sentimental, hay que tomar evidentemente algunas precauciones para no molestar
al vecino de cama, y para conservar cierto prestigio, cierta poesía y cierta
autoridad.
Ella dormía. Pero de repente un dolor interno, lancinante,
móvil, la recorrió. Empezó en la boca del estómago y se puso a rodar
descendiendo hacia... hacia... hacia las gargantas inferiores con un discreto
ruido de trueno intestinal.
El hombre, el amigo nuevo, yacía tranquilo, de espaldas, con
los ojos cerrados. Ella lo miró de reojo, inquieta, vacilante.
Usted, colega, se habrá encontrado en un estreno de teatro,
con un catarro en el pecho. Toda la sala está ansiosa, palpita en medio de un
silencio absoluto; pero usted ya no escucha nada, aguarda, enloquecido, un
momento de ruidos para toser. A lo largo de su garganta se producen unos
cosquilleos, unos picores espantosos. Finalmente ya no aguanta más. Peor para
los vecinos. Y usted tose. Todo el teatro grita: «A la calle».
Ella se hallaba en el mismo caso, atormentada, torturada por
unas ganas locas de toser. (Cuando digo toser, entiendo que usted hace la
transposición).
Él parecía dormir; respiraba con calma. Desde luego, dormía.
Ella se dijo: «Tomaré mis precauciones. Trataré de soplar
únicamente, muy despacio, para no despertarlo». E hizo como los que esconden la
boca bajo la mano y se esfuerzan por despejar sin ruido su garganta,
expectorando el aire con habilidad.
Sea que lo hiciese mal, sea que la comezón fuera demasiado
fuerte, tosió.
Al punto perdió la cabeza. Si él la había oído, ¡qué
vergüenza! ¡Y qué peligro! Oh, ¿y si por casualidad no dormía? ¿Cómo saberlo?
Lo miró fijamente, y a la luz de la lamparilla de noche le pareció ver una
sonrisa en su rostro de ojos cerrados. Y si se reía... entonces no dormía... ¿y
si no dormía?...
Con su boca, la verdadera, trató de producir un ruido
parecido para... confundir a su compañero.
No se parecía nada.
Pero ¿dormía él?
Ella se volvió, se agitó, lo empujó para saberlo con
seguridad.
Él no se movió.
Entonces ella se puso a canturrear.
El señor no se movía.
Fuera de sí, lo llamó: «Ernest».
Él no hizo ningún movimiento, pero respondió al punto:
«¿Qué quieres?»
A ella le palpitó el corazón. Él no dormía; ¡no había estado
dormido nunca!...
Le preguntó:
«¿No duermes entonces?»
Él murmuró con resignación:
«Ya lo ves».
Enloquecida, ya no sabía qué decir. Por fin continuó:
«¿No has oído nada?»
Él respondió, siempre inmóvil:
«No».
Ella sentía que le venían unas ganas locas de abofetearlo,
y, sentándose en la cama:
«Pues me ha parecido...
-¿Qué?
-Que alguien andaba por la casa».
Él sonrió. Sí, esta vez le había visto sonreír, y él dijo:
«Déjame en paz, hace media hora que estás dándome la lata».
Ella se estremeció.
«¿Yo?... Me parece algo exagerado. Acabo de despertarme.
Entonces ¿no has oído nada?
-Sí.
-¡Ah!, por fin, has oído algo. ¿Qué?
-¡Han... tosido!»
Ella dio un brinco y exclamó irritada:
«¡Que han tosido! ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? Pero ¿estás
loco? Responde».
Él empezaba a perder la paciencia.
«¿Quieres acabar con esa murga? Sabes de sobra que has sido
tú».
Esta vez ella se indignó, chillando: «¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Qué yo
he tosido? ¿Yo? ¡Que yo he tosido! Ah, está usted insultándome, ultrajándome,
despreciándome. Pues bien, ¡adiós! No voy a quedarme al lado de un hombre que
me trata así».
E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.
Él continuó con una voz fatigada, queriendo la paz a
cualquier precio:
«Venga, tranquilízate. He sido yo el que ha tosido».
Pero en ella se produjo un nuevo sobresalto de ira.
«¿Cómo? ¿Que usted ha... tosido en mi cama... a mi lado,...
mientras yo dormía? Y lo confi esa. Es usted innoble. Y cree que voy a
permanecer junto a hombres que... tosen a mi lado... Pero ¿por quién me toma?
Y se puso de pie en la cama, tratando de pasar por encima
para irse.
Él la cogió tranquilamente de los pies y la hizo tenderse a
su lado, y se reía, burlón y alegre:
«Venga, Rose, tranquilízate de una vez. Has tosido. Porque
has sido tú. Yo no me quejo, no me des la lata; estoy contento incluso. Pero
vuelve a la cama, caray».
Esta vez ella escapó de un brinco y saltó al cuarto; y
buscaba fuera de sí sus ropas, repitiendo: «Que se cree usted que voy a
quedarme junto a un hombre que permite a una mujer... toser en su cama. Es
usted innoble, querido».
Entonces él se levantó y, para empezar, la abofeteó. Luego,
como ella se debatía, la acribilló a capones y, cogiéndola en volandas, la
lanzó hasta la cama.
Y cuando ella estaba echada, inerte y llorando de cara a la
pared, él se acostó de nuevo a su lado; luego, volviéndole la espalda también, tosió...,
tosió con accesos... con silencios y repeticiones. A veces preguntaba: «¿Tienes
bastante?», y como ella no respondía, él volvía a empezar.
De repente ella se echó a reír, pero se echó a reír como una
loca, gritando: «¡Qué divertido! ¡Ay, qué divertido!»
Y lo cogió bruscamente en sus brazos, uniendo su boca a la
de él, murmurándole entre los labios: «Te quiero, gatito mío».
Y no volvieron a dormirse... hasta el amanecer.
*
Esta es mi historia, mi querido Silvestre. Perdóneme esta
incursión en su dominio. También esta es una palabra impropia. No es «dominio»
lo que habría que decir. Me divierte usted tan a menudo que no he podido
resistir al deseo de arriesgarme un poco tras sus pasos.
Pero seguirá siendo suya la gloria de habernos abierto,
ampliamente, esa vía.
Excelente cuento del gran Maupassant, el aviador, conocido, sobre todo, por su "El Principito". Saludos, Alfredo.
ResponderEliminarUn cúmulo de despropósitos, de contrasentidos chocantes, brillantes, divertidos, bien escritos, sublimes.
ResponderEliminarAnálisis irónico de lo femenino y lo masculino y toses de por medio, excelente excusa para luego besarse, gatito mío.
Una joya me ofreces Alfredo, besito y espero verte pronto, dame nuevas.
PACO: A mí me ha parecido un relato muy divertido.
ResponderEliminarUn saludo!!!
******
NATALIA: Tiene un buen sentido del humor y alguna reflexión que imagino escandalosa para el siglo XIX.
En cuanto tenga noticias seguras sobre el viaje ya te las hago llegar.
Un abrazo!!!
Paco, has confundido a Guy de Maupassant con Antoine de Saint Exupéry.
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